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Alexander Roshal

Permalink 26.06.07 @ 22:21:33. Archivado en Personajes, Historia, Varios


De forma casi inadvertida, y sin que la noticia alcanzara la repercusión que cabría esperar en las webs especializadas, el ajedrez sufría el pasado 21 de mayo de 2007 una pérdida irreparable: El fallecimiento, a los 71 años, de Alexander Borisovich Roshal, victima de un cáncer de páncreas.

Entrenador de ajedrez de la Unión Soviética, cofundador y posteriormente propietario de la revista "64", padre adoptivo de los "Oscar" del ajedrez (tomando el testigo a Jorge Puig, siete años después del fallecimiento de éste), y biógrafo e inseparable compañero de Anatoli Karpov durante los momentos más brillantes de su carrera, Roshal era toda una leyenda dentro del ajedrez ruso -que es lo mismo que decir el ajedrez mundial-, y uno de los cronistas más destacados en la época de esplendor de éste.

Pero para mí, por encima de todo, era un amigo con el que, a pesar de la diferencia de edad, simpaticé desde la primera vez que coincidimos en un torneo, que si no recuerdo mal fue en Linares en 1999. Allí Alexander, a quien yo no conocía entonces ni siquiera de oídas, atrajo mi atención de inmediato.

Roshal –siempre se lo dije, y a él particularmente esta descripción le hacía muchísima gracia- parecía un personaje sacado de una película. Tenía cara de malvado, con una mirada torva y desafiante, y no dudaba en jactarse de ser un "muy importante hombre en Rusia", un "businessman", y de que con su influencia podía abrir cualquier puerta en su país. Expresándose en un rústico inglés con su marcado acento ruso, talmente parecía el malo de una película de espías ambientada en la unión soviética. Y quizá no sea una impresión muy desencaminada, ya que muchos le atribuyen un pasado como agente de la KGB; una afirmación que él, quizá para darse aires de interesante, nunca llegó a confirmarme ni a desmentirme personalmente.

Pintándolo con cara de malo y un poco soberbio, habrá quien piense que no hago un retrato demasiado amable de quien fue mi amigo. Nada más lejos de mi intención: su fachada podía ser ésa, pero a mi me demostró, con palabras y actos, una notable calidez humana, con un fondo mucho más humilde de lo que aparentaba externamente: su jactancia era sólo un máscara. De hecho, pese a ser él el más veterano e ilustre de mis compañeros, mientras que yo era el más joven y novato, siempre me trató con más respeto que cualquier otro. Cuando me propuso colaborar con su amada revista, "64", fue para mí un honor excepcional.

Mención aparte merece el sentido del humor del que Roshal hacía gala. Un humor ácido, lleno de sarcasmo y muy crítico con el cinismo de la sociedad que le rodeaba. "Es el sentido del humor típico de los rusos de mi generación, que teníamos que buscar la parte cómica a todo tipo de situaciones incongruentes y desgraciadas", me explicó una vez. Me resulta imposible reproducir aquí ninguna de sus bromas, porque todas contenían una pizca de malicia que no sería adecuado sacar de contexto. Pero en internet circula un vídeo de Roshal contando un chiste: buscad en google "great russian chess joke" y os conducirá a una página de Chessbase, con la que os será imposible aguantar la risa: es Roshal en estado puro. Además, sus limitaciones con el inglés hacían que sus palabras sonaran aún más rotundas y vehementes, multiplicando el efecto cómico de sus bromas.

El comienzo de su carrera en el ajedrez fue como entrenador, llegando a ser el más joven en obtener el máximo título de la URSS en esta especialidad, y el primero dentro de este campo en ser recompensado con la Medalla al Mérito del Trabajador por la Cultura. "No soy un jugador de ajedrez muy fuerte. Y fui probablemente un buen -pero no un excepcional- entrenador para muchos jugadores", contaba en una ocasión al periódico Nezavisimaya Gazeta. "Ni siquiera puedo recordar ya a todos mis estudiantes. Así que a día de hoy, lo que hago es lo siguiente: aquél que me considera su maestro, es a quien yo denomino mi pupilo. No sé si Mikhail Shvydkoi, o el Diputado Andrei Makarov, o Mikhail Barschevsky me recuerdan como uno de sus maestros. Sí sé que Sasha Nekipelov, el residente de la Academia, me recuerda. Si trato de enumerarlos, temo olvidar a alguien o que alguien se sienta insultado. Pero me preocupa más aún atribuirme haber sido profesor de quien haya sido alumno de alguien más. El poeta Igor Irteniev me preguntó una vez: '¿No me recuerdas? Yo usaba un nombre distinto entonces: Rabinovich'. Fui profesor de muchos, pero muchos otros acabaron en otros sitios".

En 1968 decidió dar un giro radical a su carrera, atraído por el periodismo. No era ésta una profesión fácil en la Unión Soviética, pero resultaba la mejor manera de compaginar el ajedrez tanto con sus inquietudes culturales como con sus ambiciones personales. Así que, junto con Tigran Petrosian, fundó ese año la revista semanal de ajedrez "64", que pronto tuvo un éxito enorme. "Es imposible saber cuántos lectores tenemos, o hemos tenido", me contó en una ocasión que coincidimos en México. "Imprimíamos muchísimos miles de ejemplares, pero eran muchos más los lectores. Rusia es enorme y la afición por el ajedrez muy grande, así que cada copia de la revista va pasando por muchas manos. Eso por no hablar de la cantidad de emigrantes rusos que hay en el extranjero: tenemos suscriptores en casi todos los países del mundo. Probablemente nuestras páginas fueran leídas regularmente por más de un millón de personas".

Tras la fundación de la revista llegó el periodo más agitado de su vida profesional, cuando la estrella ascendente de Karpov devolvió a la URSS lo que se había perdido con la derrota de Spassky. Roshal se convirtió en el cronista de referencia, el narrador que transmitía a su país los éxitos internacionales de la nueva superestrella. Una oportunidad sin duda envidiable en los tiempos que corrían en la Unión Soviética.

"Durante la época de Brezhnev, viajé un montón por todo el mundo. Al principio, raramente me dejaban salir [de la URSS], e incluso más tarde sólo lo lograba con grandes dificultades. Todos los puestos en cualquier delegación eran otorgados con mucho tiempo por adelantado. En 1975, Karpov jugó un suerte de torneo/examen en Milán, algo así como un 'muéstranos lo que sabes tú, el nuevo campeón que no ha derrotado a Fischer'. Y una vez más, me dejaron fuera en el último momento. Tolya golpeó con su delicado puño sobre la mesa y exclamó: 'Si Roshal no puede venir al torneo, llamaré al Comité Central'.

En esa época, yo trabajaba para todas las revistas, [la agencia] TASS, y el semanario 64. En mi cuaderno tengo anotado qué pensamiento o qué frase estaba destinada para cada quién, para no confundirles a unos con otros o repetir cosas. (...) Durante esos 23 días, dormí de media menos de 4 horas al día. Después de eso, sí, pudimos pasar una semana libre por Italia. Pero yo, la verdad sea dicha, había momento en los que me quedaba dormido de pie, como un caballo de carga. Así eran los días en los que yo, 'El Bendecido por la Fortuna', era tan envidiado por mis colegas".


De esta época es un anécdota sucedida en una de las primeras visitas de Karpov a los Estados Unidos, a principios de los años setenta, cuando el campeón ruso fue invitado a visitar la Casa Blanca, un privilegio del que por entonces muy pocos soviéticos habían podido disfrutar. Como de costumbre, Karpov se encontraba acompañado de Roshal, y el bueno de Alexander quería a toda costa escoltarle en esa pequeña aventura. Pero obviamente, encontrándose aún en plena guerra fría, la Casa Blanca seguía siendo un territorio vedado para los periodistas rusos. Así que conchabado con Tolia, Roshal se hizo pasar por su "traductor personal". Dado que Alexander no hablaba por entonces ni una sola palabra de inglés, era Karpov quien tenía que traducirle constantemente al periodista -y no a la inversa- las explicaciones ofrecidas por la guía oficial que les acompañaba en el recorrido. Con lo cual ésta, confusa, llegó a temer que hubiese confundido a uno con otro y estuviese agasajando por error a quien en realidad no era el campeón mundial, sino un simple traductor.

