Volver al Pleistoceno
10.12.07 @ 07:40:02. Archivado en Artículos
Hay una moda conservacionista del patrimonio urbano propiciada no ya por los conservadores, que sería lo propio, sino por cierta progresía empeñada en llevar la contraria a todo lo que se mueva.
Se trata de una de tantas paradojas. En vez de alentar el futuro, ese progresismo del pedrusco nos llevaría al menos al Siglo XI. Si hubiésemos de mantener cualquier piedra, portón, arquitrabe,… no se habría construido ninguna de las catedrales góticas del país y seguiríamos en viviendas de plástica rusticidad y hasta sin inodoro, arrojando nuestras heces a la vía pública, como se hacía entonces.
Viene esto a cuento de las periódicas polémicas conservacionistas. En ocasiones adquieren tintes ideológicos, como la construcción de nichos sobre la fosa común donde están enterrados los muertos de la Guerra Civil. La mayoría de las veces, ni siquiera eso: se pretende, simplemente, dejar cualquier cosa como está, como si se tratase de una obra de arte.
A mí, qué quieren que les diga, me atraen las mastodónticas naves industriales de finales del Siglo XIX, con su obra de fábrica y enormes sillerías en muchos casos. Pertenecen al paisaje sentimental de mi niñez, que es donde ser preservan todas las emociones. Para algunos de mi generación, sin embargo, son sólo unos monstruos ominosos donde murió en accidente laboral algún padre, tío o abuelo suyo, en aras del desarrollo industrial. Ya ven qué sensación más contradictoria.
Aquí hemos padecido casi una insurrección a cuenta del barrio de Cabanyal, de Valencia, como si fuera oro todo lo que reluce. Por cuatro edificios que sí que hay que conservar, se ha organizado un Dos de Mayo como si las tropas napoleónicas quisieran expoliar el barrio de sus presuntos tesoros. Ahora también se debate, afortunadamente con menos furor, a cuenta de la antigua Macosa, del parque de Artillería y de tres fábricas que serán derribados en el plan del Parque Central de Valencia.
Es el precio de un progreso del que quienes más se benefician son sus propios detractores: derrochando energía contaminante, apuntándose a todos los excesos y usando el coche hasta para ir al baño.
Para rematarlo, a veces alguna sentencia les da la razón, como en la obligada reversión de las obras del Teatro Romano de Sagunto para dejarlo como estaba. Tengo curiosidad en conocer la solución técnica que ofrecen los magistrados a ese imposible metafísico. Si lo consiguen, es igual a recuperar la virginidad después de haberla perdido. O sea, un milagro. Pero a cosas mucho más extraordinarias ya nos tienen acostumbrados nuestros jueces.
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Lo que pasa es que falta una normativa adecuada y puesta al día sobre prerservación del patrimonio cultural y artístico. Ni se debe acabar con la cultura del pasado ni todo vestigio antiguo vale la pena de ser conservado.
En tanto no se dicten las normas adecuadas seguirá habiendo las polémicas sobre las fosas de la guerra civil, un refugio antiaéreo o las letrinas de una casa solariega.
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Enrique Arias Vega
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