ENIGMA, el blog de Celso Alcaina

Santo es Dios. ¡Adiós Santo Padre!

29.03.11 | 19:31. Archivado en Acerca del autor

Ayer, el nuevo portavoz del Vaticano, cavaliere Bersani, lo anunció sin ambages. Juan XXV lo ha decidido. Clausurará la Congregación para las Causas de los Santos. El relativo “Motu Proprio”, ya firmado, será dado a los medios la semana próxima. Y algo menos institucional pero más mediático. El papa no quiere ser llamado “Santidad”, “Santo Padre”, o algo semejante.

La drástica medida, que analizaré más abajo, sigue a otras no menos importantes y revulsivas. En escasos seis meses de pontificado, el papa filipino ha suprimido el Cuerpo Diplomático y ha renunciado a las prerrogativas que el Concilio Vaticano I otorgó al obispo de Roma. No hará dejación de la primacía que ostentaba antes de 1870 en calidad de patriarca de Occidente. Hay indicios de que disolverá el Estado de la Ciudad del Vaticano. Antes, consultaría con el Estado Italiano en el que se diluiría. Sin duda, también con las Naciones Unidas. Hace quince días, el Secretario General de la ONU visitó discretamente el Palacio Apostólico.

Asimismo, Juan XXV se ha impuesto no acudir, por sí o por representante, a reuniones o congresos ecuménicos en tanto ostente la jefatura de un Estado y sea considerado infalible. Quiere participar como líder religioso en igualdad de rango con los demás asistentes. Por supuesto, dejará atrás los nominativos y la atribuida calidad de “Vicario de Cristo”, “Pastor Universal”, y similares.

Conocemos las airadas protestas de altos eclesiásticos, incluidos algunos cardenales y oficiales próximos al papa. La siempre inmovilista Curia. También, el silencio elocuente de muchos obispos, sacerdotes, religiosos y, sobre todo, de los numerosos institutos y movimientos conservadores que habían pululado en los últimos cien años. Un silencio de asombro y de inseguridad. El suelo que pisan se les desliza. Por contraposición, gran parte del pueblo fiel y muchos pensadores y publicistas, católicos y no católicos, aplauden las reformas.

Los cardenales electores no podían sospechar que el desconocido Cardenal Arzobispo de Zamboanga, Pedro Ceballos, de viejo linaje español, se comportaría de esta guisa. Temen, con razón, que los cambios continúen y que la Iglesia deje de existir o sea desfigurada por completo. Apostaron por un eclesiástico jóven, enérgico, piadoso, con ideas nuevas. Alguien distinto a un europeo o a un occidental. Y helo aquí.

Ya lo hizo en su archidócesis filipina y en su anterior sede, Talibón. Mons. Ceballos buscó en su ministerio algo muy diverso de cuanto ofrecía una Iglesia poderosa, émula y heredera del imperio romano. Se sintió un humilde intrépido servidor, incluso después de que Juan XXIV, el papa breve, lo hubiera creado cardenal. En su país, y no sólo por los católicos, era conocido como un rompedor, un hereje bondadoso. Sin propalar su disidencia, la practicaba desde el Evangelio. Un revolucionario. Por defender a los pobres y desventurados, estuvo a punto de ser linchado por mafias y ser enjuiciado por sedición. A raíz del Cónclave, conocimos, todavía degustamos, las entrañables anécdotas de su vida, una vida que ha estado más próxima a Francisco de Asís que a un Dossetti, un Ratzinger, un Wojtyla o un Pacelli.

Lo he apuntado. La supresión del Dicasterio de las Causas de los Santos no será el último golpe en el desmantelamiento de una casa demasiado barroca e incómoda que ha perdido habitabilidad para albergar la familia cristiana, los seguidores del Nazareno. Pero es muy significativa. Es un paso en la autenticidad, en la humildad, en el acercamiento a Jesús, fundamento del Cristiamismo.

La actual Congregación para las Causas de los Santos data de 1969. Fue Pablo VI, con su Constitución Apostólica “Sacra Rituum Congregatio”, quien le dio autonomía propia, desgajándola de la Congregación de Ritos. En efecto, desde 1588, existía la Congregación de Ritos. Sixto V, con su Constitución “Immensa Aeterni Dei”, la había creado dentro de la amplia estructuración de la Curia. Hasta 1969 ese Dicasterio abarcaba ambas competencias: Culto y Santos. Era lógico que así fuera. La proclamación de un santo conlleva su culto público. Antiguamente se denominaba “elevación a los altares”. Menos significativas son las posteriores modificaciones operadas por el mismo Pablo VI en 1975 y por Juan Pablo II en 1983 y 1988.

El origen de las canonizaciones se remonta a la apoteosis pagana. La deificación, a su muerte, de emperadores y otras destacadas personalidades. En 1734, el erudito Próspero L. Labertini, luego papa Benedicto XIV, en una obra con tintes apologéticos (“De Servorum Dei Beatificatione”), refuta esa teoría con argumentos poco convincentes. En todo caso, históricamente, todas las sociedades e instituciones honraron la memoria de sus héroes, próceres o mártires. Varios Padres de la Iglesia – Agustín, Cirilo, Cipriano – hablan del culto a los mártires cristianos, a los que se debe honra y recuerdo. También, intercesión, dada la fe en la vida perdurable. Así, Eusebio (Hist. Eccl. IV, 23), refiriéndose al mártir Policarpo, escribe: “Hemos reunido sus huesos, más queridos por nosotros que las piedras preciosas y más puros que el oro...Y quiera Dios concedernos celebrar el aniversario de este mártir con alegría, de manera que recordemos la memoria de aquellos que lucharon en glorioso combate y enseñar con su ejemplo a aquellos que vengan después de nosotros”. Y Tertuliano (“De resurrectione carnis”, XIII) limita claramente a los mártires el honor de la veneración.

Durante los tres primeros siglos, fueron los obispos locales los responsables de dictaminar si un mártir había muerto por su fe. El obispo, de acuerdo con los obispos vecinos, declaraba “vindicatum” ese mártir y permitía su culto.

Sólo a partir del siglo IV los “confesores” fueron admitidos a la veneración pública de manera similar a los mártires. Los “confesores” eran cristianos ejemplares que, sin embargo, no habían muerto en defensa o por causa de su fe. A medida que el Cristianismo iba expandiéndose e institucionalizándose, también fueron organizándose las canonizaciones. Paulatinamente, la competencia para otorgar honor eclesiástico público pasó del obispo local al primado o al patriarca de la región. La respectiva veneración se concedía sólo para el territorio de la jurisdicción eclesiástica otorgante.

A lo largo de todo el primer milenio surgieron abusos, tanto de parte de los fieles como de parte de los jerarcas. En el siglo XII la preponderancia del obispo de Roma era ya un hecho. Fue entonces cuando Roma pretendió restringir la potestad del resto de los obispos en ese campo. Los candidatos a santos deberían ser examinados en concilios generales. Así lo decretaron Urbano II, Calixto II y Eugenio III. Papel mojado. Es sintomático cuanto Alejandro III (siglo XII) escribe sobre la canonización fraudulenta de un cristiano que había muerto mientras estaba intoxicado: “Nadie se atreva a darle reverencia. Incluso cuando se hubiesen realizado milagros por él, no se les permitirá reverenciarle sin el consentimiento de la Iglesia Romana”.

En todo el orbe católico, fueron muchos los obispos y muchas las comunidades cristianas que desoyeron los decretos romanos. Los abusos continuaron. Hasta que el Barberini Urbano VIII, en 1634, publicó una Bula que reservaba al obispo de Roma el derecho de canonización. A partir de entonces, fue precisamente el obispo de Roma quien perpetró tales abusos. Roma procedió a discriminar, a veces por motivos espurios. A algunos beatos les concedió privilegios de santos. A algunos candidatos les dispensó del normal proceso judicial. A otros, del preceptivo “milagro”. Sin ir más lejos, ese fue el caso de Juan de Ávila en 1970. Los procedimientos y los plazos para iniciar o concluir el proceso se contrajeron según preferencias e intereses estratégicos de Roma. Baste traer a colación los contemporáneos casos de Teresa de Calcuta, Josémaría Escrivá o el “santo súbito” Juan Pablo II.

Los teólogos del siglo XVII discutieron sobre la eventual infalibilidad papal de las canonizaciones. Fue una de tantas discusiones, aparentemente bizantinas, que se colaron en nuestras Facultades teológicas hasta finales del pasado siglo. Mientras unos teólogos ponen el objeto de la infalibilidad en que el santo está en el cielo, otros lo ponen en el hecho de haber practicado virtudes heroicas. Santo Tomás (Qodlib. IX, 16) dice que es una “pía creencia” el considerar que la Iglesia está libre de error en esta materia.

El procedimiento establecido para beatificaciones y canonizaciones es complejísimo. Una aproximación al mismo hace desfallecer a quien pretenda meterse por esos vericuetos. Además de la interminable burocracia, se interpone la dificultad económica. Dinero es lo más importante. Pero en todo, también en lo económico, cabe la dispensa, la excepcionalidad, la condonación. En una palabra, la arbitrariedad. Los fundadores de Órdenes e Institutos religiosos tienen asegurado presupuesto y recursos humanos. Sus miembros y adeptos trabajan y ahorran para elevar a los altares a su líder. Se profesionalizan en la materia y algunos, o muchos, dedican toda su vida a ese objetivo. Pero Teresa de Calcuta o Padre Pio de Pietrelcina no necesitaron dinero. Tampoco fue contratado personal ad hoc. Roma estaba interesada en apoderarse de su fiel clientela y de su prestigio. Gozaron de exención dineraria, de trámites y de plazos. Lo que en grado superlativo deberá aplicarse a Wojtyla.

En Roma, una pléyade de funcionarios y profesionales trabaja en las beatificaciones y canonizaciones. Unos 24 funcionarios permanentes en el Dicasterio, 14 abogados defensores que son especialistas autorizados por el papa y que monopolizan esa actividad, 2 promotores de la fe (“abogados del diablo”) con su equipo de funcionarios, 20 cardenales, 10 relatores, 228 postuladores adscritos, 70 consultores, muchísimos expertos en varias materias, particularmente en Medicina, varios notarios. Recolectar, redactar, imprimir escritos, testimonios, dictámenes, valoraciones, juntas.

Y, antes de que el proceso llegue a Roma, la instrucción en sede diocesana ha sido igualmente complicada y laboriosa, al par que económicamente costosa. Intervienen el obispo local, diversos eclesiásticos, el postulador diocesano, el notario. Para lograr que una causa sea tomada en consideración, será preciso elaborar una estrategia que comprende biografías editadas y distribuidas, estampas, boletines, cartas. Todo ello multiplicado. Millones de ejemplares. Años, docenas de años, incluso cientos de años. La esperanza no se pierde. Puede que, de los millones de personas que invoquen el candidato, una se cure de alguna enfermedad de manera inexplicable para los galenos actuales. Sería un buen punto de partida para legitimar un decreto que acerque el candidato a su beatificación. Porque los milagros son siempre curaciones. Nunca otros eventos igualmente posibles para Dios, como serían el estancamiento de un tsunami ante la población indefensa, la súbita fertilidad del desierto en favor de millones de hambrientos, el repentino cese de todas guerras en aras de la concordia, o el retorno a la vida del humanista Gregorio Marañón. Por lo demás, no se han tenido en cuenta las enormes y desconocidas potencialidades de la mente humana y de las fuerzas de la Naturaleza. Piénsese en las especies animales que una y otra vez reproducen sus miembros amputados.

Así, después de las fases informativa (diocesana y romana), jurídica y de ortodoxia, viene la eventual constatación del “milagro”. Será la señal divina de que Roma no se equivoca. Los expertos, normalmente médicos predeterminados, dictaminarán que el hecho extraordinario no tiene explicación en su campo de conocimiento. La diócesis en donde haya ocurrido el evento habrá realizado amplia investigación e información, a cargo de los promotores. En el Vaticano se reunirán una y otra vez los consultores: discusión, refutación, defensa. Será un determinado equipo de teólogos el que dictamine si realmente el hecho ha ser atribuido a Dios por intercesión del candidato. La conclusión de los teólogos es fundamental, practicamente definitiva. La Plenaria de Cardenales de la Congregación votará que Dios realizó el hecho extraordinario. El milagro se ha producido. El papa aprobará.