Más agitado aún fue el periodo de los matches entre Karpov y Korchnoi (Baguio 1978 y Merano 1981), de los que Roshal fue agregado de prensa en la delegación rusa. Un puesto lleno de responsabilidades, tensiones y, desde luego, nada envidiable dadas las agrias circunstancias que rodearon a ambos encuentros. En ambas ocasiones, cuenta Roshal que los simpatizantes de Korchnoi intentaron convencerle para que pidiese refugio en occidente. "Pero yo nunca hubiera podido hacerlo. Soy demasiado ruso. Crecí en un gueto judío y mi padre fue ejecutado sin miramientos por haber tomado colaborado en la redacción de un borrador para la constitución de un hipotético futuro Estado de Israel [estamos hablando de 1937], justo el día en que yo cumplía un año; no llegué a conocerle, y de hecho no supe de esta historia hasta mucho más tarde. En cuanto a mi madre, pasó 18 años de su vida encerrada en un campo de trabajo. ¿Me ha hecho todo esto renegar de mi país? Al contrario. Cuando oigo el nombre de Stalin, siento como si mi mano tratase de alcanzar una pistola por su propia voluntad. Pero precisamente por su historia trágica, me sentiría un traidor si abandonase Rusia. Ni siquiera me marché a Israel años más tarde, cuando tuve la ocasión de hacerlo."

En 1980, y fruto de las experiencias vividas con Karpov a lo largo de los 70, Roshal publicó un libro biográfico, en coautoría con el propio campeón, titulado "Karpov: Chess is my life". Una obra que, aunque hagiográfica por definición, resulta una lectura obligatoria para todos los que hemos tenido que ahondar en la vida del decimosegundo campeón mundial. Y un libro que precisamente yo tenía frente a mí cuando, yendo a contrastar en internet uno de los datos que contiene, recibí la noticia del fallecimiento de su autor. Coincidencia igual de triste que la que le ocurrió a Anatoli Karpov quien, justo el día de su 56 cumpleaños –que celebro aquí en España-, recibía la noticia de la muerte de su amigo e inseparable compañero en su juventud.

Pero hablando de libros, hay que destacar también la afición por la literatura de Roshal, que llegó a costarle una severa represalia en cierto momento de su carrera, cuando decidió publicar en "64" varios relatos –y extractos de la autobiografía- de Vladimir Nabokov, un notable exiliado y escritor proscrito en la URSS. Ningún otro editor se había atrevido antes a publicar ninguna de sus obras, pero el osado Alexander, haciendo gala de su picardía, y con el pretexto de que "eran textos de temática ajedrecística", convirtió a su revista en la primera cuyas páginas veían impresas las palabras del genial Nabokov. Fue una travesura y un gesto de rebeldía que estuvo a punto de costarle muy caro, pero también un mérito por el que será siempre recordado.

En 1992, poco antes del colapso definitivo de la Unión Soviética, la revista "64" sucumbió a las dificultades financieras. Un trago amargo del que se repuso tres años más tarde, en 1995, cuando se le presentó una nueva oportunidad: resucitarla convirtiéndola en la primera publicación privada de la nueva Rusia – aunque esta vez, con formato mensual, y ocupando el papel de propietario y editor en vez del de cronista. Una decisión de la que se sentía especialmente orgulloso de haber tomado.

Roshal también aprovechó la ocasión para retomar la tradición emprendida por Jorge Puig, de organizar cada año la entrega del premio "Oscar" al mejor ajedrecista del año. Esta bonita tradición se había perdido en 1988 con la muerte de su creador, pero Roshal la retomó y le dio un nuevo impulso: puedo atestiguar el empeño con el que Alexander nos perseguía a todos en Linares (y las semanas siguientes) para recabar los votos para la elección del ganador.

La última vez que vi en persona a Roshal fue el año pasado, en Turín, durante la clausura de la Olimpiada. Rodeado de gente, cuando se cruzó conmigo entre la multitud me dijo: "David, amigo... luego tengo que verte, quiero hablar contigo". Pero desgraciadamente era nuestro último día en Italia y no tuvimos oportunidad de volver a encontrarnos después del acto; ahora me asalta la duda de qué querría contarme. Probablemente, insistirme de nuevo en su invitación para visitarle en Moscú, o acudir al torneo Aeroflot. Una invitación muy generosa y en la que me prometía enseñarme personalmente todos los lugares sagrados del ajedrez en la capital rusa. Una oportunidad única que he perdido, porque no hubiera podido contar con mejor guía; Roshal era, probablemente, la persona que más secretos, historias y anécdotas guardaba respecto a una época irrepetible en la historia del ajedrez: la transcurrida en su país durante el periodo de los grandes campeones soviéticos.


Originalmente publicado en la revista "Jaque" y en www.davidllada.com


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