La otra cara de los maquis
16.12.07 @ 23:44:23. Archivado en Artículos
Hay una reconstrucción maniquea de la historia que parece escrita por un mal guionista de películas de serie B. Según ella, los buenos, buenísimos, son los que se opusieron a la dictadura franquista, hicieran lo que hiciesen. En el otro bando, el de los malos perversos, están quienes convivieron mal que bien con el franquismo, aunque no hubiesen hecho nada para perpetuarlo.
Justo, lo contrario de lo que ocurría con la propaganda del régimen de Franco, donde los buenos eran los afectos a aquel régimen abyecto y los malos todos los rojos y demócratas, conceptos ambos que venían a significar lo mismo para los desquiciados represores de la época.
Ahora, en el torpe vaivén de la Historia, toca el turno de presentar como seres angélicos a los maquis, es decir, a los últimos luchadores antifranquistas tras la Segunda Guerra mundial.
Con ingenuidad y voluntarismo, aquellos guerrilleros creyeron que podían derrocar al dictador a poco que los países que ganaron la guerra les echaran una mano. Muchos de ellos añoraban un mundo utópico que nunca conocieron, otros se tiraron al monte a falta de nada mejor que hacer, pero todos ellos se equivocaron. En Yalta, comunistas y demócratas se habían repartido Europa, y España quedaba al margen de cualquier compromiso y dejada a su propia suerte. Ante tamaña evidencia, en 1948 PSOE y PCE acordaron la disolución del maquis.
Aún hubo gente pegando tiros por los Pirineos y los montes de Galicia hasta 1967, en que el último superviviente de aquella especie cruzó la frontera de Francia. Antes, en 1952, murió en Galicia O Foucellas, tras 16 años de vida clandestina. En 1957 le tocó el turno en Cataluña a Facerías, tipo violento que se hizo guerrillero sin atender a consigna alguna; en 1960 a Quico Sabater y en 1963 a Caraquemada, el último de aquella generación de luchadores sin esperanza.
Desde la hermosa y trágica película de Mario Camus Los días del pasado, con Marisol y Antonio Gades (1977), hasta la actual de Pau Vergara, Memorias de una guerrillera, todo son recuerdos entrañables y homenajes. Pero, ¿dónde acabó la fogosa ilusión de unos hombres desesperados y dónde comenzó la brutalidad de un sórdido bandidaje de delincuentes comunes?
A partir de finales de los 50 resulta muy difícil discernirlo. Por eso mismo, la idealización abstracta del maquis, de todos los maquis, no es más que otra perversión de la Historia que, por bienintencionada que fuera, sólo sirve para tergiversarla.
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Si se escriben tantos libros y tantos guiones de cine quiere decir que es uno de los temas pendientes de hacerles justicia histórica.
Hace bastantes años se hizo con los "topos" del franquismo y ahora con los fusilados y los maquis.
Bien está, por consiguiente, lo que bien acaba.
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Enrique Arias Vega
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