Muchos años han nacido preñados de esperanzas colectivas por muy diversos motivos: porque se instauraba la democracia tras la muerte de Franco, se acogía un mundial de fútbol, se entraba en la Europa comunitaria, se celebraban los Juegos Olímpicos de Barcelona…
Acuciado por su compromiso con el presidente catalán, José Montilla, Rodríguez Zapatero acaba de pisar el acelerador de la reforma de la financiación autonómica. ¿En qué va a consistir, qué criterios van a primar y cuánto va a costar?
Fecha: víspera de Noche Buena. Lugar: sección del DNI en una Comisaría de Policía. Hecho: un caballero de mediana edad enciende un cigarrillo que finaliza minutos después, haciendo caso omiso de estar en un local público y de los letreros de prohibición. Lo peor es que ningún visitante ni funcionario se atreve a decirle nada.
Somos una sociedad de voyeurs. Sólo así se explica el éxito de Gran Hermano y otros programas banales de TV que filman las intimidades de personas que maldito lo que nos importan.
Antes, los timos los hacían los trileros apostados en las Ramblas de Barcelona o en la Gran Vía madrileña. Todo lo más, estafaban al prójimo por el simple método del tocomocho, como en aquella película de Tony Leblanc.
Ahora, hasta el fraude toma niveles globales y los pillos actuales son como el financiero Bernard Madoff, que ha estafado 50.000 millones de dólares con el viejo sistema piramidal a gente presuntamente tan lista como nuestros compatriotas Alicia Koplowitz, Juan Abelló o José Lladró.
Uno, en su ingenuidad, creía que eso de la prostitución era algo superado ya en este siglo XXI de permisividad sexual a tope y en el que, por ejemplo, los homosexuales de medio mundo vienen a España por la legítima libertad de que aquí disfrutan.
Pero, como siempre, me había equivocado. Leo que sólo en Salamanca ejercen el comercio carnal, por decirlo finamente, unas 700 trabajadoras del sexo. O sea, que se trata de una de las principales industrias locales, sin desmerecer a ninguna otra.
En las últimas décadas se han cerrado al culto bastantes templos católicos y alguno ha acabado como lugar de ocio o diversión.
Esta crisis no la entienden los economistas, por supuesto, que no fueron capaces de preverla, tampoco han sabido analizarla, difieren en las medidas a adoptar e ignoran las consecuencias que tendrá el proceso en curso.
En el desierto de Arizona me topé una vez con un indio navajo que, rara avis, hablaba tres idiomas: su lengua natal, el español y el inglés. “Pero para entenderme con la gente utilizo este último”, me aclaró.
Esa es la ventaja de una sociedad como la norteamericana: que al no existir ninguna lengua oficial la gente puede hablar en lo que le dé la gana. Es más: tiene derecho a que sus hijos reciban la enseñanza en la lengua que él exija.
Acabo de recopilar en un libro medio centenar de artículos sobre Valencia y sus vicisitudes publicados en diversos medios españoles durante dos años.
Vistos en conjunto, constato que esa comunidad no es el edén del que presume el Gobierno valenciano, pero menos aún la catástrofe que pregonan algunos críticos indoctos. De ahí el título del volumen: Valencia, entre el cielo y el infierno.
Y es que unos y otros pretenden que las cosas sólo son blancas o negras, cuando la vida consiste en una gama de grises más o menos llevaderos.
Lo bueno del caso es que en la Comunidad Valenciana, o País Valencià —que ambos bandos, puestos a llevarse la contraria, difieren hasta en el nombre—, se vive mejor que en otros lugares de mayor renta: por el carácter animoso de su gente, quizás, aunque eso desquicie a los partidarios del desastre.
Sé que este comentario tampoco gustará ni a unos ni a otros. Si no fuese así, el oficio de articulista sería más cómodo, claro, pero también más aburrido.
Los radicales antisistema no necesitan la Declaración de Bolonia como coartada para la perturbación de nuestra escasa vida académica y para dar quebraderos de cabeza a Francisco Tomás y al resto de rectores de las universidades españolas.
Una serie de siglas juveniles, desde Agir en Galicia, hasta los Maulets de Cataluña, han protagonizado en los últimos años boicots y agresiones a políticos de toda laya que pretendían disertar pacíficamente en los recintos universitarios, desde María San Gil a Rosa Aguilar, pasando por Rosa Díez. El último, y repetido, damnificado ha sido Josep Piqué, en la Complutense de Madrid, al responsabilizarle los manifestantes, mediante una espectacular puesta en escena con monos naranja, de las sevicias a los presos en Guantánamo.
Mientras otros países mejor dotados y con más turistas en Tailandia se lo tomaban con calma, el Gobierno español mandó enseguida sus aviones militares a repatriar a sus compatriotas de vacaciones en el país asiático.
Cuando tome posesión de su cargo Barack Obama el mes que viene, será el quinto presidente vivo de Estados Unidos.
Y es que en esa nación sus sucesivos mandatarios conservan de por vida el status y la consideración social de que gozaron, al margen de que hayan gustado más o menos y de lo acertado o no de su gestión. Jimmy Carter, George Bush padre e hijo y Bill Clinton no sólo siguen siendo presidentes, en su denominación protocolaria, sino que su consejo es solicitado cuando los grandes temas del país lo requieren.
Justo lo contrario de lo que sucede en España.
Aquí, tras cada cambio electoral, no sólo pasamos página, sino que solemos demonizar al mandatario anterior. No les cuento todo lo que dijo Aznar de Felipe González, porque cualquier lector ya lo sabe. Y ahora, al expresidente del PP no sólo lo menosprecian sus rivales del Gobierno actual, sino que tratan de ignorarlo hasta sus propios herederos.
A nosotros, está visto, nos mola más la confrontación que el diálogo y el cainismo que la colaboración.
El paro temporal (ERE) de 5.100 trabajadores de Ford no es más que el penúltimo eslabón de una mayúscula crisis en el sector del automóvil.
A escala de la Comunidad Valenciana, el acontecimiento supone llover sobre mojado, tras otra regulación de empleo hace dos meses. Pero es más: el paro de la producción de vehículos afecta a toda la industria auxiliar de la automoción. Según el responsable del sector, Juan Luis Esteve, otros 4.000 empleados externos que fabrican los componentes se quedarán sin faena, al menos temporalmente.
Quienes creían que Barack Obama iba a llevar la revolución a Estados Unidos comienzan a desencantarse. Sus primeros nombramientos muestran la tradicional prudencia y el conservadurismo propios del establishment norteamericano. El octogenario Paul Volcker, que fue presidente de la Reserva Federal con Ronald Reagan, dirigirá el consejo de asesores económicos de la Casa Blanca, en el que se acomoda también Warren Buffet, el hombre más rico del mundo.
Debo tener tan poco sentido de la intimidad que me trae sin cuidado que me filmen en un lugar público. En el cuarto de baño de mi casa, en cambio, ya es otra cosa.
Por eso, me parece de perlas que 16 cámaras vigilen el que no se atente contra el patrimonio del casco histórico de Salamanca. Si, de paso, evitan que se cometa algún que otro crimen, mejor que mejor. Al fin y al cabo, nuestro peregrinaje urbano ya suele estar grabado por las cámaras de cajeros automáticos, grandes superficies, fachadas de edificios oficiales y un largo etcétera de vídeocontroles.
Se atribuye a Voltaire la famosa frase de “no comparto tus ideas, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlas”, dirigida a un antagonista.
Claro que de entonces a acá han pasado más de 300 años y ahora a los adversarios no se les da ni agua.
En ese ambiente de creciente hostilidad hacia los críticos y de premio al paniaguado de turno, las administraciones públicas otorgan frecuencias radiotelevisivas a grupos y personas afines. También, sin excepción, los canales audiovisuales autonómicos y municipales resultan obsecuentes servidores de quien manda.
Vivimos, pues, en un mundo democrático, sí, donde caben todas las opiniones, por supuesto, pero excluyéndose unas a otras, según sea el color político respectivo.
En ese alineamiento no hay fisuras. Sucede con los contertulios de radio y televisión: sea cual fuere el tema, sabemos previamente lo que van a decir sobre él. Ni una sola vez, los pobres, nos sorprenden con un pensamiento original, una idea propia o una opinión independiente.
No sé por qué los partidos políticos se empeñan en discutir los Presupuestos Generales del Estado. Su esfuerzo es tan inútil y tan baldío como querer cuantificar un texto poético de Antonio Gamoneda. ¿Cómo se valora la poesía?, podríamos inquirir en un caso. ¿Cómo se cuadran unos Presupuestos en que todos sus datos son ficticios?, deberíamos preguntarnos en el otro.
Las entidades de crédito españolas son de las mejor gestionadas del mundo. No lo digo yo, que carezco de cualificación para ello, sino los directivos de la banca extranjera, que por eso no han podido levantar cabeza en España.
Algunos aspectos serán criticables, claro, como saber qué han hecho con esos cuantiosos beneficios que doblaban cada tres o cuatro años, además de pagar a Ángel Corcóstegui al despedirle del BSCH 106 millones de euros, récord mundial de la especialidad.
Pero ahora nuestros bancos y cajas andan a la búsqueda de pasivo con el que incrementar sus depósitos. La táctica utilizada por algunos directores de sucursales es sembrar dudas sobre la competencia: “Si tienes el dinero en tal sitio, sácalo ya”, “cuando esos te ofrecen tanto, desconfía de ellos”, etcétera, etcétera.
Es la manera más tonta de querer recuperar la confianza a la que son acreedores. Como aquél que escupía al cielo creyendo que así lo ensuciaría, no saben que sus salivazos siempre acabarán por caerles encima.
Tiene razón el ministro Miguel Ángel Moratinos cuando dice que “el arte no tiene precio”. Lo que ocurre es que sí tiene un coste que en ocasiones se nos obliga a que lo sufraguemos los ciudadanos, como es el caso de la cúpula de la ONU en Ginebra, realizada por Miquel Barceló. Esa nueva capilla sixtina laica, en feliz expresión de Juan Manuel de Prada, nos ha salido por 20 millones de euros, medio millón de ellos desviados desde los fondos de ayuda al desarrollo, para más inri.
Los estudiantes valencianos corren el riesgo de seguir con la oceánica ignorancia de antes y añadir ahora a ella el desconocimiento de la educación para la ciudadanía y del inglés, ante la forzada coyunda contra natura de ambas asignaturas.
No sé cuál era, a ciencia cierta, el propósito inicial del presidente autonómico, Francisco Camps, y de su consejero de educación, Alejandro Font de Mora, con semejante ocurrencia académica. Lo cierto, en cualquier caso, es que han conseguido que la comunidad docente, los alumnos, los padres y la clase política de la aquella región no hablen de otra cosa. Gracias a la ingeniosa medida han pasado a un segundo plano los problemas reales de la educación secundaria: el clamoroso fracaso escolar, el bajo nivel de preparación académica, la creciente violencia en las aulas, la falta de dotación de algunos colegios,…
Mis amigos estadounidenses más conservadores están desolados tras las elecciones. “Es el fin del sueño americano”, me dicen. En el fondo, lo que les preocupa es que Barack Obama les subirá los impuestos.
Sotto voce, destacados militantes del PP dicen que con Mariano Rajoy no van a ninguna parte. No porque sea mal tipo, no, sino porque inspira menos interés y menos pasión que un yogur caducado. La última prueba la aporta el barómetro del CIS, donde los ciudadanos le suspenden con un bochornoso 3,88 sobre 10.
¿Y en quién se fijan esos peperos para remediarlo? Pásmense: en Barack Obama. La fascinación por el presidente electo norteamericano es tanta entre nuestra derecha como entre la izquierda. Políticos como Ruiz-Gallardón o Jorge Moragas ya mostraron su predilección por el candidato demócrata antes de las elecciones.
“Para poder ganar necesitamos alguien con una personalidad atractiva y un discurso ilusionante como el de Obama”, me dice en privado un amigo del PP. "¿Y la ideología?”, le pregunto. "¿Es que aún crees que eso es determinante?”, se sorprende: “Ya verás cómo Obama no hará ninguna revolución. Él, como cualquier otro, sólo tratará de que las cosas vayan algo mejor”.
Ya veremos.
Ante la reciente avalancha de casos de corrupción urbanística municipal, la pregunta es simple y delicada a la vez: ¿se trata de casos aislados de precoz detección o nos hallamos ante la punta de un iceberg de envilecimiento generalizado?
Si yo fuera del PP no estaría alborozado, precisamente, por el empate técnico con el PSOE, según el último barómetro del CIS.
Al contrario: me habría dado por la depresión o el suicidio. Y perdónenme por la brutalidad de la expresión. Pero, con la tromba económica que nos está cayendo encima, un partido de oposición como Dios manda tendría que sacarle a estas alturas varios codos de ventaja demoscópica a un Gobierno errático en sus diagnósticos y dubitativo en sus recetas. Al contrario: si el PSOE está descendiendo en intención de voto, también lo hace el PP.
Nos hemos pasado los mejores años de nuestra vida sacándole humo a las tarjetas de crédito y pidiendo préstamos hasta para veranear en las islas Seychelles. Como corolario, ahora nos va como nos va: hemos quemado el motor de la economía de tanto recalentarlo y no nos queda más que ir a pie.
Hasta hace dos días resulta que éramos ricos y no mirábamos la pela, como quien dice. Por eso, los políticos podían planificar piscinas en el Senado y los concejales, consellers y demás cargos públicos hacían viajes absolutamente prescindibles por todo el mundo.
España aún no está rota. De momento, sólo deshilachada.
El último desgarrón lo ha padecido en sus carnes el PP, otrora partido de ámbito nacional, que además de estar prácticamente ausente en Cataluña y Euskadi acaba de ver cómo se le han ido ahora de su obediencia los regionalistas navarros, que se han quedado con el santo, la limosna y quién sabe si todos sus electores.
Amigos periodistas de varios continentes andan preocupados por el futuro inmediato de su profesión.
Los norteamericanos están que echan las muelas a cuenta de la crisis. Y no precisamente contra los políticos. Como decía esta semana un ama de casa asistente al programa televisivo de Bill O´Reilly, “la culpa no la tienen esta vez ni Obama ni McCain, ni siquiera Bush, sino esos tiburones de Wall Street que se han estado forrando a nuestra costa”.
Mientras los blancos de Estados Unidos tienen repartidas sus preferencias entre Obama y McCain, el 90 por ciento de los votantes negros dice que lo harán por el primero.
Sólo los republicanos más radicales confían en que el voto racial oculto acabe por dar la victoria a John McCain frente a Barack Obama.
El resto se ha convencido de que el factor étnico resulta irrelevante. Charlando en Nueva York con un amigo muy conservador, me confesaba ayer mismo: “Obama trasciende de razas, como Michael Jordan, Condoleezza Rice, Denzel Washington… Uno les admira o no por lo que hacen y dicen, al margen del color de su piel”. Por eso, esta vez mi amigo va a votar a un candidato afroamericano.
En el crack bursátil de 1929, algunos financieros arruinados se arrojaban desde los rascacielos norteamericanos, contribuyendo así a aumentar una desoladora sensación de pánico económico colectivo.
Eso no parece que vaya a ocurrir ahora, ni en Estados Unidos ni el parte alguna, entre otras razones porque el concepto del honor ya no se lleva y la asunción de responsabilidades sólo se aplica a subalternos de cuarta fila mientras que los grandes directivos de las empresas quebradas se lo llevan crudo.
¿Alguien se acuerda de la ley antitabaco?
Se trata de una norma tan etérea y surrealista como casi todas. Y eso que somos el país del mundo con más proliferación legislativa. Aquí se aprueba un promedio de cuatro normas diarias, la mayoría de las cuales sólo reiteran o contradicen otras anteriores, sin que al final, claro, nos acordemos de ninguna.
Todos conocemos el chiste del coadjutor que predicaba sobre la resurrección de Lázaro. “Cuando Jesús le dijo ‘levántate y anda’, Lázaro andó”, sermoneaba el auxiliar. Escandalizado por su lapsus linguae, el párroco le susurró, con irritación: “Anduvo, jodido, anduvo”. Creyendo cogerla al vuelo, el coadjutor precisó la frase: “Al principio anduvo jodido, pero andó”.
Eso les ocurre hoy día a cantidad de periodistas, políticos y otros personajes públicos: que escriben andó a tutiplén y ni siquiera andan jodidos, sino que se quedan tan frescos.
No me extraña, pues, que el informe PISA diga que nuestros escolares tienden al analfabetismo. En su descargo, al menos ellos aún tienen la posibilidad de aprender.
Lo malo es que hasta los mejores periódicos del país parecen escritos hoy por iletrados coadjutores como el del cuento, quienes muchas veces acaban diciendo lo contrario de lo que creen decir. Y es que la gramática tenió entre nosotros un pasado digno, en vez de la ignominia actual.
Pregunto en un bar a las afueras de Alicante si ya han detenido al autor de una violación acaecida en las inmediaciones.
—No—, me contesta, escuetamente, la joven dueña del local.
—Yo, a un tío que hiciese eso le daría un par de hostias —interviene, al oírnos, un cliente de unos treinta años, quien añade—: claro que la chica también tuvo la culpa, ¡quién le mandar ir sola por ahí, a las tantas de la madrugada!
Vayan las cosas bien o vayan mal, siempre ganan los mismos.
Ese secreto a voces lo acaban de descubrir ahora, vaya por Dios, los mandamases de la economía. ¿Para qué sirven, pues, las agencias de calificación de riesgos como Moody’s o Standard and Poor’s? Por lo visto, para nada.
Tiene razón Rodríguez Zapatero al querer infundir confianza en la economía española. Entre otros motivos, porque los analistas norteamericanos formulan graves vaticinios sobre nuestro futuro económico.
Sin embargo, el ignorar que existe un problema no es el mejor modo de solucionarlo, sino la garantía de su agravamiento. Y es que lo peor de la crisis aún está por llegar. Ruiz-Gallardón ya ha dado el primer aviso: Madrid no iniciará nuevas inversiones y para atender sus compromisos habrá de aumentar los impuestos.
Hasta Gambia nos toma el pelo. Su Gobierno esperó a que llegase un avión con 101 repatriados, escoltados por 117 guardias civiles, para acabar devolviéndolos a España. Total: 30.000 euros tirados, amén de la sensación de ridículo.
Corren malos tiempos para derroches y otros excesos económicos.
Hasta algo tan simbólico como la restauración de la Zona cero de Nueva York no estará a punto para 2011, décimo aniversario del atentado contra las Torres Gemelas. Lo ha reconocido el alcalde neoyorquino, Michael Bloomberg, echando indirectamente la culpa a Santiago Calatrava. El techo de su estación intermodal dejará de ser móvil, dado que el coste del proyecto supera ya en un 50 por ciento lo presupuestado.
Tras perder mi tarjeta de crédito, he ido a mi supermercado de siempre a ver si me la había dejado allí. En la caja central comienzan a rebuscar entre decenas de otras tarjetas —de crédito, de débito, de consumo…—, de carnés de identidad, de pasaportes… ¡La leche!
Uno de cada cuatro niños españoles se siente solo en casa.
En eso no resultan distintos de sus mayores, mírese por dónde. En muchos pueblos de este país quedan tan pocos habitantes que casi no tienen con quién hablar. Pero en las ciudades superpobladas tampoco nadie conoce a sus vecinos, como se aprecia tras un episodio de violencia doméstica: “Nunca observé nada anormal”, suelen decir aquéllos.
El resumen del debate sobre la crisis económica en el Congreso podría ser éste:
—¿A qué ha venido usted? —pregunta Mariano Rajoy.
—Sólo a dar la cara y a ofrecer confianza a los ciudadanos —responde Rodríguez Zapatero.
—¿Y tiene alguna medida nueva que proponer?
—No. Eso sería un ejercicio de improvisación.
Gane o no la elección presidencial, Barack Obama ya ha cambiado el panorama político norteamericano por el simple hecho de haber llegado hasta ahí. A partir de ahora, ya nada será igual en Estados Unidos. Eso, sin saber de qué va el candidato, porque el mensaje del senador de color es deliberadamente ambiguo y adaptable a las circunstancias.
Dada nuestra propensión a conducir por la izquierda, propongo suprimir el carril de la derecha de nuestras autovías y autopistas. Prácticamente, sólo lo usan aquellos apresurados conductores que nos adelantan en arriesgados zigzags de una parte a otra de la carretera.
Propongo, pues, convertir el de la derecha en un carril virtual, sin existencia física. Así, el Estado se ahorraría un pastón, en esta época de crisis. O, si lo prefiere, podría invertir ese dinero en añadir otra vía más por la izquierda, que es por donde nos gusta conducir.
En cualquier caso, los desplazamientos serían menos peligrosos, no habría absurdas y evitables caravanas y los adelantamientos se harían por su sitio.
Claro que también habrá quien le busque los tres pies al gato. Probablemente, los mismos tipos egocéntricos e insolidarios que se apropian siempre de los aparcamientos para minusválidos y ocupan dos plazas, en vez de una, en los parkings de los supermercados.
Y es que no aprendemos.
Tiene razón el bimedallista olímpico David Cal cuando afirma que “en cualquier competición, sólo hay un ganador; todos los demás son perdedores”. Para remacharlo, concluye que “la Historia sólo se acuerda de los que ganan”. De ahí su rictus de tristeza al recibir las medallas de plata.
La patria es un sentimiento. En algunos casos, también un idioma. Por eso, los independentistas de Esquerra Republicana han vuelto a la carga tras los Juegos de Pekín: Carod-Rovira, especulando con que unos Països Catalans independientes habrían obtenido la mayoría de las medallas españolas, y el ex diputado Joan Puig, reprochando a los deportistas de habla catalana el que no hayan utilizado su lengua.
Este curso escolar, los alumnos valencianos estudiarán Educación para la Ciudadanía en inglés. Me temo que no se trata tanto de que aprendan la lengua de Shakespeare como de que logren desconocer la polémica asignatura cívica.
No obstante, cada vez existen más espacios en nuestro país donde el inglés resulta más útil que el castellano. Hace un año, por ejemplo, un colegio público de la localidad alicantina de Rojales, con 700 alumnos de 59 nacionalidades diferentes, celebró una asamblea de padres. Uno de los siete únicos asistentes pretendió hablar en español. Los demás se opusieron, alegando que no entendían el idioma.
Los deportistas españoles no nos están decepcionando en Pekín, pese a lo que pregonan algunos agoreros de turno y aquellos otros a quienes sólo las medallas justifican la participación en unos Juegos Olímpicos. Lo que sí me ha defraudado, en cambio, es la incontinente retransmisión de TVE.
Nada mejor, al parecer, que las viejas rogativas de antaño para remediar el perenne déficit de agua en el sureste español. La filtración precipitada de la última alternativa, el trasvase —perdón, la “transferencia hídrica— desde el embalse de Valdecañas al río Segura, se ha abortado antes siquiera de germinar.
Hace nada, como quien dice, se enterraba en Salamanca a María San Cipriano, asesinada por su novio. Ahora, otro ciudadano, Jesús Neira, está en coma por la agresión de un maltratador frustrado.
Me perturba la catadura moral del doble agresor de Majadahonda, quien se hallaba tan ricamente de vacaciones en la playa tras cometer su delito. Me inquieta, asimismo, la discreción inicial de policías, jueces y medios de comunicación, que hurtaron su nombre y su rostro a la opinión pública. En cambio, por esas fechas, la imagen de la ciclista Maribel Moreno ocupaba las portadas de todos los periódicos por su dopaje en los Juegos de Pekín. ¿Es más infamante, más grave, mayor delito, el fraude deportivo de la deportista olímpica que el salvaje atentado de Antonio Puertas a un ciudadano honrado?
Creo en la justicia universal y ya me gustaría, ya, que los dictadores de cualquier pelaje fuesen juzgados por sus crímenes. Y eso es válido no sólo para Radovan Karadzic, sino también para muchos jefes de Estado —desde Robert Mugabe a Muammar al Gadafi y desde Kim Jong Il a Teodoro Obiang—, con quienes los distintos gobiernos españoles han estado dándose el pico, un día sí y otro también.
Me imagino el desconcierto, la frustración y hasta la rabia de los europeos si Barak Obama no es elegido presidente de los Estados unidos el próximo noviembre. Y es que Barak es nuestro candidato: el hombre que mejor representa la postmodernidad en la era de la globalización.
Cuando el caudillo bolivariano Hugo Chávez habla de Venezuela y de su presupuesto nacional lo hace en primera persona: “Yo compro”, “yo vendo”, “yo regalo”, “yo decido”,…
Hace bien en decirlo, porque es verdad. Siglos después de la separación de los bienes de la Corona y los del Estado, este monarca republicano, este príncipe absolutista, ha vuelto a la confusión original de ambos conceptos. Por eso, al decidir la estatalización del Banco de Venezuela, propiedad del BSCH, puede afirmar enfáticamente: “Lo nacionalizo”, “lo compro”. Y no lo hace porque ello resulte beneficioso para su país —ya nadie cree en los efectos taumatúrgicos de la nacionalización bancaria—, si no porque Emilio Botín iba a venderlo a otro empresario, Víctor Vargas, propietario del Banco Occidental de Descuento. Pero eso sí que no: el sector privado venezolano debe estar sometido al designio revolucionario del mesiánico líder populista. Faltaría más.
Por un motivo o por otro, la mayoría de los crímenes quedan impunes. Ahí tenemos, si no, el caso de la niña Madeleine McCain para ratificarlo.
Gracias al carnet por puntos, este verano estamos teniendo menos muertos en las carreteras. Pero, como la dicha nunca es completa, hay más accidentes en las playas y las piscinas.
No voy a hablar de política en este espacio, Dios me libre, sino de algo tan sencillo y tan cotidiano como la solidaridad.
Resulta que se han publicado las balanzas fiscales entre las distintas regiones de España y el Estado central y ya se ha armado el lío, al margen del color político de las respectivas administraciones. Era algo tan previsible que el haber permitido que sucediera supone ya una grave irresponsabilidad cívica. Todo, por dar satisfacción a algún aliado político que había hecho de la necesidad de la susodicha publicación un auténtico casus belli.
Hablábamos de pleno empleo cuando el paro rondaba el 8 por ciento, hace un año. Ahora estamos ya en el 10,4, superior al de 2001. Y subiendo.
¿Qué hacer para evitar su escalada y los dramas personales que conlleva? No parece que ésa sea la prioridad del Gobierno, sino sólo conservar las actuales prestaciones de desempleo; o sea, gastar más fondos públicos en mantener a los parados que sobrevengan antes que en crear nuevos empleos.
Cuando el ciclismo parecía levantar cabeza de pasados y repetidos escándalos, nuevos y consecutivos dopajes lo han vuelto a sumir en el descrédito. Han sido pillados con restos de drogas en la sangre no sólo corredores en declive, como el veterano Manolo Beltrán, sino también ídolos emergentes, como el joven Riccardo Riccó. Un tercero, Moisés Dueñas, se arriesga incluso a severas penas de cárcel por masiva posesión de sustancias dopantes.
¿Tan apremiante es el consumo de drogas para estos deportistas que lo hacen incluso con el aliento en su cogote de los médicos que los controlan a diario?
La edad de jubilación en este país es de 65 años, pero el 41 por ciento de los ciudadanos lo hace antes, con lo que la realidad es muy otra: nos jubilamos, de promedio, a los 61 años y cinco meses.
El ministro Miguel Sebastián, en un gesto premonitorio que nadie valoró, se quitó la corbata. Días después anunciaba un plan de ahorro energético.
No supimos apreciar entonces el críptico aviso ministerial. Por eso, anticipo que cuando veamos al titular de Industria con bermudas es que nuestro político ya habrá conseguido su objetivo.
Hace un año vimos cómo la nadadora ucraniana Kateryna Zubkova era golpeada por su padre y entrenador por haber quedado fuera de la final por unas décimas. No es el primer caso, ni será el último, de un deportista adolescente maltratado por unos progenitores que quieren sublimar con los éxitos de sus hijos sus frustraciones personales. Alguno, como el padre de Venus y Serena Williams, ya había decidido que éstas serían tenistas antes de que nacieran. A otro, como el de Mary Pierce, hubo que dictarle orden de alejamiento judicial a petición de su propia hija.
Al paso que va, no sé si llegaré a ver en funcionamiento el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, previsto para 2011. Y no será por falta de ganas, ya que cada día que pasa avanza un poco más la desmemoria colectiva.
Lo que sucede es que el pasado no es algo aséptico y neutral, sino una materia que se reescribe cada día para adaptarla al gusto y a la conveniencia de quien tiene la Historia por el mango.
No sólo los atletas se preparan para ir a los Juegos Olímpicos de Pekín. Jefes de Estados democráticos, empezando por George Bush, ya están haciendo las maletas.
¿Qué quedó, pues, de aquellas prédicas escandalizadas por la represión de los monjes tibetanos?
Todo el mundo menos Rodríguez Zapatero cree que estamos ante una crisis económica. Y es que ese optimismo presidencial es la mejor arma, si no la única, de que dispone el Gobierno para conjurar la crisis.
Las tormentas económicas se bandean mejor cuando se han prevenido a tiempo y se han tomado medidas antes de que estallen, lo que no ha sido el caso español. Aquí hemos crecido en los últimos años más que nadie de nuestro entorno y, por eso mismo, el batacazo también va a ser mayor que el de nuestros vecinos.
Si uno recorre la Quinta Avenida de Nueva York, a lo largo de varios kilómetros puede oír más de un centenar de lenguas. Son idiomas que coexisten en libertad, sin que nadie los imponga o los defienda; simplemente, la gente los usa para poder entenderse.
Eso sucede en un país, Estados Unidos, donde no existe lengua oficial alguna y todos los ciudadanos tienen el derecho a ser educados en su idioma materno, por exótico que sea. Cada cierto tiempo, no obstante, surge la propuesta de only english, de fomento del inglés, pero no como coacción, sino para evitar la discriminación de quienes no dominan esa lengua.
Todo eso es, justo, lo opuesto de lo que sucede aquí.
El supermillonario mexicano Carlos Slim lo ha explicado con claridad: “Todas las crisis no son más que oportunidades de hacer negocio”.
Ya ven qué diferencia, la suya, con aquéllos a quienes la crisis impide hacer frente a sus hipotecas, les aboca al paro o, simplemente, reduce sus posibilidades de vacaciones.
En siglos pasados, los ejércitos en campaña llevaban su cohorte de prostitutas para desahogo de los soldados. Durante la Segunda Guerra Mundial, las tropas japonesas prefirieron esclavizar sexualmente a mujeres de los países ocupados, en una práctica infamante cuyas secuelas llegan hasta hoy día, con reparaciones muchas de ellas a título póstumo.
Las fuerzas de la ONU, desplegadas en misiones de paz en 17 países, tampoco es que sean una milicia seráfica. Hace ya cuatro años, un aterrador informe interno de las Naciones Unidas documentaba casos de violaciones, pedofilia y fomento de la prostitución obra de los cascos azules en el Congo. Otros más han evidenciado situaciones semejantes desde Kosovo hasta Sierra Leona y desde Costa de Marfil hasta Liberia.
Queremos que se encierre a los delincuentes, que se rehabilite a los toxicómanos y que se trate a las basuras,… pero en otra parte. Y, dado que todos pensamos igual, en la práctica equivale a no quererlo.
Lo cierto es que cada día ingresan en nuestras saturadas prisiones 21 nuevos reclusos, hasta superar la cifra de 70.000, el doble que hace 16 años. Y, como nuestra justicia es más lenta que un coche sin ruedas, muchos presos preventivos agotan el plazo máximo de cuatro años de reclusión, gracias a lo cual somos el país de Europa con más internos por número de habitantes. Triste récord.
A lo mejor tiene razón José María Aznar y el PP lleva siendo de centro desde hace muchos años. Pero, a tenor de las actitudes de algunos de sus últimos dirigentes, de bastantes militantes y de ciertos corifeos mediáticos y sociales —ustedes ya me entienden— ha parecido ser en muchas ocasiones de una derecha rancia y antañona.
Mariano Rajoy posee tanta moral y tanta convicción de victoria como los futbolistas turcos, susceptibles siempre de marcar un gol en el último minuto y pasar así a la ronda siguiente.
Por eso, los enemigos internos del presidente del PP han hecho mutis por el foro, agotados por la demostración de aguante del político gallego, su control del balón y su capacidad de imaginar jugadas audaces con las que dejarlos descolocados.
Mariano Rajoy sabe que lo que gane por el centro no lo puede perder por su derecha, ya que allí sólo existe un erial político. Eso le diferencia de Rodríguez Zapatero, amenazado siempre por esa izquierda escuálida y menguante de Gaspar Llamazares, que en cambio sí puede robarle votos si se escora demasiado a estribor.
Por eso, Rajoy se presentó ayer en el Congreso del PP como líder de un partido “abierto”, que es un eufemismo de “progresista”, pero sin decirlo de ese modo para no molestar a nadie. Y es que Rajoy, a falta de ideología —el hombre huye de la definición política, del doctrinarismo y de la reflexión teórica como si de un virus maligno se tratase—, lo que propone son buenos modos, campechanía y compadrazgo, su versión personal del “talante” de Rodríguez Zapatero.
De creer a los más conspicuos marianistas, este congreso del PP sería el de la refundación de la refundación, como si durante los últimos años el partido hubiese estado dirigido por alguna sombra vagarosa en vez de por Mariano Rajoy.
¿Estuvo secuestrado la pasada legislatura Rajoy por Ángel Acebes, Eduardo Zaplana y otros presuntos duros de la política que le habrían impuesto una estrategia de confrontación o es el propio presidente del PP quien ha cambiado ahora de rumbo?
La Europa de los 27 ha encallado en sus sucesivos egoísmos nacionales: el último, el del referéndum irlandés.
Y es que nadie quiere perder sus particularismos, que no son pocos, a cuenta de una abstracta uniformidad. Poner de acuerdo a 500 millones de habitantes, hablando al menos 23 lenguas y con media docena más pidiendo turno, es una tarea titánica, sino imposible. No nos extrañe, pues, que en seguida nos pasen por encima países emergentes como China, India o Brasil, además de los sempiternos Estados Unidos y Rusia.
Cada día entran 21 nuevos reclusos en nuestras cárceles y pasan ya de los 70.000, el doble que hace 16 años. No sé a ustedes, pero a mí me parece una barbaridad.
No es que añore mi primera infancia, ya lejana, de colegio de monjas con uniforme ajedrezado, de pequeños escaques blancos y grises. O, a lo mejor, sí, porque con esto de la nostalgia nunca se sabe.
Mariano Rajoy ya ha ganado, antes de empezar, el congreso de Valencia ante la falta de alternativa. Sus más fieles, sin embargo, habrían preferido que se presentase la candidatura de Juan Costa para evidenciar, con la derrota de éste, el apoyo masivo al líder del Partido Popular. Ahora, en cambio, temen que los reducidos votos en contra de las ponencias y las abstenciones sean capitalizados por el difuso sector crítico como una bomba de efectos retardados contra la nueva línea oficial del partido.
Por todo esto, para los más conspicuos marianistas, tanto o más importante que en Congreso en sí es lo que pase en los meses sucesivos.
Somos el tercer o cuarto país del mundo en asistencia sanitaria, pero estamos mucho más atrás en investigación médica. Así se explica nuestro retraso en el conocimiento de las llamadas enfermedades raras. Se trata de esas dolencias que por su carácter excepcional resultan socialmente invisibles: hay falta de información sobre ellas y no se dispone de tratamiento eficaz para detener su progresión.
Existen entre 6.000 y 7.000 enfermedades raras y aún se siguen descubriendo otras más. Cuando, antes, un paciente fallecía a causa de una de ellas, como aún eran desconocidas se atribuía su muerte a otra dolencia, aunque no cuadrasen los síntomas. Incluso hoy día la mayoría de casos está por diagnosticar. Me lo explicaba el doctor Vicente Climent, pediatra del niño Lucas, de triste celebridad por la enfermedad de Pompe, a la cual lleva sobreviviendo cuatro años contra todo pronóstico. “Se calcula que la enfermedad afecta a uno de cada 60.000 recién nacidos y sólo hay cuatro diagnosticados en toda España. Ya ve”.
El futuro de Salamanca no está en montar una siderúrgica en Tejares. Ni en ninguna otra parte, claro, porque el paisaje económico no da para eso. Habrá de conformarse con tener una innovadora industria de la cultura, que no es poco, y con lograr la capitalidad del castellano, que sería demasiado.
Uno puede aprender el español donde quiera, por supuesto. O no aprenderlo, como esos que se oponen a esa tercera hora de castellano en los colegios de Cataluña. Con argumentos como ése, la UE regatea a la baja la presencia del español en Bruselas. Si 16 millones de compatriotas, arguye, dicen que hablan gallego, euskera, catalán y/o valenciano, sólo quedan como mucho otros 28 que hablen castellano en España.
Ya ven. El Gobierno español había prometido traer más agua, antes y más barata que con los trasvases y ha cumplido. Para hacerlo, se ha puesto a llover. Si la tradición política italiana echa la culpa de todo al que manda —“Piove? Porco Governo!”—, nosotros deberíamos agradecérselo: “¡Llueve, bendito Gobierno, llueve!”
El déficit de los ayuntamientos españoles es de 7.000 millones. Y creciendo. El alcalde de Játiva, Alfonso Rus, calcula, por otra parte, que el parón inmobiliario reducirá el 50 por ciento de sus ingresos por licencias de obras. ¿Cómo hacer frente, entonces, a la creciente demanda de servicios municipales?
Algunos ayuntamientos ya han comenzado a suspender eventos, reducir actos, recortar fiestas y congelar plantillas. Donde no hay, no hay. Lo peor es que no pueden acudir indefinidamente al déficit y al endeudamiento, como el Estado, o discutirle a éste los criterios de financiación, como hacen las comunidades autónomas.
Hay gente que cree en la crisis con la fe del carbonero, que se decía antes. Es el caso de Mariano Rajoy, por supuesto. Otra, como Rodríguez Zapatero, es una agnóstica de tomo y lomo: “No existe más que una desaceleración del crecimiento”. Y una tercera, como Solbes y Almunia, se debate en irresueltas dudas de fe.
No quiero hacer comparaciones odiosas ni, menos aun, caer en la caricatura. Pero no puedo evitarlo: la Expo acuática de Zaragoza me parece que es a las exposiciones internacionales como Rodolfo Chiquilicuatre a Eurovisión: un sarcasmo.
Me explicaré.
La Expo, con espacios temáticos tales como El agua como elemento de colaboración entre los pueblos, se inaugura cuando precisamente aquí lo que hace es enfrentar a partido contra partido, comunidad contra comunidad y, en el caso de Cataluña, pueblo contra pueblo. Ya me dirán si no resulta una paradoja. Además, el Gobierno anfitrión, que preside Marcelino Iglesias, no sólo se ha apropiado el Ebro para su región, sino que amenaza con querellas a todo aquel que pretenda sacarle un solo litro.
No solamente ETA tiene que estar agradecida al lehendakari Ibarretxe. Yo también.
Lo de los terroristas resulta obvio. Dispuesto a ahorrarles trabajo, propone alcanzar sus mismos objetivos con menos coste y más a corto plazo. Y, aprovechándose de cuarenta años de terror, no formula ni una palabra de reproche a los etarras en el texto de su referéndum.
Mi gratitud es que, por fin, Ibarretxe se deja de ambigüedades al pasarse manifiestamente por el forro la resolución del Congreso español, la oposición explícita de Rodríguez Zapatero y hasta los resultados de las últimas elecciones generales en Euskadi. Maestro de una retórica sibilina y equívoca, empezó su camino hacia la secesión hablando de “convivencia amable con España”, contraponiéndola a “liarnos a tortas”, como si él fuese San Vicente Ferrer y “los españoles” una banda de facinerosos comevascos.
No sé si serán creyentes o no, pero practican a rajatabla la máxima de San Pablo: “La caridad bien entendida empieza por uno mismo”.
Según la ONG Christian Aid, se trata de Bono, Phil Collins, Lewis Hamilton y otros famosos que recaudan fondos para el Tercer Mundo mientras evaden impuestos en paraísos fiscales.
Esto me lo contaron en una empresa norteamericana. Un grupo de gente salía del edificio corporativo con su jefe y le reía su último chiste. Salvo un individuo, que permanecía serio. El jefe, intrigado, se volvió hacia él: “¿Y usted por qué no se ríe, es que no le hace gracia?” “No. Es que yo no trabajo aquí”.
Es el ejemplo máximo de la adulación obligada. Pues ahora resulta que, según un estudio, los españoles somos los más pelotilleros de Europa.
Nunca he sido optimista en el triste caso de María José Carrascosa, detenida en Estados Unidos al no haber entregado su hija al padre de la niña. No es por nada, sino por la estricta aplicación legal de los tribunales norteamericanos. Una justicia que acosó a un presidente, como Richard Nixon, hasta obligarlo a dimitir no se anda con chiquitas. Otro presidente, Bill Clinton, se salvó por los pelos, pero tuvo durante dos años en su cogote el aliento de un fiscal especial, Kenneth Starr.
Ya ven cómo son las cosas.
El presidente del BBVA, Francisco González, admitió hace un año que su sueldo anual de 10 millones de euros quizás era “éticamente discutible”. Pero, que se sepa, no ha dejado por ello de percibir ni un duro. Y eso que, con otras gabelas, incentivos y blindajes contractuales, su salario real es casi el doble. Lo mismo sucede en el banco de enfrente, el BSCH, con las percepciones de Emilio Botín y Alfredo Sáenz Abad, claro.
Por uno u otro motivo, la mayoría de los delitos permanecen sin castigo. No hay más que ver que la banda de Coslada llevaba más de 20 años operando desde la más absoluta impunidad. Y autoridad.
No nos extrañe, pues, que los modernos dispositivos electrónicos contribuyan a una vigilancia siempre insuficiente. Este año, la mayoría de autobuses de Bilbao incorporarán cuatro cámaras de seguridad en su interior. No es la primera ciudad de España que lo hace; ni será la última.
No entiendo la escandalera montada por la foto de la vicepresidenta Fernández de la Vega con el capataz polígamo de Nigeria y sus tres esposas. De verdad que no. Menos aun, el que la mujer se haya sentido “horrorizada” al enterarse de la condición de su anfitrión. ¿Qué esperaba, pues, que practicase el celibato como un monje benedictino?
Como casi todo el mundo hoy día, tengo un blog, vanidad bastante inútil, como lo prueba la ausencia de comentarios.
La única excepción la constituye un artículo sobre enfermedades raras, que ha servido para que se conecten entre sí gentes con el mismo problema, el de una dolencia enzimática llamada glucogenosis y que podría resumirse como una debilidad muscular congénita.
Hace sólo unos días comprobé el alivio de una joven que, hasta ahora, siempre se había sentido “un bicho raro, centro de las burlas de mis hermanos (ellos qué sabían), y, a pesar de esforzarme tanto a la hora de hacer gimnasia en el cole, lo que me decía el médico es que era una vaga”.
Qué ignorancia tan demoledora.
Aún estamos lejos de saber casi todo sobre estas enfermedades. Pero me emociona y me alegra el que exista ya una asociación de afectados y que el mes que viene celebre ya su II Congreso. Ojala, pronto, en vez de una incógnita dolorosa estos padecimientos de ahora no sean más que un triste recuerdo.
Mi única satisfacción durante la dictadura franquista la produjo la ineficacia de su policía política, afortunadamente más incompetente de lo que requería su vesania represiva.
Hablo con cierto conocimiento de causa. Mi ficha policial, a la que tuve acceso tras el final de aquel régimen ominoso, era un cúmulo de despropósitos. Se me atribuían hasta simpatías separatistas y se ignoraba todo sobre mi real militancia política clandestina.
Cuando hace casi un año Emilio Botín puso en venta los inmuebles del Banco de Santander, algunos ya previmos entonces que la crisis inmobiliaria estaba al caer. Precisamente el hombre ha llegado a donde está gracias a anticipaciones de ese estilo. Ahora, claro, predica que la crisis económica no es para tanto, pero él ya ha puesto sus inversiones a buen recaudo.
Otro dato. Hace ocho meses, el comisario de la UE Joaquín Almunia dio una conferencia en Valencia, en la que auguraba un crecimiento económico para España sólo del dos y pico por ciento. A su lado, el vicepresidente Pedro Solbes, quien acababa de presentar a su correligionario, aún mantenía en los presupuestos generales del Estado la estimación del 3,1.
Con cuarenta años de retraso se desayuna José María Iñigo al insinuar que el premio de Eurovisión a la canción de Massiel fue amañado. ¡Toma!: y probablemente, también las otras 51 ediciones del Festival.
Si yo fuera ministra de Defensa, no podría estar embarazada. Obviamente. Pero no es ésa la cuestión.
De lo que se trata es de la actuación de nuestra Armada en el rescate de los pescadores españoles secuestrados por piratas somalíes. En estos casos, los principios básicos son dos: lo primero, la liberación sanos y salvos de nuestros compatriotas, y lo segundo, que aquello que puedas obtener por las buenas no lo logres por las malas. Conseguidos ambos propósitos, hay que felicitar a la ministra Chacón.
Pero también hay que felicitar a los piratas, qué demonios.
El Silvio Berlusconi de ahora parece el hijo de quien ganó las elecciones en 1994. Milagros de la cirugía estética. Algo similar ocurre con Isabel Preysler, que puede pasar por la hermana pequeña de su hija Chabeli. En cambio, en las fotos del vigésimo aniversario de su matrimonio, podríamos creer que un Miguel Boyer envejecido es su venerable padre.
Desde pequeño siempre he oído a ufanos compatriotas que “en España se vive como en ninguna parte”.
Durante la dictadura franquista no sería por nuestro bienestar económico ni por nuestras libertades públicas, ya que carecíamos de lo uno y de lo otro. Al parecer, se trata más bien de nuestra capacidad de cachondeo, del libertinaje de nuestros horarios al margen de disciplina alguna.
Nunca he entendido el recelo de los españoles hacia los políticos con patrimonio personal. Esa suspicacia ha impedido que personas de posibles, como Rodrigo Rato, pudiesen aspirar a la presidencia de la nación.
En Estados Unidos sucede justamente lo contrario, quizás por su primigenia ética protestante, según el análisis de Max Weber. Lo cierto es que los norteamericanos creen que quien ha triunfado en la empresa privada también puede hacerlo en la vida pública, refugio muchas veces de los menos preparados. En tiempos del inefable Richard Nixon llegó a acuñarse incluso una especie de malévolo eslogan: “Si tienes dos hijos, dedica el listo a los negocios y al tonto mételo en política”.
Las trifulcas entre los dirigentes del Partido Popular no han llegado a las páginas de sucesos, pero casi. Como si no tuviesen ninguna labor de oposición que ejercer, prefieren despellejarse unos a otros, mientras el PSOE se solaza ante tan imprevisto y generoso regalo.
Los lodos de ahora provienen de aquellos polvos de hace cuatro años, cuando el PP se quedó sin un Gobierno que ya creía en el bolsillo. En vez de reponerse del golpe y tirar hacia adelante, sus líderes quedaron presos del estupor y del pasmo, lamiéndose unas heridas irreparables. En el ínterin, Rodríguez Zapatero, libre de cualquier traba, ha propinado al país un revolcón mayúsculo que en otras circunstancias habría requerido veinte años.
Ortega y Gasset opinaba de los embajadores que eran unos analfabetos aunque, eso sí, hablasen varios idiomas. La suya era una maledicencia inocua, ya que los miembros del cuerpo diplomático siempre han estado muy preparados y han realizado un trabajo delicado e imprescindible.
El que Mariano Rajoy ponga más empeño en ganar la presidencia del PP que en derrotar a Rodríguez Zapatero evidencia cómo van las cosas en el Partido Popular. Otro síntoma: en cuanto Esperanza Aguirre recula dos centímetros en sus expectativas, Ruiz-Gallardón vuelve a emerger con renovadas ofertas de su persona.
Es lo malo de estar en la oposición. Donde no hay harina, todo es mohína, dice el viejo y certero refrán. Quizás por esa increíble pugna por las migajas de una auténtica miseria, en Cataluña hay casi más aspirantes a presidir el PP regional que militantes. Nada menos que tres: Dani Sirera, Alberto Fernández Díaz y Montserrat Nebreda.
El estruendoso estropicio del PP ha apagado otros ruidos de no menor calado. Por ejemplo: el futuro más que imperfecto de Izquierda Unida. ¿Sobrevivirá lo que queda de la coalición a la errática dirección de Gaspar Llamazares?
El penúltimo testimonio de descomposición de la tercera fuerza del país la ha proporcionado el único cargo institucional de fuste que le queda, la alcaldesa de Córdoba, Rosa Aguilar, al desvelar que lleva cinco años al margen del PC y que en las últimas elecciones al Senado votó a la socialista Maribel Flores. Si ya hasta los suyos no votan a la coalición, ¿qué perspectiva le queda a IU?
Ministros pintorescos los ha habido siempre. Hasta Franco tuvo uno que pretendió cambiar el inicio del curso académico a enero. Se llamaba Julio Rodríguez y llegó al cargo porque el dictador lo confundió con otro de igual nombre. Ya ven lo poco que le importaba su propio gabinete al extinto general.
Pero lo de ahora es una auténtica plaga. Ya me dirán, si no, qué pinta en el gobierno Fernández Bermejo, sin más mérito que haber dejado la Justicia hecha unos zorros. O el paso sin pena ni gloria por un ministerio de Joan Clos, quien por no saber ni habla bien el castellano. Claro que el hombre fue alcalde de Barcelona, pero porque lo puso Maragall cuando se fue a otros menesteres, que si no…
Un porcentaje nada desdeñable de llamadas al 112, el teléfono de emergencias, son bromas: de mal gusto, por supuesto.
Hay gente, está visto, que tiene la gracia en salva sea la parte. Como aquel personaje que parodiaba el humorista Miguel Gila, que le había colocado un petardo a un vecino: “¡Y cómo se ha puesto la viuda! —decía el animal— ¡Si no tiene sentido del humor, que se vaya del pueblo!”
Un diputado del PP me decía esta semana: “Como esto siga así me voy con Rosa Díez”. Otro amigo socialista, antes con cargos importantes en Euskadi y hoy en el ostracismo, me comentaba: “La única que el otro día defendió valores ante Zapatero fue Rosa. No me voy con ella por no tirar un carné con más de 30 años”.
Ya ven cómo discurren las aguas subterráneas de la política. Hay, incluso, quien opina que el único escaño de UPyD puede convertirse en diez esta misma legislatura gracias a futuras defecciones de derecha e izquierda.
Si el futuro fuese predecible, no habría analistas financieros, ya que todos se dedicarían a comprar y vender acciones y serían millonarios.
Una de las pocas excepciones fue Joseph Kennedy, el fundador del clan que lleva su nombre. Cuando se enteró de que hasta su limpiabotas jugaba a la Bolsa, se dio cuenta de que se agotaba el número de nuevos compradores, así que liquidó todos sus valores y se libró del crac de 1929. El otro listo es Emilio Botín, que hace diez meses decidió vender todos sus activos inmobiliarios, justo en vísperas de la crisis del sector. Claro que si todos hubiésemos hecho como él, el derrumbe del precio de la vivienda habría sido estrepitoso.
Me parece muy bien que el consejero de Educación valenciano, Alejandro Font de Mora, haya iniciado en inglés una intervención en Las Cortes Valencianas. Lo suyo, claro, era un rasgo de humor político de alguien a quien le sobra ingenio para dar y tomar. Pero, por mí, podía haber seguido indefinidamente en aquel idioma o en el swahili que hablan en el África oriental. ¡A ver quién le habría entendido!
En eso, precisamente, consiste la libertad, en este caso de la lengua: en hablar como uno quiera. Si luego los demás no le entienden, ése es el problema de quien pretenda comunicarse con los otros. Allá él.
De los miles de artículos que llevo escritos, el que más irritación había producido hasta hace poco es uno publicado hace dos años: Si Estados Unidos no existiera, era su título. Se trataba de un breve texto digamos que de política ficción. La tesis, muy sencilla, era que sin el gran país de Jefferson y Madison, Franklin y Lincoln habría menos democracia y libertad en el mundo y hasta Hitler podría haber ganado la II Guerra Mundial.
¡La que se armó! Los lectores me llamaron de todo menos guapo. Y es que los Estados Unidos producen una masiva e irracional animadversión, jamás sustentada por argumentos suficientes.
Esta medianoche, los hinchas del equipo ganador de la Copa del Rey de fútbol comenzarán a celebrar el triunfo. Luego, acabada la juerga, con resaca incluida, muchos de ellos deberán ir a trabajar. Ya me dirán ustedes con qué ganas.
Un profesor antisistema se despachó el otro día diciendo: “No estoy de acuerdo en que las carreras se diseñen sólo pensando en su utilidad para las empresas”. ¿Para qué deben servir, según él?: ¿para que se entretengan los hijos de papá?, ¿para derrochar el dinero público en estudios inútiles?, ¿para programar botellones, viajes de fin de curso y sexo libre?
La frase se produce cuando 46 universidades europeas tratan de armonizar sus estudios y conseguir que valgan para algo más que para colgar títulos en las paredes. Aunque tarde, han descubierto la degradación del conocimiento académico en Europa mientras que, en cambio, la movilidad de alumnos y profesores en EEUU propicia un sano ejercicio de emulación y de competencia que les lleva a ser mejores cada día.
El Rodríguez Zapatero de la investidura de 2008 no es el opuesto al de 2004, pero casi. Oyéndole en ambas ocasiones, es como si en una de ellas hubiese estado en la tribuna el doctor Jekyll y en otra mister Hyde, las dos personalidades distintas del mismo protagonista de la obra de Robert L. Stevenson. Dicho sea sin ánimo de señalar.
Es más, de no haber sabido que él era el autor de muchos pasajes de su última intervención, un espectador distraído hubiese pensado que quien hablaba era Mariano Rajoy, tal era la coincidencia de sus planteamientos en seguridad ciudadana, rebaja de impuestos e incluso en la pasión por España. ¡Hasta 36 veces mencionó por su nombre a nuestro país el aspirante a presidente!: más que todas las efectuadas durante los meses anteriores a su discurso.
Dicen que todos propendemos a hablar más de aquello que menos conocemos.
En mi caso debe ser cierto, porque no sé cuántos artículos llevo escritos ya sobre el botellón dichoso. Y es que cuanto más reflexiono menos comprendo que ponerse al borde del coma etílico sea “una gozada” o suponga “una vidorra de puta madre”, según manifestaban algunos de los miles de asistentes al último macrobotellón de Granada.
Perdonen la crudeza de la expresión. No me refiero con ella a individuos convictos y confesos de repugnantes crímenes, como Nanysex, el canguro que abusaba de los niños que debía cuidar y que además los explotaba por Internet.
No. Hablo solamente de tipos desfachatados o hideputas, que decían nuestros clásicos: aquéllos que no sólo cometen una fechoría, sino que de hecho se jactan luego de ella.
Todos tenemos un memorial o ranking de esa clase de sujetos. En el mío he añadido recientemente dos: uno, Tomás Delgado, que atropelló mortalmente a Enaitz Iriondo y que ahora demanda a sus deudos que le arreglen las abolladuras del coche. ¿Recuerdan?
Otro es Constantino García, absuelto finalmente de conducir a 260 por hora y que pide que le indemnicemos con nuestros impuestos por haber estado seis meses sin carné. También conocen el caso.
Y es que sinvergüenzas de éstos abundan más de lo que parece. Yo, por si acaso, voy haciendo la relación que les digo, ya que si algún día me topo con ellos trataré, al menos, de cambiar de acera.
La izquierda no tan radical considera la disciplina como un concepto caduco y su aplicación en las aulas como una actitud reaccionaria.
Feliz ella. Así no la preocupa en demasía la agresión en la universidad a personas de otro ámbito ideológico, ya sean María San Gil, Gotzone Mora o Rosa Díez, cuando simplemente pretendían hablar en ella.
Servidor sólo militó políticamente en tiempos de Franco, cuando aquello tenía un sentido ético. Y, como entonces uno era ingenuamente joven, lo hizo más a la izquierda del partido socialista, allí donde el mayor riesgo prometía más expectativas de acabar con el Régimen. Muerto el dictador y llegadas las elecciones de 1977, uno decidió dedicarse por entero al periodismo y no militar en ninguno de los 3.000 partidos políticos que actualmente hay en España.
Dicho esto, ¿qué haría ahora de ser miembro del PSPV-PSOE?
Ahora que se ha muerto, todos consideran un genio a Pedro Zaragoza, el inventor del Benidorm moderno. Hace años, en cambio, lo menos que se decía de él era que se trataba de un depredador del medio ambiente.
Y es que “las ciencias adelantan que es una barbaridad”, como decía Don Hilarión en La verbena de la Paloma. Ahora que se manifiesta insostenible el urbanismo extensivo de viviendas unifamiliares, con atascos de coches, emisiones de CO2 y derroche de agua en piscinas privadas, el modelo intensivo de Benidorm empieza a ser ponderado por sociólogos y arquitectos de todo el mundo.
La última crecida del río Ebro, oh paradoja, se llevó por delante algunos tinglados de la próxima Exposición Internacional sobre el agua de Zaragoza. De haberse realizado las infraestructuras del fallido Plan Hidrológico, nada de eso habría pasado.
Y es que el agua sólo parece venir para mal. Mientras tanto, algunos embalses del río Tajo viven su peor sequía en un siglo. La última autorización de trasvasar 39 hectómetros cúbicos para consumo humano en Alicante, Murcia y Almería los ha llevado al límite. Claro que el principal pantano del Júcar, el de Alarcón, sólo se halla al 6 por ciento de su capacidad máxima.
Son datos para acongojar a cualquiera.
Mientras la inflación sube —andamos ya en el 4,6 por ciento—, nuestro porcentaje de crecimiento bajará este año hasta el 2,5. Dicho de otra forma: ganamos menos, pero las cosas nos cuestan más.
Con semejante panorama, no me extraña que en lo que llevamos de 2008 haya cerrado en Salamanca, por ejemplo, el triple de comercios que hace un año. El alegre consumo de hasta hace poco se ve frenado no porque cambien nuestros hábitos, no, sino porque se vacían nuestros bolsillos. ¿Cómo atender al coste creciente de las hipotecas, mientras empieza a disminuir el empleo y suben los precios básicos?
Todavía hay quien lucha contra la globalización, con un esfuerzo tan bellamente inútil como el de oponerse a la ley de la gravedad.
Que la globalización es inevitable lo evidencian los equipos de fútbol. Si les quitásemos el escudo de la camiseta, como se hace con las etiquetas del vino en las catas a ciegas, no sabríamos distinguir por su composición étnica al Barça, del Arsenal o el Bayern Munich.
Aunque parezca mentira, el mismo Sarkozy que arrasó en las elecciones presidenciales hace un año, acaba de hundir a la derecha francesa en las municipales. ¿Cuál es el auténtico Sarkozy?
Llegó como un huracán, poniendo al país patas arriba. Anunció reformas en todos los frentes, desde la educación a la función pública, pasando por Europa y las relaciones internacionales. Evidenció el ambiente de cambio nombrando ministros socialistas, como Bernard Koucher y Hubert Védrine, y dando responsabilidades a otros, como Dominique Strauss-Kahn.
El problema de nuestro sistema penitenciario no son las cárceles, sino la lentitud de la justicia. La mezcla de penados con presos preventivos y el agotamiento del plazo máximo de reclusión de éstos provocan el hacinamiento carcelario y la ingobernabilidad de nuestras prisiones.
Así están las cosas.
A tenor de algunas sentencias alocadas y absurdas, un amigo dijo públicamente que habría que someter a los jueces a las pruebas del alcoholímetro, lo mismo que a los conductores. A punto estuvo de que lo empapelasen.
Ahora, en cambio, es la propia judicatura la que reconoce que hay magistrados que están como una cabra y que siguen en activo, sin haber pasado ningún control psicológico. A buenas horas, mangas verdes.
Los pedantes están encantados desde que Google reemplazó con ventaja a los antañones libros de citas célebres.
Lo malo es que, como todo el mundo mete mano en la red, aquéllas comienzan a ser atribuidas al tuntún. No sé por qué, Churchill y Unamuno se llevan la palma en cuanto a citas apócrifas. Los famosos versos de “primero vinieron por los judíos, y no protesté…”, tantas veces aludidos, suelen asignarse a Bertolt Brecht, cuando en realidad son de Martin Niemöller.
Ya lo dijo hace años el ex alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván, con una sinceridad infrecuente en un político: “Las promesas electorales se hacen para ser incumplidas”.
Rafael Azcona acaba de fallecer. Esta semblanza la publiqué en la edición valenciana de ABC, el 14 de junio de 2000, y ha sido recopilada, con otros nombres de mi peripecia profesional, en el libro Personajes de toda la vida (2007), editado por la UNED de Valencia:
"Presume de ser fundamentalmente perezoso y de que prefiere charlar con los amigos a ponerse a escribir. A diferencia de Jean Pierre Lafargue, el yerno de Marx, que hizo un libro elogioso sobre la pereza, Rafael Azcona prefiere practicarla a escribir sobre ella.
"Con todo, lo suyo es pura pose. Claro que casi nadie lo sabe porque el hombre, tímido al fin, no suele acudir a estrenos, saraos y demás obligaciones sociales del mundo del espectáculo. Coherente con tales hábitos, no ha venido a Valencia aunque sea para oír que hablan bien de él.
"Hace años, el autor del olvidado libro El repelente niño Vicente explicó a este periodista por qué prefería escribir guiones de cine a novelas. “En una novela —me dijo—, uno tiene que estar todo el día haciendo descripciones de personas, de paisajes,... En un guión, en cambio, pones habitación llena de muebles o paisaje tropical y ya está”.
"Probablemente, como todo lo suyo, se trataba de un rasgo de humor; pero define perfectamente al personaje".
A diferencia del protagonista de Descubriendo a Forrester, la película de Gus Van Sant, el valenciano Esteban González Pons no ha ocultado su brillantez intelectual durante años, sino que ha permanecido en primer plano de la política al menos desde 2000, en que ya fue portavoz del PP en el Senado.
Eso sí, su mayor fidelidad la profesa a su amigo del alma Paco Camps, con quien desde los años universitarios formó un equipo indestructible que completaba Gerardo Camps, el tercero de la tertulia de El Agujero.
Sólo atletas en la recta final de su carrera, como el maratoniano etíope Haile Gebrselassie, no irán a los Juegos de Pekín. Y no por solidaridad con el Tíbet ni en protesta por la ausencia de derechos humanos, sino para evitar los riesgos de la polución atmosférica.
La hija de unos amigos, de 6 años, ya les ha advertido que estos días hay que estar triste “porque se ha muerto Jesusito”.
Comprenderán la extrañeza de mis amigos si les digo que la niña no está ni bautizada y que va a un colegio laico. El primer síntoma de las preocupaciones de la cría lo evidenció al optar por la asignatura de Religión, sin venir aparentemente a cuento.
Por fortuna, comienza a remitir esa epidemia de novelas retrospectivas, que reconstruyen una historia dudosa, llena de referencias esotéricas e inverosímiles. Ha resultado entretenida mientras duró, eso sí, siempre que no nos la hayamos tomado demasiado en serio.
Las elecciones norteamericanas no suelen servir para elegir los mejores, tal como se ha visto con Bush y compañía, pero al menos se escruta tanto la vida de los candidatos que como no tengan un pasado impoluto se quedan para vestir santos.
Mientras Barack Obama y Hillary Clinton siguen peleándose por el voto demócrata delegado a delegado, como el único candidato republicano a la presidencia de EEUU, John McCain, no tiene con quién discutir, se ha pasado este sábado hablando todo el día de economía, la principal preocupación de los norteamericanos.
También lo es de los españoles. Cuatro de cada diez compatriotas opinan que la economía va mal. Y más del 70 por ciento piensa que dentro de un año la situación estará igual o peor.
Por muy generales que hayan sido las últimas elecciones, sus resultados han diferido en las distintas autonomías y en bastantes lugares han permitido ajustes de cuentas internos. En Salamanca, por ejemplo, los socialistas han castigado a su secretario general, Emilio Melero, después de 20 años de plácida sinecura en la oposición, dando los votos para el único puesto en el Senado a una desconocida dirigente vecinal, Josefa Mena, y eso que su nombre figuraba por orden alfabético tras el de su jefe político.
Ya ven cómo las gastan algunos.
Menos mal que ya hemos superado las elecciones que parecían de nunca llegar. Al menos, durante unas semanas los políticos dejarán de insultarse mientras ajustan sus nuevas estrategias postelectorales.
No sé si habrán conseguido una gran cosecha de votos regados con promesas irrealizables y la satanización constante del adversario en vez de la argumentación y el debate ideológico. Allá ellos. Pero me preocupan las heridas que su acción devastadora pueden dejar en la convivencia ciudadana.
El problema de ERC es el de aquellos adolescentes que pegan de pronto el estirón y se les rompe la ropa por todas las costuras. Le sucedió tras el éxito electoral de 2004 y ahora, cuatro años después, se encuentra con el traje hecho unos zorros.
Eso es lo que explica la pérdida de la mitad de sus votantes y la pugna entre Joan Puigcercós y Carod-Rovira por apropiarse de los que quedan. Y es que ERC, partido con vocación antisistema, que antepone la utopía independentista a la gobernación del día a día, había logrado tener más electores de los que en teoría le corresponden.
Una vez pasados los fervores electorales y la reacción ante el pavoroso asesinato reciente de ETA, el nombre de España vuelve a colgarse en el guardarropa de los trajes que apenas si hemos de volver a usar.
En ningún otro país de los que conozco tanta gente parece avergonzarse del nombre de su patria. Tan insólito resulta en ocasiones oír el vocablo, que hay que ir al extranjero para recordar de dónde es uno. Claro que también deviene más frecuente cada vez el hallar a algún compatriota que, preguntado por su origen, responde que catalán o vasco, y hasta asturiano o canario, pongo por caso, antes de decir simplemente: español.
Los jueces son como los demás mortales.
Algunos, incluso, más imperfectos que los demás mortales. Por ejemplo, la magistrada de Denia, Laura Alabau, reincidente en no querer casar a dos homosexuales. Y hasta el Tribunal Constitucional, que deja en la calle a Alberto Cortina y su primo, Alberto Alcocer, quienes estafaron a sus socios 42 millones.
Le supongo, querido lector, hasta el bisoñé de tanta política. Hemos tenido una intensa campaña electoral, antes una larga precampaña y precediéndola, incluso, un crispante escenario preparatorio de todo ello. Uf.
Tanta confrontación dialéctica, pacífica y libre, no obsta para que los hijos de puta de siempre perpetren otro asesinato. Pero ése es un tristísimo tema que excede con mucho las intenciones de nuestro modesto espacio.
Los españoles han decidido que sea Rodríguez Zapatero el que lidie con los problemas económicos que se avecinan y confían en que cumplirá su cascada de promesas sociales para el cuatrienio.
Mucha confianza es ésa, pero está avalada por los números: 40.000 electores más que hace cuatro años se han decantado por el PSOE, aunque los votos del PP hayan crecido en mayor proporción. El dato endulza su derrota pero, como decía hace años Alfonso Guerra, las “derrotas dulces resultan tan amargas como las otras”.
Al día siguiente del asesinato de cuatro mujeres por sus parejas, el teléfono de emergencias echaba humo por nuevas denuncias. ¿Qué había pasado?, ¿que de repente todos los psicópatas se habían puesto a matar?
Nada de eso. Sólo la mala conciencia colectiva, la sensación de que aquellas cuatro muertes horribles podían haberse evitado, movió a muchos ciudadanos a denunciar presuntos nuevos malos tratos. Días después, el teléfono volvió a dejar de sonar con aquella inusitada intensidad.
No sé por qué nos extraña que los países de la Unión Europea discrepen sobre Kosovo. Por no ponerse de acuerdo no lo hacen ni sobre la patata.
Al parecer, existe ya una patata modificada genéticamente que produce un mejor almidón para uso industrial y cuya pulpa puede alimentar el ganado. Los 27 ministros de Agricultura no han llegado a un pacto y, mientras España defiende que se comercialice, Francia y Alemania se oponen como panteras.
Los foros digitales suramericanos están que arden sobre la posibilidad de una guerra en aquella parte del continente, la cual no consideran tan improbable.
Todo se ha desmadrado, hasta las fiestas.
Así, hay quien no disfruta del botellón sin arriesgarse a caer en un coma etílico. O se pone delante de un toro en San Fermín como si éste, en vez de cuernos, sólo llevase la chistera de El cobrador del frac.
Es el resultado del hedonismo de una sociedad más dada a la jarana que al trabajo, donde al sentido común lo reemplaza a veces la irresponsabilidad, como hacen quienes organizan carreras de coches en plena vía pública, por ejemplo.
Todos los televidentes, y son muchos, que creyeron que Rajoy le ganó el debate televisivo a Rodríguez Zapatero se equivocan. Así lo han determinado los sondeos.
A medida que éstos se iban produciendo en la noche del día 25, alguien tan lúcido como Esteban González Pons se atrevió a hacer el diagnóstico: alrededor de un 40 por ciento de ciudadanos está predispuesto, de entrada, hacia el candidato del PP; un 60 por ciento, repartido entre PSOE, IU y nacionalistas, en contra. Así que, ocurra lo que ocurra, Rajoy tiene inicialmente veinte puntos de desventaja respecto a su rival.
El último argumento sobre la inmigración, ahora que hay elecciones, es el siguiente: si los inmigrantes viven aquí, trabajan aquí y se reproducen aquí, ¿por qué no han de elegir también aquí quién quieren que les gobierne?
Dicho así, suena bien, pero contradice algo tan elemental como aquello de una persona, un voto. Hace unos meses, el presidente rumano, Traian Basescu, estuvo en Castellón y en Madrid para pedir el sufragio de sus compatriotas en el referéndum para su continuidad. Si aquéllos deciden sobre el destino de Rumania, ¿también han de hacerlo sobre el de España?
Se están diciendo tantas barbaridades durante la campaña electoral, que recopilarlas todas resultaría tan difícil como devolver el Teatro Romano de Sagunto a su estado original.
Me quedo sólo con una: la perpetrada por el número 2 de CiU, Pere Macías, al decir que garantizar la enseñanza del castellano en Cataluña, como propone Mariano Rajoy, “es una política segregacionista que pone los pelos de punta” y que conduciría inevitablemente a una “guerra civil a 25 años vista”.
Las comparaciones son inevitables. Antes de juzgar el cara a cara Zapatero-Rajoy, la gente, los especialistas y los medios tienen en su retina otros precedentes: Royal-Sarkozy y, sobre todo, Obama-Clinton (Hillary). El resultado, siempre, a favor de los de fuera. ¿Son mejores sus políticos que los nuestros?
Quince jugadores del Valencia C.F. pasaron el viernes más tiempo en los Juzgados que en el campo de entrenamiento. Así les va.
Ver a todo un presidente de un club de fútbol sentado en el banquillo durante seis horas no resulta precisamente un espectáculo edificante. Aunque al final llegase a ganar el juicio. Los presidentes, piensa uno desde su supina ignorancia deportiva, están para insuflar ánimo a sus jugadores, elegir los mejores técnicos, conectar con la afición y conseguir títulos. De momento, lo que Juan Bautista Soler lleva camino de obtener son 100 millones por la recalificación del estadio del Mestalla.
Pronto llegará un tiempo, ya lo veremos, en que el agua sea más cara que el petróleo, dado que éste ha encontrado alternativas energéticas. Por eso, algunos analistas políticos piensan que las guerras del futuro serán para apropiarse de aquel elemento cada vez más escaso.
Es un panorama dantesco, pero no imposible. Hace sólo una generación, al agua no se le consideraba un bien económico, pues era algo abundante, barato y de todos. Entonces nadie ponía en cuestión el necesario equilibrio hidrológico, con trasvases de una cuenca a otra. No lo hacían, por ejemplo, socialistas tan conspicuos como Felipe González, Josep Borrell o Cristina Narbona.
Si María San Gil, Dolors Nadal y Rosa Díez hubiesen sido simples amas de casa en vez de personajes políticos, las agresiones e intimidaciones sufridas por ellas se habrían considerado violencia de género. Si los matones que las acosaban hubiesen sido ciudadanos del común, en vez de vociferantes miembros de la extrema izquierda, no se habrían ido de rositas.
Pero así están las cosas. Una minoría de individuos está dispuesta a silenciar por la brava a aquéllos que no les gustan apoyando sus ataques, oh paradoja, “en la defensa de la democracia y la libertad de expresión”.
Una de las imágenes más repugnantes de los últimos tiempos ha sido el saludo entre el presidente de Kenia, Mwai Kibaki, y el líder opositor, Raila Odinga, embutidos ambos en costosos trajes de Armani. Mientras, cientos de cadáveres mutilados de sus seguidores respectivos aún hedían sin haber sido enterrados.
Es la doble cara del subdesarrollo: matanzas de anónimos ciudadanos miserables, mientras que dirigentes tercermundistas se disputan el botín a golpe de asesinatos masivos.
No sé si algún día estará concluida la Basílica de Alba, pese al nuevo y bienintencionado intento de las autoridades civiles y eclesiásticas. Lo único que sí resultaba inadmisible era la incuria de su abandono.
Recuerdo mi visita a ese templo destechado que a lo que más se asemejaba era a un tinglado portuario, aunque sin mar, ni buques, ni mercancías, por supuesto. Como en una visión surrealista, hube de agacharme tras la ropa tendida en un alambre y, una vez sorteada la colada del guarda, recibir la llave de un recinto tan agujereado como los edificios que había visto bombardeados en Bosnia.
Resulta que estamos agradecidos al régimen cubano por haber liberado, en los días previos a la renuncia de Fidel, a cuatro presos políticos condenados de 14 a 25 años. Muchas gracias.
¡Uf! Al fin habrá debates televisivos entre los dos aspirantes a ocupar La Moncloa: Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. Los demás candidatos habrían querido una equiparación con ellos, para rebatirles sobre lo divino y lo humano. Y yo también. Pero ni ellos ni yo tenemos ninguna posibilidad de alcanzar la presidencia, así que nos contentaremos con escucharlos.
Paradójicamente, quienes menos interés han tenido en el cara a cara son los propios participantes. La explicación radica en que lo importante no es que uno acierte, sino que no meta la pata. Así que, cuanto menos debatas, menos riesgo tienes de equivocarte.
Las campañas electorales resultan milagrosas. En ellas se nos prometen más empleos, cheques escolares, atención buco dental, ayudas de todo tipo, pisos baratos,… De durar un poco más, y agotado el repertorio habitual en estos casos, los políticos acabarían ofreciéndonos coches, cruceros por el Mediterráneo y hasta remedios para enfermedades incurables. Lo de Lourdes, al lado de nuestras campañas, sería de una miseria irrisoria.
Por eso, resulta lógico que el AVE llegue a Barcelona el día 20, dos meses después de lo previsto, pero antes del 9 de marzo decisivo. Más que un prodigio sobrenatural, el que acaben por fin las obras del trayecto ferroviario Madrid-Barcelona es de una obviedad aplastante.
La noticia de estos días, por su carácter excepcional, ha sido la designación de una mujer, Amparo Sánchez Rosell, como responsable del Centro Cultural Islámico de Valencia. Lo insólito de esta situación lo ratifica el que sus dos hijos, mayores de edad, no pretendan hacerse musulmanes: “Ellos quieren vivir la vida”, dice la madre, en una muestra de tolerancia.
La mayoría de los fieles que rezan en las 65 mezquitas de la Comunidad Valenciana —siete, solamente en la capital— pertenecen al colectivo de 90.000 inmigrantes islámicos, según explicaba en un descriptivo reportaje en Las Provincias Paco Huguet.
Resulta que hay que dejar fuera del debate electoral el tema del terrorismo. Lo viene diciendo con reiteración Rodríguez Zapatero. Ahora también hay que soslayar el espinoso asunto de la inmigración, no vaya a ser que la liemos. Del agua del Ebro, no digamos. El propio Mariano Rajoy evita mencionar la cuestión y, para no arriesgar ningún voto, se ampara en una abstracta y genérica alusión a los trasvases.
Yo también creo que, para ahorrarnos disgustos, lo mejor es no hablar de nada durante la campaña electoral. Del tiempo, si acaso, que resulta un tema muy socorrido y nada polémico. O ir directamente al insulto personal, que es lo que en el fondo les pirra a los políticos, en vez de tener que estrujarse el magín con propuestas razonables y realizables.
La mayor virtud de la Unión Europea es haber evitado la guerra entre sus miembros durante los últimos 63 años. En un continente que hizo del conflicto armado un ritual histórico, no es poco mérito.
Ahora, buscando una proyección diplomática de la que carece, se ha empeñado en avalar la independencia de Kosovo. Ello, en contra del Estado serbio del que forma parte, de la opinión de algunos miembros de la propia UE y hasta de las normas de la ONU, única legitimada para semejante decisión.
De hacer caso a la prensa, radio y televisión, no sólo no existe el partido de Rosa Díez, sino que ella misma debe hallarse en Tanzania, como cerca.
No es la primera vez que políticos como Gaspar Llamazares piden que se regule jurídicamente la apostasía, para así abominar públicamente, a bombo y platillo, de la Iglesia Católica.
Semejante aspiración puede manifestarla, precisamente, gracias a vivir en un país de cultura y tradición cristianas, es decir, de tolerancia, de respeto al otro y de separación radical de Iglesia y Estado. Si lo hubiese hecho en un país islámico, en cambio, el coordinador de Izquierda Unida habría sido condenado a muerte. Basta que un musulmán abandone su religión, sin necesidad de alharaca alguna, para que incurra en la correspondiente sharía sancionadora. En muchos países mahometanos, la religión consta en el carné de identidad de los ciudadanos y, así como uno puede convertirse tranquilamente al islamismo, su regreso a la confesión de origen resulta imposible.
Encontrar algo inteligente a estas alturas, aunque sea una baldosa, ya tiene mérito, a tenor del vertiginoso deterioro de nuestra enseñanza secundaria y de la otra.
Y en la recién clausurada feria de la cerámica en Valencia la estrella del certamen ha sido un azulejo vigilante, que no sólo detecta el movimiento de personas en su ámbito sino que es capaz de abroncarnos si abrimos la nevera a deshora para meternos calorías de más.
La desaparición de la parrilla televisiva del engendro Aquí hay tomate no se debe a un arrebato de pudor o de vergüenza de los programadores. No. Han tratado de preservarlo, antes de que “el más impúdico todavía” de Jorge Javier Vázquez y Carmen Alcayde cansase al personal y así poder reeditarlo luego a bombo y platillo dentro de un tiempo. La fórmula, aplicada al entretenimiento y al buen gusto, la inventó ya hace muchos años Chicho Ibáñez Serrador con Un dos tres… y consiguió múltiples reediciones del programa.
O sea, que eso del derecho individual al honor, a la intimidad y a la imagen personal sigue estando en las leyes pero no consta en absoluto en la práctica.
Un amigo cinéfilo cree que los guionistas de Hollywood ganarán su conflicto con los estudios por cansancio de éstos, “no porque los necesiten”. Al fin y al cabo, arguye, “los guiones de las películas norteamericanas son tan malos y tan previsibles que deben estar escritos por los propios productores o por algún pariente suyo del departamento de contabilidad”.
Sólo así se explica, según él, la enésima versión de Rambo o los reiterados remakes, cada vez peores, de filmes vistos una y otra vez. “El talento está hoy día en las series televisivas”, añade: “Un capítulo de cualquiera de ellas tiene más contenido que la mejor película”. Para él, eso también sucede en España, donde series como El comisario y Hospital Central permiten corroborarlo. En cambio, el cine nacional ya tiene una dichosa ley que lo protege y, sin embargo, de lo que carece es de espectadores.
Luego nos quejamos de que los políticos hagan promesas que no van a respetar. De creer al PSOE y al PP, al final aquí no va a pagar impuestos ni su padre, con lo que ya veremos quién tira del carro de la economía.
Ya se le pasó al Consejo Valenciano de Cultura la manía de cambiar por novena vez en la historia el nombre de la Plaza del Ayuntamiento de la capital autonómica. Como si no tuviese nada mejor que hacer, la institución que preside Santiago Grisolía se dedica a hablar de incendios forestales, rotulaciones callejeras y otras futesas.
Lo del callejero urbano es de psiquiatra.
A lo mejor sólo es casualidad, pero cuando se cumplen 50 años de las aventuras de Mortadelo y Filemón en la TIA se desvela que la genuina CIA recelaba que Franco aspirase a la bomba atómica.
¡Qué más habría querido el régimen del anciano dictador, más preocupado de mantener a raya a sus súbditos que de lo que ocurría en el exterior!
Las cosas no pueden funcionar bien y mal al mismo tiempo. Por eso, la economía española no puede ir de cine, como se empeñan en defender todos los días Rodríguez Zapatero y su ministro Pedro Solbes, y a la vez ser motivo de preocupación, como se obstinan en predicar desde hace tiempo Mariano Rajoy y el comisario europeo Joaquín Almunia.
La solución a lo que esté pasando, sea lo que fuere, tampoco puede consistir simultáneamente en bajar los tipos de interés, como decide cada pocos días el norteamericano Ben Bernanke y en mantenerlos a todo trance, como impone su homólogo del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet.
“Como yo pude decir en la ficción que era el presidente de los Estados Unidos, saludo ahora al auténtico”. Así se expresaba Michael Douglas en una recepción de Bill Clinton en la Casa Blanca. Él ha sido uno de tantos actores que han encarnado a la primera autoridad norteamericana. En su caso, como un viudo que se enamoraba de Annette Being.
Casi no hay actor de Hollywood que se precie que no haya interpretado al presidente: como héroe o como villano, en clave de drama o de comedia, y hasta como mujeriego homicida en Poder absoluto, de Clint Eastwood. A diferencia de Europa, que preserva a sus jefes de Estado en una urna, en Estados Unidos la serie televisiva El ala oeste de la Casa Blanca, protagonizada por Martin Sheen, duró ni más ni menos que siete temporadas. Y otra serie, con la actriz Geena Davis como presidenta, ha tomado su relevo.
Tengo un amigo, socialista, para más señas, que en cuanto me ve me saluda a voz en grito:
—¡Cada vez estás hecho más facha!
Al principio pensé que se refería a algún otro que pasaba por mi lado, ya que la gente no suele leer lo que escribimos en los periódicos, sino que se dedica a ver la tele, y tampoco escucha lo que se dice en ésta, sino que sólo atiende a sus propios prejuicios.
