Me encontraba en Londres cuando la noticia de la conversión de Tony Blair al catolicismo y su recepción en la Iglesia por el cardenal O’Connor. El suceso, obvio es decirlo, llenó los informativos de todo el fin de semana.
Desde el Siglo XIX, con el abandono del anglicismo por el cardenal Newman o, a otra escala, la conversión in extremis de Oscar Wilde, no se había producido en Gran Bretaña un acontecimiento de esa relevancia. No son de extrañar, en consecuencia, los análisis posteriores de todo tipo y una constatación que ha dejado perplejos a los británicos: por primera vez tras el cisma del Siglo XVI, hay en Inglaterra más fieles católicos (861.800) que anglicanos (852.000).
Ninguna de esas cifras es para echar cohetes, entre otras razones, porque ambas van a la baja. Eso pasa con todas las religiones tradicionales, digámoslo así, y sólo crecen los cristianos pentecostales y esas nuevas religiones a la carta, a caballo entre el esoterismo y las técnicas psicológicas de autoayuda. El aguante del catolicismo en una sociedad cada vez más laica se atribuye, sobre todo, a la inmigración del Este de Europa.
Pero no son esos temas estadísticos los que me preocupan, sino la reflexión que hace el articulista de The Times Mattheu Parris, en un interesante artículo: ¿Creen en Dios nuestros líderes? Deberíamos saberlo.
El texto viene a cuento de la audaz confesión del nuevo dirigente liberal británico, Nick Clegg, de que él no es creyente. Casado con la vallisoletana Miriam González, católica practicante, Clegg ha roto la tradición políticamente correcta de mantenerse en la ambigüedad. El articulista lo felicita por ello y lamenta que haya que remontarse al Siglo XIX para recordar otros líderes liberales de semejante franqueza: William Gladstone, hombre de fe, y Benjamin Disraeli, que a pesar de ser un converso del judaísmo manifestó siempre sus tendencias seculares. Por lo demás, insisto, los políticos británicos de este siglo han pasado de puntillas sobre el tema de la religión, amparándose en un teísmo que a nada les comprometía.
La tesis de Mattheu Parris es otra: si un político “debe tomar decisiones sobre el aborto, la homosexualidad, la contracepción o la investigación con embriones”, los votantes tenemos derecho a saber tanto si pertenece al Opus Dei como si es agnóstico. Cualquier cosa, menos una traicionera indefinición.
Eso sucede ya en Estados Unidos, donde resulta conocida la permisividad del candidato republicano Rudy Giuliani en asuntos como el aborto o la homosexualidad. En el extremo opuesto, tenemos al pastor baptista Mike Huckabee, quien agrupa tras él a los cristianos más conservadores.
La importancia de la fe en las elecciones norteamericanas es tal que no hay candidato que no se proclame miembro activo de alguna iglesia. Incluso una conocida agnóstica como Hillary Clinton —o Hillary Rodham, cuando iba de mujer progresista— se dedica ahora a citar al Supremo Hacedor en sus mítines, tanto si viene a cuento como si no. El único peligro de manifestarse en exceso se corre cuando uno quiere pasarse de listo. Le ha ocurrido a otro aspirante republicano, el mormón Mitt Romney, por haber dicho que “vio” a su padre marchar junto a Martin Luther King en las protestas por los derechos civiles de hace cuarenta años. Ahora, tras comprobarse que Romney padre y el activista negro jamás coincidieron, aunque ambos se manifestaran, el candidato se escuda en que su frase sólo fue “una figura retórica”.
Esa especie de striptease moral que practican los políticos estadounidenses, al menos en cuestiones de fe, no ha llegado todavía a Europa, donde se encubre pudorosamente la vida privada de los personajes públicos.
Pero también, mírese por dónde, comienzan a quebrarse los tabúes. Al menos, en lo que al sexo se refiere. El exhibicionismo de Nicolas Sarkozy junto a Carla Bruni contrasta con la hipocresía de François Mitterrand, de quien se descubrió en su lecho de muerte que tenía una doble vida. Lo del actual presidente francés no es ni mejor ni peor: sólo resulta más acorde con una sociedad mediática en la que lo mismo se televisan juicios en directo que cualquier pelagatos exhibe sus miserias sexuales en degradantes espacios televisivos.
Se trata de un pequeño paso para conocer algo mejor a nuestros personajes públicos. Pero seguimos sin saber en qué creen de verdad y aún tardaremos mucho en saberlo. Quizás porque ellos sepan que el día en que conozcamos la vacuidad de sus creencias se nos caerán de golpe todos los palos del sombrajo y dejaremos de votarles.
Martes, 29 de mayo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Antonio Cabrera
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel