La postmodernidad como cáncer político
27.05.07 @ 00:06:03. Archivado en Artículos
En el arte, la postmodernidad hasta resulta divertida. Para ella, todo es cultura: desde el lenguaje universitario a la jerga carcelaria, desde la pinacoteca de El Prado hasta los graffiti de los okupas. Mejor lo segundo que lo primero, claro, porque lo otro, en vez de arte, suele ser algo horrible y artísticamente frustrante: el odioso academicismo.
Bueno. Esa hibridación, ese relativismo en que una cosa no vale más que su contraria, digo, resulta inocuo en un plano estrictamente estético: allá cada cual con sus tonterías y sus prejuicios. Lo malo es cuando semejante equiparación de valores pasa al terreno moral, al social y hasta al político.
Aquí vamos de cabeza hacia ello. No ya porque dé lo mismo aprobar que no aprobar para pasar de curso, ya que se trata de un asunto reducido al ámbito docente. Tampoco porque tenga igual valor jurídico una pareja de hecho que otra de derecho —¿por qué, pues, seguimos hablando de “parejas de hecho” si son inexistentes?—. Menos aún porque equiparemos al régimen de Cuba con cualquier democracia occidental, dado que el problema nos pilla bastante lejos.
Ninguno de esos temas, por sí mismo, resulta suficientemente grave. Sí lo es, en cambio, la suma de todos ellos. Cada uno de tales sucesos es la modesta tesela de un gran mosaico de superficialidad, trivialización y relativismo, de sustitución de las convicciones firmes por la mera conveniencia oportunista.
Todos hemos acabado contagiados en mayor o menor medida por ello. Su exponente máximo es esa Alianza de Civilizaciones que no supone la cooperación entre distintas culturas, sino la equivalencia de conductas, en la que al final consideramos tan edificante la poligamia como el celibato y tan legítimas las leyes de igualdad occidentales como el hiyab, el burka y hasta la lapidación de la mujer adúltera en oriente.
Sin necesidad de exagerar la nota, tenemos muy próxima la polémica sobre la utilización de la Mezquita de Córdoba. ¿Debe compaginarse su uso litúrgico católico con la cesión para el culto islámico? ¿Habría que esconder, en ese caso, la rica imaginería producto histórico de nuestras creencias?
Para el progresivo postmodernismo devastador y entreguista, seguro que sí. En cambio, esos mismos sedicentes defensores de la libertad religiosa no levantarían un dedo para que, en reciprocidad, se autorizase el culto cristiano en aquellos países musulmanes que lo prohíben. Ni siquiera, a ellos, tan amigos de los manifiestos en defensa de esto y de lo otro, se les ha ocurrido hacer uno en protesta por el asesinato de religiosos católicos en aquellos lugares. El último, y muy reciente, de tres misioneros en Turquía, país que no es, ni muchísimo menos, de los peores.
En nuestra propia casa tenemos el pavoroso tema del terrorismo, con una tendencia creciente a relativizarlo, a no diferenciar víctimas de verdugos y a considerar como extremos equiparables del espectro político a quienes dan cobertura a los terroristas —es decir, Batasuna y compañía— y a quienes más se empeñan en que el Estado no haga concesiones gratuitas a los matarifes.
No me digan que no estamos ante una dramática igualación entre buenos y malos, ante una rocambolesca eliminación de los mismos conceptos de bondad y maldad.
Éstos son sólo algunos síntomas del cáncer político de la postmodernidad. Del todo vale, que dicen algunos, reprochándoselo, eso sí, al adversario político, incapaces de ver la viga en el ojo propio. El peligro de esta insidiosa enfermedad moral es que acabe produciéndose una metástasis y no tenga ya curación.
Afortunadamente, surge ya algún indicio de que se están produciendo anticuerpos. Por ejemplo, en la última encuesta del CIS, los ciudadanos españoles consideran que una de sus principales preocupaciones hoy día la constituyen los políticos. Ellos, con su falta de moderación y de principios, y con sus mutuas acusaciones de corrupción más que probable, han pasado de ser una solución a convertirse en un problema.
De tener ya esa percepción, a poder revertir el relativismo postmoderno en sólidos valores morales, todavía hay un abismo. A ver qué día somos capaces de cruzarlo.
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¡Qué tropa, Dios mío, qué tropa!
Otro tema importante, el del sistema electoral. Habría que acabar con el privilegio de los partidos nacionalistas, que obtienen más representación que partidos nacionales como Izquierda Unida con menos votos. Una vez lo dijo Rodríguez Ibarra y sugirió que se hiciese el cómputo de votos sobre el total nacional, no sólo sobre Euskadi o Cataluña, ponía por caso.
Relacionado con ello está un tercer tema, el de la proporcionalidad. ¿Por qué no establecer un sistema mayoritario, como en Inglaterra? Allí los electores conocen al diputado de sus distrito, a diferencia de aquí, que no lo conoce ni su madre. Otra ventaja es que ese sistema favorece las mayorías estables al co...
No es de recibo ni está justificado el insultar a nadie, y menos aun sin justificación. Yo también estoy en desacuerdo con el sñor Rodríguez Zapatero, pero le recuerdo que es el presidente de todos los españoles, incluso de usted.
La crítica debe ser razonada y a ser posible dando alternativas a aquello que se critique. No es su caso.
Piense que con actitudes como la suya en el fondo da la razón a aquellos que acusan al centro-derecha de ser unos energúmenos. Usted y yo sabemos que no es así, que los radicales incontinentes son los falsos progres. Así que, por favor, no les haga el juego.
Todo eso muestra nuestro escaso interés por los asuntos públicos. Y lo peor es que al acabar la jornada como mucho habremos votado dos de cada tres ciudadanos. Desde hace tiempo el partido que de verdad gana en este país es el de la abstención. Ni el PSOE ni el PP sacan tantos votos como él.
Es una lástima.
Mi recomendación para resolver este asunto de los dilemas morales en política es lo que acabo de hacer, votar.
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Enrique Arias Vega
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