Se están diciendo tantas barbaridades durante la campaña electoral, que recopilarlas todas resultaría tan difícil como devolver el Teatro Romano de Sagunto a su estado original.
Me quedo sólo con una: la perpetrada por el número 2 de CiU, Pere Macías, al decir que garantizar la enseñanza del castellano en Cataluña, como propone Mariano Rajoy, “es una política segregacionista que pone los pelos de punta” y que conduciría inevitablemente a una “guerra civil a 25 años vista”.
Las comparaciones son inevitables. Antes de juzgar el cara a cara Zapatero-Rajoy, la gente, los especialistas y los medios tienen en su retina otros precedentes: Royal-Sarkozy y, sobre todo, Obama-Clinton (Hillary). El resultado, siempre, a favor de los de fuera. ¿Son mejores sus políticos que los nuestros?
Quince jugadores del Valencia C.F. pasaron el viernes más tiempo en los Juzgados que en el campo de entrenamiento. Así les va.
Ver a todo un presidente de un club de fútbol sentado en el banquillo durante seis horas no resulta precisamente un espectáculo edificante. Aunque al final llegase a ganar el juicio. Los presidentes, piensa uno desde su supina ignorancia deportiva, están para insuflar ánimo a sus jugadores, elegir los mejores técnicos, conectar con la afición y conseguir títulos. De momento, lo que Juan Bautista Soler lleva camino de obtener son 100 millones por la recalificación del estadio del Mestalla.
Pronto llegará un tiempo, ya lo veremos, en que el agua sea más cara que el petróleo, dado que éste ha encontrado alternativas energéticas. Por eso, algunos analistas políticos piensan que las guerras del futuro serán para apropiarse de aquel elemento cada vez más escaso.
Es un panorama dantesco, pero no imposible. Hace sólo una generación, al agua no se le consideraba un bien económico, pues era algo abundante, barato y de todos. Entonces nadie ponía en cuestión el necesario equilibrio hidrológico, con trasvases de una cuenca a otra. No lo hacían, por ejemplo, socialistas tan conspicuos como Felipe González, Josep Borrell o Cristina Narbona.
Si María San Gil, Dolors Nadal y Rosa Díez hubiesen sido simples amas de casa en vez de personajes políticos, las agresiones e intimidaciones sufridas por ellas se habrían considerado violencia de género. Si los matones que las acosaban hubiesen sido ciudadanos del común, en vez de vociferantes miembros de la extrema izquierda, no se habrían ido de rositas.
Pero así están las cosas. Una minoría de individuos está dispuesta a silenciar por la brava a aquéllos que no les gustan apoyando sus ataques, oh paradoja, “en la defensa de la democracia y la libertad de expresión”.
Una de las imágenes más repugnantes de los últimos tiempos ha sido el saludo entre el presidente de Kenia, Mwai Kibaki, y el líder opositor, Raila Odinga, embutidos ambos en costosos trajes de Armani. Mientras, cientos de cadáveres mutilados de sus seguidores respectivos aún hedían sin haber sido enterrados.
Es la doble cara del subdesarrollo: matanzas de anónimos ciudadanos miserables, mientras que dirigentes tercermundistas se disputan el botín a golpe de asesinatos masivos.
No sé si algún día estará concluida la Basílica de Alba, pese al nuevo y bienintencionado intento de las autoridades civiles y eclesiásticas. Lo único que sí resultaba inadmisible era la incuria de su abandono.
Recuerdo mi visita a ese templo destechado que a lo que más se asemejaba era a un tinglado portuario, aunque sin mar, ni buques, ni mercancías, por supuesto. Como en una visión surrealista, hube de agacharme tras la ropa tendida en un alambre y, una vez sorteada la colada del guarda, recibir la llave de un recinto tan agujereado como los edificios que había visto bombardeados en Bosnia.
Resulta que estamos agradecidos al régimen cubano por haber liberado, en los días previos a la renuncia de Fidel, a cuatro presos políticos condenados de 14 a 25 años. Muchas gracias.
¡Uf! Al fin habrá debates televisivos entre los dos aspirantes a ocupar La Moncloa: Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. Los demás candidatos habrían querido una equiparación con ellos, para rebatirles sobre lo divino y lo humano. Y yo también. Pero ni ellos ni yo tenemos ninguna posibilidad de alcanzar la presidencia, así que nos contentaremos con escucharlos.
