Mafias
13.06.07 @ 22:14:01. Archivado en Artículos
Parece una noticia menor. Pero la Historia está llena de noticias menores que acaban en tragedias mayores. Y no me remito a los grotescos camisas pardas hitlerianos en el Munich de los años 20 para recordarlo.
Hablo de la detención de esos porteros de discotecas que, en vez de proteger a los pubs, agredían a sus parroquianos.
El método ya lo inventó la Mafia hace más de un siglo y lo llevó al virtuosismo en el Chicago de Al Capone. Consiste en proteger a sus clientes de ellos mismos: o me pagas, o tu establecimiento sufrirá asaltos sin que nadie pueda auxiliarte.
En los últimos tiempos prolifera ese tipo de bandas o pandillas que actúan “de forma organizada y permanente, con una jerarquía establecida”, según cuenta la policía salmantina. Y no sólo allí. En otras partes sucede lo mismo en el sector de la construcción, donde, si no contratas a las nuevas mafias, el material de los edificios en construcción desaparece durante la noche. O en el del comercio, donde a falta de estos equívocos guardianes las tiendas son asaltadas por ellos de madrugada.
A una escala menos dramática ocurre en las grandes ciudades con los gorrillas, esas cuadrillas de improvisados guardacoches que controlan las esquinas donde aparcan los automovilistas. No hay por qué pagarles nada, claro, pero si no lo haces corres el riesgo de encontrarte a la vuelta con el coche desvalijado.
La otra característica común de estos delitos aún menores es la masiva presencia en ellos de extranjeros. De los siete detenidos en Salamanca la semana pasada, sólo dos eran nativos. El resto: dos rumanos, dos marroquíes y un ucraniano.
El hecho tiene la misma lógica que cuando la masiva emigración italiana a Estados Unidos a caballo de los siglos XIX y XX. La rápida manera de progresar económica y socialmente de Frank Nitti, Lucky Luciano y compañía fue el crimen organizado.
No nos hallamos aquí a esos niveles, por fortuna. Pero cerrar los ojos ante el incipiente fenómeno no contribuirá a impedirlo. Así que más vale que estemos ojo avizor.
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Existen leyes que regulan hasta lo inimaginable en este país: desde los derechos de los no fumadores hasta las parejas de hecho, desde las obligaciones de los contribuyentes hasta las de los conductores de vehículos a motor.
¿Para cuándo una ley integral de la inmigración? No me refiero a la existente, que viene a ser un coladero sin contrapartida alguna, sino a una que contemple todo: derecho al voto, obligación de conocer el idioma, derechos siciales, obligación de venir con contrato de trabajo, aceptación explícita de las normas del país de acogida, etc, etc.
De hacerse así, nos evitaríamos un montón de problemas.
Algo deberá significar, supongo.
Son dos problemas distintos, que requieren un tratamiento diferenciado cada uno de ellos.
Eso es todo.
Sólo quería decir una cosa: leído el artículo en un contexto salmantino es como gandilocuente, no sé, un poco exagerado. ¿Mafias en Salamanca?
Luego, leído en un soporte digital como éste, de ámbito nacional, la cosa ya no parece exagerada sino inquietante. Es lo que aisladamente leemos todos los días como si no nos afectase y resulta que ya está aquí, entre nosotros, incluso en Salamanca, donde presumimos de que nunca pasa nada.
¡Vaya!.
1) Tenemos un clima estupendo que atrae a cualquiera.
2) La PERMISIVIDAD DE NUESTRA POLICÍA desde la transcición política hasta aquí viene siendo tradicional.
3) Falta de control en un país con 2.000 kilómetros de costas y 60 millones de turistas.
4) Avalancha reciente de todo tipo de inmigrantes indocumentados, sobre todo del este de Europa, muchos de ellos auténticos criminales de guerra, es decir, ASESINOS MULTIPLES.
5) Falta de medios de control, sobre todo policiales y juidiciales, en un país no preparado para esto.
Podría seguir, pero creo que ya no me cabe.
El caso de Salamanca que comenta el autor, como muchos otros, reflejan los riesgos de una inmigración indiscriminada de gente que no tiene trabajo honrado ni ganas de tenerlo. En algunos países, como Estados Unidos, llevan años poniendo filtros, tras el desastre de las primeras décadas, según cuenta el señor Arias Vega.
Otros, como Francia, Gran Bretaña y algún país más, empiezan a ponerlos. Ni hay que impedir la inmigración porque sí, ya que resultaría perjudicial para todos, ni hay por qué aceptar a todos los que no tengan buenos motivos para ello, adecuada actitud y deseos de integración.
Más claro, agua.
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Enrique Arias Vega
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