
Voces de enfado atraviesan la puerta de la habitación de hotel de
Bobby Fischer en el mismo momento que levanto mi mano para llamar a ella.
"¡Maldita sea, estoy harto de todo esto!", le oigo gritar a Bobby.
"Estoy harto de ver a gente, necesito trabajar, necesito descansar! ¿Por qué no me preguntaste antes de concertar todas estas citas?". Entonces escucho la voz, suave y llena de dignidad, del director ejecutivo de la USCF, dirigiéndose al hombre que podría ser el mejor ajedrecista de la historia en un tono sólo ligeramente superior a un lamento:
"Bobby, desde que llegamos a Buenos Aires no he hecho nada más que cuidar de ti, día y noche. ¡Eres un desagradecido!".

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