De entrada, reconozco que me pareció simplemente un canalla y un sinvergüenza.
Me refiero a Tomás Delgado, el caballero —es un decir—que mató con su Audi al joven ciclista Enaitz Iriondo y que ha llevado al juzgado a los padres del difunto a fin de reclamarles 20.000 euros por los desperfectos sufridos por su coche tras el impacto con el occiso, aunque ayer mismo retirase la demanda.
Ya ha pasado el episódico apretón sobre la letra del himno nacional, con mucha más pena que gloria. Y parece improbable que haya una segunda oportunidad, a diferencia de lo que ocurre con los alumnos suspendidos, a tenor de las reacciones suscitadas. La más aséptica ha sido la de Artur Mas y otros preclaros catalanistas: “Yo no lo cantaré, pues ese himno no me concierne”.
Por lo visto, no concierne a casi nadie.
“Yo también soy una víctima”, ha dicho Tomás Delgado, que hace cuatro años mató con su coche al joven ciclista Enaitz Iriondo y pide ahora a sus padres 20.000 euros por los desperfectos de su coche.
Mientras discutimos, como las liebres de la fábula, si las actuales turbulencias financieras son galgos o podencos, la crisis puede acabar dándonos un buen bocado en el trasero.
Y es que estábamos tan acostumbrados a un largo período de bienestar y crecimiento que nos habíamos olvidado que la actividad económica tiene movimientos cíclicos. Hasta dos reputados estudiosos del tema, Edward Prescott y Finn Kydland, recibieron en 2004 el Premio Nobel de Economía por sus análisis de la teoría de los ciclos. Claro que tampoco hay que ser economista para saber que todo lo que sube baja y viceversa.
Dios guarde a Julián Lanzarote muchos años, pero no parece que su vida política vaya a ser tan larga como la otra.
El hasta ahora líder indiscutido del PP en Salamanca ha ido acrecentando el número de sus enemigos, lo cual es normal en política, pero el día en que éstos superan a amigos, valedores y palanganeros, todos juntos, comienza el declive. En ésas estamos.
Para Naomi Campbell, el presidente Hugo Chávez “no es un gorila, es más bien un toro”, según relata la modelo, fascinada por el dictador venezolano.
La designación de Manuel Pizarro como número 2 del PP por Madrid ha cosechado más críticas que elogios. No porque el hombre sea tonto, ni porque se le considere malo; simplemente, por ser rico.
Se trata de una cuestión de envidia, nuestro mayor vicio nacional, como contaba el escritor Fernando Díaz-Plaja en su revelador y divertido libro El español y los siete pecados capitales. Nos molestan los ricos sólo porque nosotros no lo somos, aunque en el caso de Pizarro se lo haya currado a pulso y haya enriquecido de paso a los accionistas de Endesa a quienes defendió con uñas y dientes cuando sufrieron la OPA hostil.
Cuando uno era pequeño creía que los curas y los políticos eran los mejores de todos los mortales. Se les presumía bondad, veracidad y espíritu de sacrificio. ¡Casi nada!
Los primeros en defraudarle a uno fueron los curas. No es del todo exacto, porque, según razonó Freud, ese papel desilusionador de decepción y frustración corresponde a los padres, que nunca son tan perfectos como uno quisiera. Luego han venido, sí, los curas, al descubrir uno que resultaban tan pecadores como el resto de los humanos. ¡Vaya por Dios!
Me encontraba en Londres cuando la noticia de la conversión de Tony Blair al catolicismo y su recepción en la Iglesia por el cardenal O’Connor. El suceso, obvio es decirlo, llenó los informativos de todo el fin de semana.
Desde el Siglo XIX, con el abandono del anglicismo por el cardenal Newman o, a otra escala, la conversión in extremis de Oscar Wilde, no se había producido en Gran Bretaña un acontecimiento de esa relevancia. No son de extrañar, en consecuencia, los análisis posteriores de todo tipo y una constatación que ha dejado perplejos a los británicos: por primera vez tras el cisma del Siglo XVI, hay en Inglaterra más fieles católicos (861.800) que anglicanos (852.000).
Mírese por dónde, la exclusión de Ruiz-Gallardón de las listas de Mariano Rajoy puede haberle favorecido más que si hubiese figurado en ellas. Déjenme explorar esta aparente paradoja.
Dentro de nuestros partidos políticos, de estricta disciplina cuartelera, con diputados tan absolutamente intercambiables como desconocidos, Ruiz-Gallardón constituye una excepción notoria. De ahí el escándalo.
En España hay registrados más de 3.000 partidos políticos. Como suena. Si los ciudadanos apenas somos capaces de citar a media docena de ellos, ¿a qué viene esa prolífica fantasía de siglas? Probablemente, a un extraño sentido de la vanidad; en cualquier caso, al pintoresquismo de sus mentores.
Tres de esos ignotos partidos acaban de firmar una coalición electoral bajo el lema “Per la República Valenciana”. En su irrelevante delirio, afirman que “nuestro pueblo no puede continuar colonizado si quiere sobrevivir”, por lo que reivindican que “el País Valencià sea un Estado libre y soberano en Europa”. Y, manteniéndose en su inocuo mundo de irrealidad, presentan candidatos al Congreso y al Senado. Ni más ni menos.
No entro en el fondo del aborto, pues es un tema a dirimir por la conciencia de cada cual y que tiene su plasmación en la ley: la actual o la que venga, que ésa es otra.
Lo que sí me impresiona es que el número de abortos se haya duplicado en España en sólo ocho años, generalizándose así como otra práctica contraceptiva más.
Si uno es un criminal, le ampara la presunción de inocencia. Si, en cambio, es un policía, se sospecha enseguida de su culpabilidad. Así de sencillo.
Eso ha sucedido con la detención traumática, como tantas otras, de los asesinos etarras Igor Portu y Martín Sarasola. Y es que una captura policial no consiste en un gentlemen’s agreement, es decir, un pacto entre caballeros basado en el honor. Algunas veces, incluso, el arresto de criminales tiene que ser más forzado y violento que otras, dada la fogosidad y rudeza opuestas por los aprehendidos.
El propósito de Rodríguez Zapatero, hoy, en Valencia, era animar a unas huestes un tanto desmotivadas. Falta les hace.
Desde la derrota en las elecciones autonómicas del pasado 27 de mayo, no parecen levantar cabeza, con episodios como la traumática defenestración de su secretario general, Joan Ignasi Pla, o la confección de un cartel electoral impuesto desde Ferraz por Pepiño Blanco.
Algunos políticos, como Gaspar Llamazares, quieren que se regule jurídicamente la apostasía, para así poder renegar pública y estruendosamente de la religión católica. Y es que estamos en plena vorágine, justificada o no, de laicismo.
Al mismo fenómeno se deben las manifestaciones críticas contra la jerarquía del propio Rodríguez Zapatero y, si me apuran, hasta el I Concilio Ateo, celebrado en Toledo el mes pasado y animado, entre otros, por Gonzalo Puente Ojeda, aquel diplomático a quien Felipe González tuvo el error o la humorada de nombrar en su día embajador de España en el Vaticano.
Hay un intento morboso por reconstruir la historia, adaptándola al gusto y a las necesidades del poder de turno. No es un esfuerzo baldío ya que, dominando el pasado, como explicaba el escritor británico George Orwell, los falsificadores de la historia pretenden dominar el futuro.
Él lo ejemplificó en su conocida novela 1984, donde describía una oficina en la que grises burócratas se dedicaban a reescribir y a reinventar un pasado que no ocurrió, modificando aquellos pasajes ingratos al Gran Hermano. Al final, claro, se impone una visión unívoca de los hechos y se impide su interpretación crítica. El caso más típico fue la URSS, donde la Enciclopedia Soviética codificaba una visión oficial del mundo. En sus páginas se reproducía la famosa foto de Lenin arengando a las masas de San Petersburgo, de la que se había eliminado la presencia de un Trotsky caído en desgracia y mandado asesinar por Stalin.
Nada que objetar al I Concilio Ateo celebrado en Toledo, a ese “debate sobre la superstición religiosa desde el terreno del pensamiento y la realidad”, según el programa.
Mahatma Gandhi nunca llegó a ver aquella gran nación india plural, multiétnica y de convivencia religiosa con la que soñó mientras luchaba pacíficamente contra la ocupación británica. Cinco meses antes de ser asesinado en 1948, las regiones musulmanas de la península se declararon independientes con el nombre de Pakistán.
Poco duró el extraño país con dos partes absolutamente incomunicadas. El Pakistán oriental, empobrecido y abandonado, se separó en 1971 bajo la denominación de Bangla Desh.
Que yo sepa, en las últimas horas no ha habido ninguna declaración de José María Aznar, real o atribuida, que da lo mismo. Y menos mal, ya que al ex presidente lo utiliza no ya su partido, sino el PSOE, agitándolo a modo de espantajo horrible, como si se tratase de Jack el Destripador o Freddy Krueger, aquel sádico protagonista de Pesadilla en Elm Street.
No sé si habrá que esperar diez años o diez siglos para poner en su correcto lugar histórico al ex presidente español, cuyo mandato está lleno de claroscuros, por supuesto, pero que no ha sido peor que el de ninguno de sus antecesores. Ni con Felipe González, GAL incluido, han sido tan inmisericordes sus rivales políticos, quienes en su deseo de pasar página no han puesto en cuestión ninguna de las amistades peligrosas del dirigente socialista con turbios políticos o financieros internacionales como Betino Craxi, Carlos Andrés Pérez, Gustavo Cisneros o Carlos Slim.
En cualquier empresa, el dejar a empleados cualificados en el pasillo, delante de sus compañeros, sin mesa ni tarea alguna que hacer, se considera acoso laboral y está penado por la ley.
El fútbol, claro, es distinto, y el escarnio público a que han sido sometidos Santiago Cañizares, David Albelda y Miguel Ángel Angulo no se califica como mobbing, aunque de resultas del mismo su caché profesional caiga por los suelos. Si a usted o a mí nos hacen esto en nuestro trabajo, no le cuento la que armaríamos.
Hasta los más antiamericanos —mayoría de nosotros— saben que parte de su propio futuro se juega en las elecciones estadounidenses. Por eso, les fastidia el que decidan por ellos tan pocas personas: sólo la mitad de los norteamericanos en edad de votar.
Con todo, esos votos tienen mucho mérito. Para empezar, suponen en quienes los emiten una voluntad explícita de hacerlo, registrándose previamente como electores y acudiendo luego a una serie de votaciones parciales, las primarias, o de tipo asambleario, los caucus, en un largo y complejo proceso electoral de tipo eliminatorio, casi como en los premios Planeta, pero que dura todo un año. Si eso no son ganas de votar, que venga Dios y lo vea.
¿Quién dice que los partidos nacionalistas van sólo a la suya?
No es exacto del todo. Por ejemplo, el nacionalismo vasco muestra su agradecimiento siempre que puede a sus benefactores. De bien nacido es ser agradecido, dice el refrán. Pues eso: aunque se trate de un aforismo proveniente de la tierra de los invasores españoles, lo practica el PNV con el partido de Rodríguez Zapatero, votando a su favor en el Congreso siempre que acecha la sombra ominosa del PP. Ya sea para que salgan adelante los presupuestos del Estado o cualquier otra ley que desguarnezca un poco más este país.
Pues va a ser que sí. Las últimas indagaciones judiciales llevan a que el partido Comunista de las Tierras Vascas financia a Batasuna, que ANV pasa fondos a Gara, que herrikotabernas, sindicatos abertzales y kale borroka son la misma cosa, y que el entramado de ETA resulta largo y complejo, como ciertos menús de degustación.
Jueves, 16 de febrero
Juan Fernandez Krohn
Antonio Javier Vicente Gil
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel
Pedro Fernández Barbadillo
Rufino Soriano Tena
Enrique Zubiaga
Vicente Torres
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Raúl González Zorrilla
Pedro Rizo