En España hay registrados más de 3.000 partidos políticos. Como suena. Si los ciudadanos apenas somos capaces de citar a media docena de ellos, ¿a qué viene esa prolífica fantasía de siglas? Probablemente, a un extraño sentido de la vanidad; en cualquier caso, al pintoresquismo de sus mentores.
Tres de esos ignotos partidos acaban de firmar una coalición electoral bajo el lema “Per la República Valenciana”. En su irrelevante delirio, afirman que “nuestro pueblo no puede continuar colonizado si quiere sobrevivir”, por lo que reivindican que “el País Valencià sea un Estado libre y soberano en Europa”. Y, manteniéndose en su inocuo mundo de irrealidad, presentan candidatos al Congreso y al Senado. Ni más ni menos.
En otro plano digamos que superior está el acuerdo de dos ramas desgajadas de Esquerra Unida —Iniciativa del Poble Valencià y Projecte Obert— con el Bloc y con Els Verdes-Esquerra Ecologista, justificándolo por una presunta “demanda social”. Discutible interpretación la suya de esa sociedad valenciana que dicen “nos pide de forma reiterada que actuemos en defensa de sus intereses”. Si tal clamor existiera más allá de su imaginación o de sus intereses grupales, superarían fácilmente ese inalcanzable 5 por ciento de votos sin el que se quedarán fuera de las instituciones.
Y es que, insisto, la extravagancia no resulta nada inhabitual en la política. Más bien, lo contrario. Aunque hay políticos peligrosamente peculiares, desde Hugo Chávez a Robert Mugabe y desde Muamar El Gadafi a Teodoro Obiang —por citar unos pocos—, que en cuanto tienen el poder en seguida dan rienda suelta a sus quimeras a costa de sus súbditos.
Pero quiero aludir aquí a otro pintoresquismo político: al de aquellos que se meten en camisa ajena con tal de poder decir la suya. Me refiero, por ejemplo, a José Blanco, el dirigente socialista cuya presunta catolicidad era un secreto y al que ahora públicamente le “entran ganas de borrarse del catolicismo” ante las últimas declaraciones de la jerarquía eclesiástica. También al ministro Moratinos, miembro de un Gobierno en el que al parecer no hay ningún ministro creyente —con todo su derecho prometieron su cargo, en vez de jurarlo ante Dios—, y que se trasviste de cristiano practicante para arremeter contra la Iglesia.
No seré yo quien defienda ninguna creencia, porque no me corresponde ese papel, pero menos aún apoyaré a ninguno de estos políticos pintorescos que se ponen la verdad por montera con tal de ajustarla a sus propios intereses.
Martes, 29 de mayo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Antonio Cabrera
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel