Las páginas de sucesos
17.12.07 @ 19:33:20. Archivado en Artículos
Según un estudio de andar por casa, el 20 por ciento de los informativos de la tele están destinados en la actualidad a los sucesos, es decir, a aquéllos de violencia, sangre y demás hechos delictivos. Si añadimos a ellos los programas dedicados al famoseo, con separaciones, reconciliaciones y tortas de por medio, no digamos. Algunos acontecimientos, como la desaparición de la pequeña Madeleine Mc Cann, han llegado a barrer incluso durante mucho tiempo cualquier otro tipo de noticias.
Ése es, propiamente nuestro universo informativo: las cuatro esquinas que condicionan nuestro conocimiento del mundo y nuestra capacidad de respuesta frente a él.
Todo esto, además, es relativamente reciente. Hace décadas existía en España un semanario dedicado exclusivamente a los sucesos, El Caso, que de tarde en vez narraba espeluznantes sucesos de su época. Sus páginas recogieron los crímenes del asesino múltiple Jarabo y Pérez-Morris, un señorito perdulario y jaranero condenado a garrote vil en 1958. O aquel otro de la envenenadora de Valencia, Pilar Prades, que corrió igual suerte que Jarabo un año después.
La revista no pudo adaptarse al ritmo de los tiempos y acabó por desaparecer. Le había sucedido antes a los semanarios ilustrados de tirada internacional, como Life y Paris-Match, que sucumbieron a la competencia de una televisión que, a finales de los 60, ofrecía el mismo esplendor gráfico que ellas, pero en vivo y en directo. Una década más tarde ocurrió con El Caso: un público ávido del morbo de lo siniestro no podía esperar toda una semana para recibir la ración que llevarse a los ojos. Los periódicos diarios le dieron sopas con honda a la revista publicando cada día, en mayor número y con más relieve, las crecientes truculencias de una sociedad permisiva y relajada.
Nunca he visto, en ninguna redacción, ponerse en cuestión estas noticias. Todo lo más se discutía si una riada en Bangla Desh debería ir en las páginas de sucesos o de internacional. O si la bomba en un mercado de Rawalpindi habría que considerarla como un suceso o como un acontecimiento político.
Como se ve, no se trataba de profundas reflexiones filosóficas; ni siquiera de modestas consideraciones de índole moral. Con esas discusiones sólo se pretendía ordenar mejor el espacio informativo del periódico para conseguir así un mayor impacto en el personal.
Los sucesos, ubicados en un sitio o en otro, son en la actualidad la sección que más espacio ocupa en las publicaciones diarias. Bueno: eso y los contactos personales, es decir, los anuncios de prostitución apenas encubierta que en algún periódico llegan a ocupar hasta ocho páginas algunos días. Pero de ese otro fenómeno, del de los reclamos periodísticos de una frondosa, variada y floreciente prostitución, nos ocuparemos otro día.
Ahora, digo, nos hallamos ante la sombría y lúgubre delectación con las debilidades humanas más infames. No otra cosa suponen las páginas de sucesos. ¿Y es que ahora se producen más que antes? ¿O no es, más bien, que al existir más medios de información llegan con más frecuencia a nuestro conocimiento?
Hay opiniones para todos los gustos, claro. Y probablemente todas tengan un poco de razón. Pero las estadísticas, tozudas y escalofriantes, demuestran que la delincuencia crece de forma progresiva, que conductas anómalas antes consideradas como excepcionales se producen ahora con obstinada reiteración, que en las prisiones se hacinan unos presos que salen de ellas peor que entraron —hace diez días se produjo el último motín en Picassent— y que la construcción de nuevos centros penitenciarios siempre va por detrás de las necesidades carcelarias.
Sociólogos, psicólogos y hasta pedagogos se ponen a discutir sobre cómo disminuir los trágicos hechos que ocupan las páginas de sucesos. Infructuosamente, visto lo visto. Hasta un fenómeno tan denunciado, penado y alertado como el maltrato doméstico va en aumento, en lugar de remitir. ¿Por qué todo ello?
Uno, en su modestia, cree que nos enfrentamos no a unos hechos aislados sino a una especie de perversión social en su conjunto. La nuestra, desgraciadamente, es una sociedad desnortada y sin valores. Si volviesen a ser moneda de uso social los ancestrales conceptos de hacer el bien, amar al prójimo, ayudar al que sufre y demás virtudes del humanismo cristiano, otro gallo nos cantaría. Pero me temo que los tiros no van precisamente por ahí y que, para desgracia de todos, seguirá aumentando día a día el número de páginas de sucesos.
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Hay un detalle que Arias Vega omite, no sé si a propósito o no, y es que la tercera parte de los delitos graves de este país la cometen extranjeros. Antes tampoco había extranjeros y también había menos delitos. ¿Casualidad?
Pero también es verdad que hemos perdido unos valores y no les hemos sustituido por otros. Vale lo mismo para la derecha (religión) que para la izquierda (solidaridad proletaria),
Ahora mismo vivimos en el vacío.
Desde luego que Estados Unidos se lleva todos los palmares en este asunto, siendo el país donde hay más violencia de toda clase, “per capita”.
Pero en otros países también se ha experimentado un salto de calidad y cantidad en el número de crímenes cometidos, aunque nunca lleguen a la exageración brutal de Estados Unidos.
El “casi” es que la causa no es la falta de valores cristianos, como al final del articulo se afirma. La causa es la transformación de sociedades mayormente colectivistas a sociedades individualistas, siguiendo el modelo yanqui, el más moralmente corrupto.
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Enrique Arias Vega
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