Paradójicamente, quienes menos interés han tenido en el cara a cara son los propios participantes. La explicación radica en que lo importante no es que uno acierte, sino que no meta la pata. Así que, cuanto menos debatas, menos riesgo tienes de equivocarte.
Las campañas electorales resultan milagrosas. En ellas se nos prometen más empleos, cheques escolares, atención buco dental, ayudas de todo tipo, pisos baratos,… De durar un poco más, y agotado el repertorio habitual en estos casos, los políticos acabarían ofreciéndonos coches, cruceros por el Mediterráneo y hasta remedios para enfermedades incurables. Lo de Lourdes, al lado de nuestras campañas, sería de una miseria irrisoria.
Por eso, resulta lógico que el AVE llegue a Barcelona el día 20, dos meses después de lo previsto, pero antes del 9 de marzo decisivo. Más que un prodigio sobrenatural, el que acaben por fin las obras del trayecto ferroviario Madrid-Barcelona es de una obviedad aplastante.
La noticia de estos días, por su carácter excepcional, ha sido la designación de una mujer, Amparo Sánchez Rosell, como responsable del Centro Cultural Islámico de Valencia. Lo insólito de esta situación lo ratifica el que sus dos hijos, mayores de edad, no pretendan hacerse musulmanes: “Ellos quieren vivir la vida”, dice la madre, en una muestra de tolerancia.
La mayoría de los fieles que rezan en las 65 mezquitas de la Comunidad Valenciana —siete, solamente en la capital— pertenecen al colectivo de 90.000 inmigrantes islámicos, según explicaba en un descriptivo reportaje en Las Provincias Paco Huguet.
Resulta que hay que dejar fuera del debate electoral el tema del terrorismo. Lo viene diciendo con reiteración Rodríguez Zapatero. Ahora también hay que soslayar el espinoso asunto de la inmigración, no vaya a ser que la liemos. Del agua del Ebro, no digamos. El propio Mariano Rajoy evita mencionar la cuestión y, para no arriesgar ningún voto, se ampara en una abstracta y genérica alusión a los trasvases.
Yo también creo que, para ahorrarnos disgustos, lo mejor es no hablar de nada durante la campaña electoral. Del tiempo, si acaso, que resulta un tema muy socorrido y nada polémico. O ir directamente al insulto personal, que es lo que en el fondo les pirra a los políticos, en vez de tener que estrujarse el magín con propuestas razonables y realizables.
La mayor virtud de la Unión Europea es haber evitado la guerra entre sus miembros durante los últimos 63 años. En un continente que hizo del conflicto armado un ritual histórico, no es poco mérito.
Ahora, buscando una proyección diplomática de la que carece, se ha empeñado en avalar la independencia de Kosovo. Ello, en contra del Estado serbio del que forma parte, de la opinión de algunos miembros de la propia UE y hasta de las normas de la ONU, única legitimada para semejante decisión.
De hacer caso a la prensa, radio y televisión, no sólo no existe el partido de Rosa Díez, sino que ella misma debe hallarse en Tanzania, como cerca.
No es la primera vez que políticos como Gaspar Llamazares piden que se regule jurídicamente la apostasía, para así abominar públicamente, a bombo y platillo, de la Iglesia Católica.
Semejante aspiración puede manifestarla, precisamente, gracias a vivir en un país de cultura y tradición cristianas, es decir, de tolerancia, de respeto al otro y de separación radical de Iglesia y Estado. Si lo hubiese hecho en un país islámico, en cambio, el coordinador de Izquierda Unida habría sido condenado a muerte. Basta que un musulmán abandone su religión, sin necesidad de alharaca alguna, para que incurra en la correspondiente sharía sancionadora. En muchos países mahometanos, la religión consta en el carné de identidad de los ciudadanos y, así como uno puede convertirse tranquilamente al islamismo, su regreso a la confesión de origen resulta imposible.
Encontrar algo inteligente a estas alturas, aunque sea una baldosa, ya tiene mérito, a tenor del vertiginoso deterioro de nuestra enseñanza secundaria y de la otra.
