A contracorriente, el blog de Enrique Arias Vega

El nombre de las plazas y otras manías

04.02.08 | 20:21. Archivado en Artículos
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Ya se le pasó al Consejo Valenciano de Cultura la manía de cambiar por novena vez en la historia el nombre de la Plaza del Ayuntamiento de la capital autonómica. Como si no tuviese nada mejor que hacer, la institución que preside Santiago Grisolía se dedica a hablar de incendios forestales, rotulaciones callejeras y otras futesas.

Lo del callejero urbano es de psiquiatra.

Siguiendo los vaivenes de la denominación de calles y plazas se pueden apreciar las convulsiones políticas de un país. En muchos sitios, donde antes se llamaba plaza de la República pasó en 1936 a denominarse de Calvo-Sotelo; el nombre de Libertad fue sustituido por el de José Antonio, y la calle Mayor se convirtió en la del Caudillo. Ahora, claro, una ley aprobada en Las Cortes ordena ir en sentido inverso.

Eso, aún es explicable, aunque sea al coste de volver locos periódicamente a los carteros y otros repartidores y hasta a los visitantes ocasionales. Hace muchos años, llegué tarde a una cita con el escritor Vargas Llosa en su Lima natal simplemente porque existían dos calles con el mismo nombre en distintos barrios. Como suele ocurrir en estos casos, en vez de acudir al que debía, fui al otro.

Semejante dislate urbanístico, por fortuna, no es frecuente. Lo normal es que la animadversión municipal le quite una calle a un hijo preclaro de la villa, como sucedió en Bilbao con Miguel de Unamuno, y lo sustituya por un oscuro profesor de la universidad de Oviedo, Enrique Eguren, seguramente más del gusto nacionalista y contra el que no tengo nada, pobrecito de mí, porque ignoro todo sobre él.

Eso suele ocurrir pasado el tiempo: que quien mereció una calle, plaza o avenida según el munícipe de turno, al poco resulta un perfecto desconocido para la ciudadanía, que lee su nombre en el callejero como podría hacerlo con el de un vegetal o un fósil.

En Valencia, tal suceso es más habitual de lo que parece. No sólo ignoramos los méritos de los preclaros protagonistas del callejero –en general, varones, y más en particular, militares—, sino que al acercarnos a la estatua más cercana para averiguar su nombre, comprobamos que ésta no tiene nada que ver con el titular de la plaza. Sin ir más lejos, la escultura de la simbólica plaza de Alfonso el Magnánimo no es de él, sino de Jaime I.

Por todos estos líos, uno es partidario de dejar, en principio, las cosas como están. Aunque claro que hay nombres que chirrían: el de Franco, por supuesto, pero también los de Sabino Arana y otros xenófobos fascistas que, en cambio, gozan de una extraña bula por parte de nuestros políticos actuales.

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por jota eme 09.02.08 | 17:16

    La verdad yo no se porqué al Sr. Arias le chirria el nombre de Franco, que salvo excepciones se mantuvo en calles y plazas hasta el advenimiento de las izquierdas y no le chirrian las calles con la denominación de Pais Valenciá, Dolores Ibarruri, Largo Caballero,Indalecio Prieto,Lluis Companys...etc...que fueron introducidos por éstas nada mas llegar al poder.
    Tambien me gustaria saber, porqué no le chirrian los nombres de los alcaldes que deciden quitar la calle a Calvo Sotelo, diputado elegido democráticamente y que fue asesinado por miembros de la guardia personal de Indalecio Prieto,gran preboste de la izquierda de entonces, por ser de derechas.
    Creo, que todo lo que contribuya a crear una situación, como la que creó la II República, es malo y su artículo es un grano mas de los que hacen granero.
    Sería mucho mejor mirar al futuro y rechazar de plano a todos estos politicos buitres que solo saben aprovecharse de nuestra basura.

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