En la actualidad, basta un milagro para ser beatificado y un ulterior milagro para ser canonizado santo. Hasta hace pocos años, eran necesarios dos y dos. Los mártires no necesitan milagro alguno para su beatificación. Para lograr que el candidato ya declarado beato llegue a ser santo, será necesario un procedimiento complementario muy semejante al seguido para la beatificación.

Como ya he escrito, ese complejo procedimiento se simplifica y se modifica por voluntad del papa y su Curia. Conozco procesos iniciados hace ahora doscientos años y que están arrinconados. En esos casos confluyen los dos desintereses: el de Roma y el de los promotores. Éstos suelen ser los hermanos religiosos del candidato. Han decidido dirigir sus preferencias y sus recursos económicos hacia nuevos o más prestigiosos miembros de su Orden como candidatos a los altares. Por supuesto, no hay milagro porque no hay publicidad. Y no hay publicidad porque no hay presupuesto dinerario.

La Teología es contradicción en términos porque es absurdo razonar a Dios. El mero hecho de pretenderlo prueba el orgullo clerical” (J.L. SAMPEDRO, “La sonrisa etrusca”, Madrid, 1999, p. 312)

Viene al caso la cita del académico José Luis Sampedro. Se trata de un autor ni católico, ni anticatólico. Un sabio pensador. Cultivó la Literatura, la Filosofía y la Economía. La frase es aplicable al talante de Juan XXV. Los conocedores y analistas del actual papa dicen haber encontrado el origen de sus revulsivas decisiones. Su humildad y realismo le está llevando a pisar el suelo sin volar. A mirar al cielo sin dominarlo. A rogar a Dios sin comprometerlo. A trabajar sin exigir.

Resulta sorprendente, incluso escandaloso, que de la simplicidad de la veneración popular a los mártires - ello sin milagros y sin dinero - se haya pasado a la parafernalia comercial de los siglos XX y XXI. Del reconocimiento humano de las virtudes heroicas a comprometer a Dios con un supuesto evento que rompe el curso del orden natural preestablecido. De poner la vista en el comportamiento terrenal del cristiano a dar más importancia a cuanto haga después de muerto.

Pablo, siervo de Jesucristo,...a todos los amados de Dios que estáis en Roma, llamados a ser pueblo santo” (Rom 1,7. Cf. también 1 Cor 1,2, etc.

“Santo” no es precisamente alguien que ha alcanzado la vida eterna y goza de la visión de Dios. La palabra, filológica e históricamente, tiene el significado de “separado”, excepcional, puro, dedicado al culto. Así lo entiende la Biblia (qadós en hebreo, témenos en griego). Por elevación, se aplica también a Dios, el inaccesible. Dios es santo por excelencia. Tal es proclamado en varios libros del Antiguo Testamento (Éxodo 15, I Samuel 2, Isaías 6 y 40, Salmo 99, Levítico 11, etc.etc.) y del Nuevo Testamento (Juan 17, I Pedro 1, etc.). Y Jesús es considerado ejemplo de santidad. Se alejó de Nazaret para dedicarse a la proclamación del Reino. La santidad viene a coincidir con la purificación. Todos los cristianos han de ser santos en cuanto han de renunciar a la maldad y entrar en el Reino que anunció Jesús..

La supresión de la Congregación para las Causas de los Santos no viene a negar el sentido y la importancia de la santidad en los miembros de la Iglesia. Dentro de la genuina tradición, podrán ser llamados santos los todavía vivientes que se distingan por su virtud, por su entrega a los demás, por sus obras ejemplares. También es justo y encomiable que los supervivientes recuerden y veneren a los que en vida fueron santos, más aún si han dado su vida en defensa o en propagación del bien, siempre en la línea evangélica. Pretender comprometer a Dios en la supuesta autenticidad de una vida ejemplar es una imprudencia. Más aún, es absurdo, porque de Dios nada “sabemos” con certeza absoluta.

Hay más. Las canonizaciones suponen una evidente discriminación por motivos nada justos. Alguien que tiene dinero para sufragar el complicado proceso podrá ser canonizado. Un cristiano emprendedor, que funda un Instituto, tiene casi asegurada la canonización. Su Instituto actuará como catalizador, como garante o como grupo de presión. Al revés, y salvo motivos de estrategia proselitista, un humilde cristiano ejemplar, carente de dinero y de secuaces institucionales, nada puede esperar en este camino. Me permito recordar cuanto hace unas décadas se escribió sobre el depravado Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo: “Si el papa Wojtyla hubiera vivido diez años más, Maciel Degollado sería ya beato o santo”. Y es que la posibilidad de error es consustancial al ser humano, también al obispo de Roma y su Curia. Deploramos que en el elenco de santos católicos se lean nombres de personas nada ejemplares (algunas ni siquiera existieron), aunque hayan realizado o realicen “milagros”. Razón, más que convincente, para desligar a nuestro Dios de nuestras decisiones. Juan XXV acierta. ¡Enhorabuena, Papa Ceballos!
Roma, abril, 2031


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Comentarios
  • Comentario por EDUARDO PAZOS SANCHEZ 26.05.11 | 20:05

    ESTIMADO CELSO: PAZ Y BIEN.

    ACABO DE DE DESCUBRIR POR CASUALIDAD TU BLOG, Y HE LEIDO ESTE RECIENTE SUEÑO QUE HAS TENIDO. ME CONFORTA QUE SEAMOS MUCHOS LOS QUE SOÑAMOS LO MISMO. LA DIFERENCIA ES QUE TU ERES LA PLUMA QUE LOS ESCRIBE. ERES UN INSTRUMENTO DEL DIOS DE JESÚS CON EL TRABAJO ESCRITURAL QUE REALIZAS. SIGUE SEMBRANDO ESTAS SEMILLAS DE ILUSIÓN PROFÉTICA. NECESITAMOS A PERSONAS COMO TÚ,

    EL SEÑOR TE BENDIGA Y TE GUARDE. ÁNIMO.

  • Comentario por Antonio García 09.05.11 | 22:05

    Hace muy poco que empecé a leer sus artículos, y llegué de pura carambola. Me parecen ante todo incontestables, dado el derroche de conocimiento y dominio de la materia que todos demuestran; además creo que son hermosísimos dentro de su crudeza; y, además, nos hace mantener viva algo tan imprescindible como es la esperanza en una Iglesia no ya mejor, sino, al menos, cristiana, algo que ahora a veces nos parece tan inalcanzable.

  • Comentario por María Luisa 15.04.11 | 10:08

    Un insulto a la inteligencia humana. Eso es lo que lanza la Iglesia de Roma con los supuestos “milagros-curaciones”, con la pretendida “infalibilidad” papal o de toda la Iglesia, con las promesas de cielo-infierno, con la exclusión espiritual de los “otros”. Todo un estúpido lavado de cerebro que hace a algunos creer, a muchos acomodarse, a otros tantod soportar, a todos callar. Es hora de levantar la voz y abrir la mente.

  • Comentario por Francisco 07.04.11 | 13:21

    Yo estoy demasiado agradecido al Papa 24 que en su más inesperado descuido y lapsus de espíritu haya creado cardenal al Monseñor Caballos. Además, es evidente que este PAPA BREVE ha nombrado a varios de esta laya, que fue notorio el día del cónclave. Creo que merecería la santificación in subito o in pectore a este PAPA BREVE. Es más, una de las reformas del Papa Caballo en materia de santidad ha hecho desaparecer del ORDO SANTIS la relación entre santidad, medicina, curación y dinero. El nuevo esquema pone énfasis en el arte y en el deporte. Los mundialistas de futbol se ven interesados en este potencial. Otra introducción: una comisión fue creada para sugerir al Papa Caballo la lista de nombres de “santos” que serán rebajados de sus rangos al estado de simple cristiano de a pie. El Papa Caballo está haciendo historia. Ya muchos conservas y enlatados han pedido pasar al protestantismo. Enhorabuena,

  • Comentario por Alejandro 06.04.11 | 16:05

    Maravilloso, Celso. Gracias por tu sueños reales…
    Alejandro de Buenos Aires

  • Comentario por Yago 05.04.11 | 10:54

    "Postlupino".
    Me gustaría comprender el sentido de esa palabra usada por Hypatia. Estoy seguro de que me satisfará.
    Por lo demás, Hypatia pide coherencia. Una coherencia que se supone en quien reflexiona y piensa, no en quien obedece a ciegas, delegando en otros la actividad de pensar.

  • Comentario por Hypatia 04.04.11 | 22:25

    Llevo mucho tiempo comprobando si había algo postlupino y, como era de esperar, no me he decepcionado. Lástima que se trate de una ficción y más doloroso que sea una expresión artística de las aspiraciones de muchos católicos que desean algo tan sencillo como la simple coherencia.

  • Comentario por Rafa 01.04.11 | 16:19

    Parabéns Celso: Os que gozamos dos teus escritos cheos de erudición e de coñecementos ben fundados xa nos tardabas en escribir para poder lerte. Tivéchesnos parte do outono e todo o inverno en xaxún. Paréceme que esa previsión, a vinte anos vista,é demasiado optimista. Iso quere dicir que algúns a veremos feita realidade. Deus te escoite. Polo menos estas profecías que anuncian cousas bonitas póñennos contentos e non as que fai o “tintorro party”como bautizou Iñaqui Gabilondo aos visionarios de catástrofes apocalípticas,ao que se apuntaron algúns insignes mitrados.. Ademais está en consonancia coa inminente beatificación do anterior Papa que tan ben soubo apagar todas as luces que acendera Xoan XXIII.

  • Comentario por Ramiro 31.03.11 | 16:09

    Excelente. Un sueño. Pero ni siquiera eso sería suficiente. Sólo un buen comienzo.

  • Comentario por Manolo 31.03.11 | 14:21

    Adiante, Celso. Non seas pergiseiro e escríbenos máis artigos. Cóntanos moitas cousas que tí coñecestes e nos non pudemos saber. Encantoume este escrito coma todo-los teus. Enhoraboa.

  • Comentario por Yago 31.03.11 | 11:30

    Todo cuanto se dice en este estupendo artículo es válido y aceptable. En otros formatos y en otras ocasiones ha sido propuesto y exigido por muchos cristianos desde diversos ámbitos. Me parece bien repetirlo una y otra vez. Seguro que la poderosa Iglesia no cambiará, pero podría debilitarse paulatinamente por el hecho de que disminuyan sus adeptos y su prestigio. La Iglesai sin feligreses no es nada. Se queda sin auditorio y sin influencia social. Los jerarcas mantendrán sus ridículas mitras, sus colores rojos,sus maravillosas catedrales e iglesias fruto de la esclavitud medieval, sus agónicos institutos neoconservadores, sus santos de madera.

  • Comentario por franz 31.03.11 | 09:17

    Beatificaciones y santificaciones: juicios humanos. Las últimas (Pio IX, Escrivá etc.) y la próxima (J.P.II) con evidentes fines políticos vaticanos: fortalecer el sistema piramidal de poderes en la Iglesia y promover protagonismos y devociones que nada cambian. Distracción que aleja cada vez más de aquel que para el cristiono de a pie es "el camino, la verdad y la vida". Producción de marionetas, "a modo de herramientas en manos del artista, que no preguntan sobre el porqué han de actuar de tal o cual manera" (El "beato" Escrivá B. en su "El Camino" 617). ¡Un teatro del mundo!

  • Comentario por Jose Enrique 30.03.11 | 21:52

    Enhorabuena.
    Para hacer este artículo se requieren, por lo menos, tres condiciones:
    Conocimiento profundo de la materia y de su historia.
    Imaginación para ficcionar.
    Y valor y/o voluntad para publicar y compartir.

  • Comentario por c.pereira 30.03.11 | 20:24

    C.Pereira

    Pues yo, quiero felicitar al autor, Celso Alcaina, por este magnífico y bien documentado artículo. Es sin duda una profunda y muy seria reflexión que sólo personas competentes y preparadas como él pueden hacer. Los pensadores se adelantan a los tiempos, pero los cambios han de llegar y son muchos los católicos que aspiran a una Iglesia mucho más evangélica, en la línea del compromiso y la entrega de Jesús, quien es su fundamento.
    Buena aclaración de cómo y porqué se cuecen tantas beatificaciones y canonizaciones. Sorprendente. Los milagros sólo son curaciones y no otros. Se sabe que el campo de las curaciones pueden actuar otros factores naturales. Gracias, Celso, siga iluminándonos con sus escritos.

  • Comentario por Miguel 30.03.11 | 18:53

    Enhorabuena Celso,

    un artículo muy bonito. Saludos,

    M.

  • Comentario por Lucas 30.03.11 | 18:46

    Qué de boludeces!!!!

    Cuánto tiempo estuvo para escribir semejante sarta de estupideces juntas???


  • Comentario por María 30.03.11 | 18:22

    A Torcuato

    No se puede poner en el mismo plano la nostalgia de Trento y la nostalgia evangélica, la añoranza de una iglesia espiritual y la añoranza del cesaropapismo, los deseos de ser sal de la tierra y los deseos terrenales, la opción por los desvalidos y la opción por los ricos. No somos viejos progres. Ni viejos ni progres. Sólo queremos ser mejores y que nuestra Iglesia, la fundada sobre Jesús (que Jesús no fundó) sea mejor y ejemplar.

  • Comentario por torcuato 30.03.11 | 15:59

    ¡Que sabor a rancio tiene todo esto! Los viejos progres os repetís más que la morcilla. Con vuestra insistencia en esos deseos angelicales y llenos de añoranza de paraísos perdidos o de paraísos terrenos inexistentes, os acabáis convirtiendo en la misma tropa que los nostálgicos de Trento: una iglesia de viejos melancólicos que están continuamente discutiendo y mirando al pasado.

  • Comentario por JMS.- 30.03.11 | 14:20

    Celso, Felicitaciones!
    Descubriendo la fuerza anticristiana de la gigantesca burocracia vaticana haces un servicio inestimable para promover el discernimiento que todo cristiano debiera practicar.

  • Comentario por javier 30.03.11 | 13:17

    A quien no le ha gustado nada esta "fantasía" ha sido a Jesucristo. Llega demasiado tarde.

  • Comentario por Carlos Paz 30.03.11 | 12:23

    Muy bueno, aunque suena demasiado a ciencia ficción y eso, por ser ficción, deprime un poco. Hacía bastante que no te podiamos leer, gracias por regresar.

  • Comentario por Pedro Rizo [Blogger] 30.03.11 | 11:22

    Muy buena crónica y comentarios. Respecto a las canonizaciones, apostillaré que la turbocanonización es algo inesperado en una institución como la Iglesia que no se daba prisa en estas cosas y prefería la prudencia y el estudio justo. Ahora se asemeja, en ciertos aspectos, a la venta de indulgencias. La santidad de los fundadores es una necesidad de sus seguidores; un 'packaging' o etiquetado para mejorar el marketing, objet que merece la inversión que sea. Gran paladin de este escándalo fue el papa magno anterior y el Opus Dei, su gran esponsor.
    Tener un santo en los altares aumenta la credibilidad y el caché de modo que su coste casi siempre es rentable. Pronto van a querer que figuren en el Canon de la misa... como hecho en la "adpatación" de la mozárabe incluyendo a San Juan de Ávila. Con todo pesar lo digo: La Iglesia está nerviosa con la caida en picado de sus ingresos: perdidos en Occidente y no recuperados con las incorporaciones populistas de Africa y Asia.

  • Comentario por Tere 29.03.11 | 20:57

    ¿Que quieres que te diga? ¿Que tus sueños son irrealizables? ¿Que nunca llegaremos al algo como lo que tu describes aquí? tal vez sí, pero será tarde. Desde "San Romero de América, profeta y martir nuestro", el pueblo de Dios sabe que sus santos corren a su cargo, porque el vaticano solo santifica a quien le conviene.

    Por ejemplo, para mi Jose Comblin, que hace apenas dos días pasó al Padre, es una persona que bien podría ser considerada santa, un hermoso ejemplo de vida para todos los cristianos y cristianas, pero nunca lo santificará el Vaticano.

    ¿Crees que me importa, que les importa a sus campesinos que a estas horas celebran su funeral? Para nada. El camino de la Curia y el camino del Pueblo de Dios va cada uno por su lado. Creen y viven su fe a niveles diferentes.

    Hay que pasar un poco de la Curia vaticana, y tratar de vivir al estilo de Jesús, si no queremos seguir amargandonos la vida inútilmente.

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