Y en la recién clausurada feria de la cerámica en Valencia la estrella del certamen ha sido un azulejo vigilante, que no sólo detecta el movimiento de personas en su ámbito sino que es capaz de abroncarnos si abrimos la nevera a deshora para meternos calorías de más.
La desaparición de la parrilla televisiva del engendro Aquí hay tomate no se debe a un arrebato de pudor o de vergüenza de los programadores. No. Han tratado de preservarlo, antes de que “el más impúdico todavía” de Jorge Javier Vázquez y Carmen Alcayde cansase al personal y así poder reeditarlo luego a bombo y platillo dentro de un tiempo. La fórmula, aplicada al entretenimiento y al buen gusto, la inventó ya hace muchos años Chicho Ibáñez Serrador con Un dos tres… y consiguió múltiples reediciones del programa.
O sea, que eso del derecho individual al honor, a la intimidad y a la imagen personal sigue estando en las leyes pero no consta en absoluto en la práctica.
Un amigo cinéfilo cree que los guionistas de Hollywood ganarán su conflicto con los estudios por cansancio de éstos, “no porque los necesiten”. Al fin y al cabo, arguye, “los guiones de las películas norteamericanas son tan malos y tan previsibles que deben estar escritos por los propios productores o por algún pariente suyo del departamento de contabilidad”.
Sólo así se explica, según él, la enésima versión de Rambo o los reiterados remakes, cada vez peores, de filmes vistos una y otra vez. “El talento está hoy día en las series televisivas”, añade: “Un capítulo de cualquiera de ellas tiene más contenido que la mejor película”. Para él, eso también sucede en España, donde series como El comisario y Hospital Central permiten corroborarlo. En cambio, el cine nacional ya tiene una dichosa ley que lo protege y, sin embargo, de lo que carece es de espectadores.
Luego nos quejamos de que los políticos hagan promesas que no van a respetar. De creer al PSOE y al PP, al final aquí no va a pagar impuestos ni su padre, con lo que ya veremos quién tira del carro de la economía.
Ya se le pasó al Consejo Valenciano de Cultura la manía de cambiar por novena vez en la historia el nombre de la Plaza del Ayuntamiento de la capital autonómica. Como si no tuviese nada mejor que hacer, la institución que preside Santiago Grisolía se dedica a hablar de incendios forestales, rotulaciones callejeras y otras futesas.
Lo del callejero urbano es de psiquiatra.
A lo mejor sólo es casualidad, pero cuando se cumplen 50 años de las aventuras de Mortadelo y Filemón en la TIA se desvela que la genuina CIA recelaba que Franco aspirase a la bomba atómica.
¡Qué más habría querido el régimen del anciano dictador, más preocupado de mantener a raya a sus súbditos que de lo que ocurría en el exterior!
Las cosas no pueden funcionar bien y mal al mismo tiempo. Por eso, la economía española no puede ir de cine, como se empeñan en defender todos los días Rodríguez Zapatero y su ministro Pedro Solbes, y a la vez ser motivo de preocupación, como se obstinan en predicar desde hace tiempo Mariano Rajoy y el comisario europeo Joaquín Almunia.
La solución a lo que esté pasando, sea lo que fuere, tampoco puede consistir simultáneamente en bajar los tipos de interés, como decide cada pocos días el norteamericano Ben Bernanke y en mantenerlos a todo trance, como impone su homólogo del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet.
“Como yo pude decir en la ficción que era el presidente de los Estados Unidos, saludo ahora al auténtico”. Así se expresaba Michael Douglas en una recepción de Bill Clinton en la Casa Blanca. Él ha sido uno de tantos actores que han encarnado a la primera autoridad norteamericana. En su caso, como un viudo que se enamoraba de Annette Being.
Casi no hay actor de Hollywood que se precie que no haya interpretado al presidente: como héroe o como villano, en clave de drama o de comedia, y hasta como mujeriego homicida en Poder absoluto, de Clint Eastwood. A diferencia de Europa, que preserva a sus jefes de Estado en una urna, en Estados Unidos la serie televisiva El ala oeste de la Casa Blanca, protagonizada por Martin Sheen, duró ni más ni menos que siete temporadas. Y otra serie, con la actriz Geena Davis como presidenta, ha tomado su relevo.
Martes, 29 de mayo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Antonio Cabrera
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel