Sin entrar en Piazza San Pietro, me cobijé recorriendo el brazo izquierdo de la columnata del Bernini. Lloviznaba aquel 3 de febrero. En la recóndita Piazza del Sant'Uffizio surge, imponente, el renancentista Palazzo del Sant'Uffizio. En frente, el convento de los Agustinos.
Un amplísimo portón coronado por un balcón del seicento. Unas anchas escaleras de granito que conducen a la “loggia” que circunda el claustro medieval. Sandro, el conserje, me deja a merced de monseñor Agustoni, quien me trata de colega. Sin llamar, me introduce en un despacho no muy amplio, unos 30 m2.
¡Arriba España”. Su voz es fuerte, segura, amigable. Me sonríe con la mirada algo perdida. Luego aprenderé que está casi ciego. Su ceguera no le impedirá un minucioso y delicado trabajo en el departamento más sensible del Vaticano. Tampoco le privará del trato directo con cada uno de sus colaboradores. Nos llamará por nuestros nombres. Nos individuará por sola la respiración, al cruzarnos en pasillos y despachos. Prescindirá de intermediarios. Tiene al alcance de su mano una batería de botones. Corresponden al teléfono interno de cada oficial, unos treinta en total. Muchas veces , durante los 18 meses siguientes, me llamará al 4881. Le traduciré del español o portugués. Con sencillez, me pedirá consejo sobre los nihil obstat a candidatos al obispado y sobre problemas diversos, a veces muy delicados, gozosos o vergonzosos.
En más de una ocasión Ottaviani se definió como el “carabiniere della Chiesa”. Lo fue desde su cuartel inquisitorial durante 33 años. Pío XI, en 1935, le confió la ortodoxia ante la “desviación” modernista y el avance del ateísmo marxista. Primero como “asesor”, el segundo de abordo. Luego, como máximo responsable del “Supremo Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición”. Más tarde se llamaría simplemente “Santo Oficio”. El Concilio Vaticano II dulcificaría el nombre: “Sagrada Congregación para la Doctrina del la Fe”. Habia sido “asesor” de la Secretaría Papal con el Papa Ratti. Pío XII temía a Ottaviani, al tiempo que lo consideraba el bastión de la Iglesia. Se conocían de antaño. Habían nacido en la misma calle del Trastevere, la via Vascellari. Pacelli, algunos años antes, de “buena familia”. Ottaviani, el penúltimo de doce hermanos, tuvo como padre a un humilde panadero. Su madre, en horas libres, confeccionaba sobres por encargo. Sus hermanos no pasaron de la escuela primaria. Ottaviani estaba orgulloso de sus orígenes.
Don Plácido Fernández, el Rector del Colegio Español, fue enigmático. En el comedor del Altemps, se me acercó: “Monseñor Parente quiere verte. Es el asesor del Santo Oficio, el segundo de Ottaviani”. Fui al Palazzo. “El Concilio quiere internacionalizar la Curia. Hemos pensado en ti. Tu prelado, el Cardenal Quiroga, ya dió su asentimiento. Por cierto, hace de ti un panegírico. El Cardenal desea verte una vez que hayas defendido tu tesis bíblica. Te daremos el grado máximo en el escalafón: aiutante di studio. Aceptas?” Elogió a Jozef Tomko, el Capo Ufficio de la Sección Doctrinal a la que yo sería adscrito con otros seis nuevos fichajes de cuatro continentes.
Ahora, yo estaba delante del gran Ottaviani, el máximo inquisidor moderno, el terror de teólogos, el coco y la criba de obispos, el mentor de dos Papas, el político instigador del “Pacto de Letran” que en 1929 cerró los 60 años de desencuentro con la República Italiana, el único firme canditato al Papado de la facción perdedora en el Cónclave que prefirió a Roncalli, el elocuente orador en el Concilio, el canonista autor del texto “Derecho Público Eclesiástico” estudiado en casi todos los seminarios. Su presencia, su atuendo, su conversación, nada lo distinguia de un cura bonachón, amable, sin distintivos pontificales. Botones rojos en su sotana.
“Arriba España”. Poco más sabía de español. Y me habló de política. Admiraba a Franco, era entusiasta de nuestro nacionalcatolicismo. Había visitado España. Recordaba con ternura al Cardenal Segura, maltratado por los rojos. “España es la reserva de la Iglesia. No como otros países, por ejemplo, Holanda”. Me entregó una carta sellada y lacrada. “Es tu nombramiento pontificio”, me dijo. “Debes entregársela en mano al Cardenal Fernando Quiroga. Te esperamos dentro de este mes de febrero”. Me despedí.
Pocos saben que Ottaviani, desde siempre, tenía otras ocupaciones, otras pasiones, al margen de su función de cancerbero de la Iglesia. El “Pontificio Oratorio di San Pietro” fue la niña de sus ojos durante toda su vida. Se trataba de un Colegio para niños del Trastevere romano, con sede en un anexo del Palazzo del Sant'Uffizio. A su Oratorio dedicaba los fines de semana y sus horas de asueto. Hacia esa institución desviaba buena parte de las rentas del importante patrimonio del Santo Oficio que el Cardenal administraba sin trabas. El Oratorio estuvo presente en las negociaciones con el gobierno de Mussolini. En efecto, fue Ottaviani quien sugirió que el Palazzo del Sant'Uffizio no fuera formalmente incluido en la Ciudad Estado del Vaticano, no obstante estar dentro de sus muros. Los Pactos Lateranenses califican el Palazzo del Sant' Uffizio como extraterritorial, lo mismo que las tres basílicas mayores y la residencia de Castel Gandolfo. ¿El motivo? Ottaviani alertó al Cardenal Gasparri, plenipotenciario del Papa, sobre un eventual peligro para la educación de los niños trastiberinos. La nueva República Italiana, ahora reconocida, podría dificultar o prohibir el acceso al nuevo Estado de la Ciudad del Vaticano. Eso no sucedería si el Palazzo era meramente extraterritorial, por analogía con los otros inmuebles homónimos.
Un mes después de la mentada entrevista, volví a Roma y me establecí en el Ponticio Colegio Español, el Palazzo Altemps, de Via Sant'Apolinare 8. No por mucho tiempo, porque el Cardenal pensó en mi y me animó a aceptar un apartamento propiedad del Santo Oficio, sito en Via di Pietro Venturi, por una renta testimonial. No sólo. Apenas un mes después, me llamó. “Deberás echar raíces en Roma y tener un automóvil como la mayor parte de tus compañeros”. Cuando le dije lo que él se esperaba, me sorprendiò paternalmente: “no importa, vete de mi parte a monseñor Masci (era el administrador, maestro di casa, así era llamado) y que te dé cuanto necesites para comprarte un buen auto. Devolverás lo prestado cuando puedas y como quieras”. Dos semanas después, tomaba mis primeras vacaciones veraniegas con mi flamante Volkswagen 1600.
Ése era Alfredo Ottaviani. No sólo el martillo de heterodoxos, reales o supuestos. Estaba seguro de todo. Los dogmas eran indiscutibles, sin matizaciones. Concebía a la Iglesia como una pirámide jerárquica, bien trabada, sociedad perfecta, con poderes divinos. El Primado romano tenía poderes absolutos y prevalentes. Además, era infalible. Así lo había instituido Jesús de Nazaret. Lo vivía, lo había enseñado en el Ateneo Lateranense y lo había escrito en su libro. Era doctor en Derecho Eclesiástico. ¿Teología?, la del Denzinger. Quien obedece no se equivoca. Mandaban los Concilios de casi dos milenios, el dogma, que por eso es dogma. No podía admitir de buen grado el revisionismo del Vaticano II. Se consideraba un importante órgano del Primado, del Papado. Su responsabilidad le había llevado a deliberar sobre la posible deposición del Papa Roncalli, en base a doctrina de teólogos salmantinos. A su entender, Roncalli rozaba la heterodoxia. Y su Iglesia necesitaba una cabeza sana que encarnara el Primado diseñado por el Vaticano I. Sufría con los cambios que él no lograba detener. Era autenticamente espiritual. De una pieza.
Despues de medio año en via Pietro Venturi, Ottaviani me ofreció un apartamento dentro del mismo Palazzo, 1ª planta. Acepté. Él residía dos plantas más arriba. Ottaviani tenía por costumbre rezar el Breviario paseando por la terraza del Palazzo, ático, quinta planta. No leía, sabía el oficio de memoria. Lo recitaba en voz alta, siempre con algún oficial. Me llamaba algunas veces, cuando los habituales Casazza o Agustoni no podían acompañarlo. Jamás vi a Ottaviani enfadado. Jamás me regañó. Y creo que lo merecí más de una vez.
Pablo VI, aconsejado por nuevos banqueros -léase Marcinkus-, decidió unificar las diversas Administraciones de la Santa Sede. Ello significaba suprimir la autonomía económica del Santo Oficio. También la de otros dicasterios. No la de Propaganda Fide. Conocí la decepción de Ottaviani. Resultó infructuosa una especial audiencia con el Papa para que desistiera de ese propósito. En una conversación con pocos oficiales, Ottaviani manifestó su profunda preocupación por el Oratorio di San Pietro y también por tener que prescindir de secretas inconfesables ayudas económicas.
Algunas de estas ayudas eran hurtadas al mismo Papa. No era por el Papa personalmente. Era por los adláteres que podrían conocer y difundir lo que debe ocultarse a toda costa. Un secreto deja de serlo cuando se sale de dos. Eclesiásticos degenerados, algunos de altísimo rango, en vías de recuperación, enclaustrados por sus delitos, o castigados con remoción de cargo y de lugar. Compensaciones económicas por reales abusos sexuales, o de otra índole, celados a la opinión pública. Seguimiento, patrocinio y colaboración con el partido demócrata cristiano de Don Sturzo. Identificación, marginación y persecución de los comunistas, enemigos de la Iglesia.
Pude verlos casualmente. El armario no estaba cerrado. Dentro había cientos de carpetas desordenadas con miles de fichas. Pregunté a un veterano colega. “Son las fichas de militantes comunistas del Partido de Togliati. Debemos bajarlas al Archivo”. Eran los años del bipartidismo italiano. Los comunistas pisaban los talones a los demócratacristianos. Éstos buscaban el apoyo del Vaticano. Sin ese apoyo hubieran perdido. La cruzada jesuítica, impulsada por Pio XII, había declinado. Pero el Decreto de 1949, redactado por Ottaviani, seguía vigente. El Comunismo era perverso y condenable. Excomunión automática a los católicos que se afiliaran o colaboraran. Ottaviani no podía, no quería, aflojar.
Pero Ottaviani tuvo que tolerar, más que aceptar, el Concilio Vaticano II. También vi los voluminosos “esquemas” elaborados en el Santo Oficio bajo los auspicios y la ideología del Santo Oficio. Estaban a punto para ser propuestos a los Padres Conciliares. Convencido como estaba de su ortodoxia y de su oportunidad, el Cardenal esperaba su consecuente aprobación. Todos sabemos lo sucedido. Desde el primer día, tras el discurso del Cardenal francés Liénart, el Concilio derivó en motín contra la Curia personificada en Ottaviani. Fue abucheado, pitado. Se calló, pero no cedió. Sólo le quedó la sensación de que el Concilio se había equivocado. La doctrina conciliarista del siglo XV ya había sido definitivamente abolida por Pío IX y su Vaticano I. La Iglesia era una, romana, dogmática, divina, y semper idem.
Pablo VI decidió desembarazarse de Ottaviani. Sabía que Ottaviani no ejecutaría el Concilio sin una dura lucha cotidiana. Montini ideó la jubilación forzosa generalizada a los 75 años, 80 años para entrar en el Cónclave. Se comentaba entre nosotros. El Papa hamlético resolvió un problema particular con una norma general. Ottaviani, 78 años, dimitió. Sobreviviría 11 años a su defenestración. Seguí de vecino suyo en el Palazzo durante otros siete años. Asistía a las reuniones de los miércoles como miembro de la Plenaria. Seguro de sí mismo, fiel a sus convicciones, a sus amigos, a sus muchachos del Oratorio, a su Iglesia. Desaparecido Montini, Ottaviani sin mando, un nuevo Papa integrista llegó de la Polonia resistente y martirizada. El Concilio es frenado por la Curia, la fiel poderosa hija de Ottaviani. Seper, su sucesor, un croata débil e inexperto, se encoge de hombros o se deja enredar por los neocons. Y viene Ratzinger quien hace bueno a Ottaviani, mi superior, mi amigo.
Nota aclaratoria.- Este artículo fue publicado en enero 2010 y colgado en varios portales. Algunos lectores, conocedores de su existencia, lo echaron de menos en mi blog y me lo piden. Lo reproduzco ahora con el fin de facilitar el acceso al mismo.
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That's way more clever than I was expecting. Takhns!
Enhorabuena, Don celso. Admiro sus escritos, son increíblemente bellos, ilustrativos e iluminadores. Muchas, muchas gracias por este artículo, literariamente magnífico, y lleno de información histórica muy interesante. Esperamos más.
Lamento que haya gente como "insistiendo" que sólo sepa VER sus propias locuras.
No acostumbro a poner comentarios, pero leo varios posts, entre ellos y principalmente los de Celso. Me encantan. Hoy quiero intervenir para mostrar mi profundo desagrado con este señor o señora que, bajo diversos niks (memoriafotografica y otros), insiste en denigrar a Celso por algo que ha quedado perfectamente aclarado por Carmen. Además, el asunto no era importante, ni base para acosar a nadie. Este comentarista demuestra ser un zángano que no tiene otra cosa en que ocuparse, deja claro que es malo, maléfico e indeseable. Debería avergonzarse de sí mismo. Los lectores sentimos repugnancia por su comportamiento. Resulta duro admitir que existen personas de esa calaña.
Creí que no era necesaria una explicación, pero, ante la insistencia de "memoriafotográfica" (también con otros niks), debo aclararlo. Yo puse ese comentario desde el PC portátil de Don Celso. Yo no sabía que todo lo que se ponga desde su PC aparece como escrio por él. Luego me enteré. En un principio no le dí importancia. No podía cambiarse la autoría y fue borrado. Quiero reivindicar ese elogioso comentario. Soy entusiasta de los escritos de Celso quien nos abre los ojos en terrenos alejados y oscuros. Hablé del incidente con el director de RD. El equipo informático procede a borrar el aludido comentario cada vez que sale atribuyéndolo erróneamente al autor del post. Espero que el insistente comentarista desista de colgar comentarios y deje descansar a los informáticos. Es de justicia. En lo que de mí procede, pido perdón. Gracias.
En los últimos días aparecían comentarios sospechosos de alguien con nik memoriafotografica. Probablemete tenían que ver con virus. Han sido eliminados. Enhorabuena a los técnicos informáticos de RD. Aunque caben todas las opiniones, este excelente artículo no merece ser empañado con comentarios raros ni con fallos de cualquier otro signo. Ahora, Celso nos ofrece otro post, Ivan Illich, con el que nos ilustra sobre la actividad del siempre temido y denostado Santo Oficio, otrora Santa Inquisición. En aras de la transparencia, sigue Celso.
Amigo Ruso: El dialogo se traba donde hay fundamentalismo: El fundamentalista no usa su propia cabeza. Para él todo ya está dicho: Lo dice el dogma, el Papa infalible, y punto.
Estimado Celso: Por razón de saúde estiven ausente no seguimento do teu Blog. Volvín a reler o que nos contas sobre a túa experiencia nos órganos de poder da Curia Vaticana. Limítaste, como bo xurista, a relatar feitos seguindo aquela máxima forense: “Da mihi facta et dabo tibi iura” que hai trinta anos nos obrigaba aos avogados a pasar por alta os fundamentos xurídicos e pedir a venia especial ao Tribunal para aportar algunha reflexión xurídica. Neste caso seguindo tamén a máxima: “Iura novit curia”.
Non te deixes afectar polos comentarios con argumentos “ad hominem” que algúns participantes che adican .Como sempre é un pracer lerte polos feitos tan ilustrativos e con información de primeira man que nos achegas para comprender os vendavais que azoutan na Barca de Pedro desde hai anos. Con afecto.
Franz, yo no estoy en contra del diálogo. Pero cuando un hereje se mantiene en su herejía, y es lo que os suele pasar a vosotros, no queda otra opción que situarle visiblemente en el lugar que él mismo se ha situado espiritual y eclesialmente. San Pablo no se andaba por las ramas. Decía que los que enseñaban un evangelio diferente -caso de Queiruga y Masiá, por no ir muy lejos-, eran anatema. O sea, a la calle. Fuera con ellos.
El drama de la Iglesia hoy en día es exactamente el contrario del que vosotros decís. Habláis de inquisiciones cuando la verdad es que no habríais durado ni un minuto en la comunión eclesial en tiempos apostólicos y post-apostólicos. El error no es ser duro con vuestros errores. El error es haberos permitido creer que sois católicos cuando lo no sois.
Vaya a saber Porquero, estas gentes estaban acostumbrados a atacar al Papa y a la jerarquía sin obtener respuesta, para sorpresa suya, respondemos laicos "sin instrución", como nos llaman, no conciben la fidelidad de los laicos que respondemos.
Ahora sabemos como trabajais Eduardo, ahora detectaremos cuando intentais contaminar a aquellos que se han salvado de vuestra prédica, ganaremos, no te preocupes, el Señor está con nosotros, ¿por qué no vuelves con nosotros?, te queremos.
Cuanto el profesor Alcaina nos relata es muy importante para relativizar y enjuiciar lo que proviene de Roma. Otros testimonios del mismo autor en su blog así como noticias diversas nada sospechosas nos ponen en guardia ante dictámenes, enseñanzas y normas pontificias. Ahora sabemos cómo se cuecen y promulgan.
¿Que entendeís por diálogo Franz?, sin duda a sentarnos y sacar la conclusión de que cada uno pueda decir lo que quiera y presentarlo como católico aunque no lo sea, aunque vaya contra la doctrina, de no ser así, resulta que nos oponemos al diálogo, ya conocemos el juego, en el que hay que jugar según vuestras reglas y no participamos, gracias.
¿Cuantos herejes condenados han sido rehabilitados?, solo se me ocurre Juana de Arco y fue un proceso político llevado por la presión de los ingleses. Otros fueron sospechosos o perseguidos, pero no condenados, como S. José de Calasanz o fray Luis de León y detrás había intrigas de enemigos suyos, no herejias.
Respuesta a El porquero de A.:
Una cosa es admitir la herejía, otra discernir entre la herejía y la verdad. Como bien abjao comenta Memoria fotografico sobre herejes que posteriormente han sido rehabilitados por la misma autoridad eclesiástica. Una cosa es admitirla, otra reprimirla autoritariamente. El camino es el diálogo, la meta la verdad. Y, esta es para los creyentes Jesús de Nazaret. Él no ha expulsado a nadie, ni siquiera a su traidor. Se fue solo ...dentro de la noche.
Jaime y afines,
No lograréis convencer a porquero y a otros semejantes personajes. Es inútil. Son rebaño. Necesitan pastor. No han reconocido que los herejes de otros tiempos son rehabilitados y reconocidos en tiempo posterior. Incluso los jerarcas han tenido que pedir perdón por las erróneas condenas lanzadas por sus predecesores. No hablemos ya de las cremaciones de sus cuerpos y libros. Llegan siempre tarde y a remolque. Se sienten seguros y tranquilos en sus sedes. El status quo es lo que quiere cualquier gobernante con poder. Son los heterodoxos los que han hecho avanzar la Iglesia, como son los revolucionarios los que han hecho avanzar la sociedad civil.
Os recomiendo la lectura del último artículo del P. Fortea:
http://blogs.periodistadigital.com/padre-fortea.php/2010/08/13/los-grandes-teologos-del-manana-hoy-son-desconocid
Dice:
... aquellos que en la Iglesia se oponen frontalmente a la Tradición, aun en el caso de que obtengan un fugaz triunfo, serán finalmente vencidos y superados por la Tradición, la Tradición les sobrevivirá.
Nada más lejos de mí querer decir con esto que no hay necesidad de reformas, que no hay que proponer cambios, que no hay que ser renovador. Pero todo esto hay que hacerlo dentro de la Tradición, dentro de la comunión, dentro de la obediencia. De lo contrario, la misma dinámica interna del cambio, acaba fagocitando los mismos cambios. Es la revolución que devora a sus hijos.
Tomad nota.
O sea, Franz, según tú una Iglesia que no admita la herejía ni la propagación de una eclesiología contraria a su esencia, es una secta. Entonces la Iglesia Católica ha sido durante 20 siglos una secta, ya que desde el primer siglo se denunciaba y expulsaba a los herejes. Pues hale, ya sabes donde tienes la puerta.
Sabemos que bajo Ratzinger y su vanguardia el Opus Dei, se piensa purificar la Iglesia bajo los parámetros de Ottaviani, aunque numericamente se reduzca, pero institucionalmente se sería reforzada.
El camino seguro para convertirse en una secta más. Es exactamente la copia del fariseismo que marginaba a todos quienes no se "santifican" como ellos. Jesús con su mensaje abierto a todos de buena voluntad, quedará atrás. Falta solo el lema: Jesús soy yo, el Papa, su Iglesia mis vasallos.
Grande el Cardenal Ottaviani, como acertó, con la Iglesia holandesa desde luego, se autoextinguieron ellos solos y lo mejor es que algunos pretenden que los demás sigamos sus pasos.
Lo único que el problema no estaba en el Vaticano II, si no en la manipulación que hicieron y que algunos siguen intentando hacer de este, pero ya no cuela, aunque a algunos les fastidie oírlo, son Juan Pablo II y Benedicto XVI quienes lo han aplicado correctamente, a Pablo VI no le dejaron hacerlo, pero el tiempo está poniendo en su lugar a quienes justificaron y justifican sus herejías en nombre del concilio.
Gracias Celso, por este relato tan vivo y lleno de informacion historica, dificil de conocer por otros medios.
Jaime, en el catolicismo existe una cosa que se llama magisterio, al cual deben de someterse todos los fieles. El católico, si en verdad lo es, practica seguidismo de la doctrina de la Iglesia, En el protestantismo, por el contrario, existe el libre examen. Cada cual puede interpretar la Biblia como crea oportuno. No hay una jerarquía eclesiástica que pueda imponer nada. Vosotros no sois católicos. Sois otra cosa. Muy respetable, pero otra cosa. Es normal que no tengáis futuro alguno dentro de la Iglesia Católica.
Es cierto que los seminaristas y los jóvenes comprometidos son menos ahora que hace décadas. Pero los que son, los que hay, son católicos en el sentido tradicional del término. Sea cual sea el futuro "numérico" de la Iglesia, su condición espiritual y eclesial será justo la contraria de lo que vosotros representáis. La Iglesia será más pequeña, con menos bautizados y menos fieles, pero más auténtica. Pero sin vosotros dentro. No dejáis herederos.
Total la autentica encarnación del evangelio de Jesus, con componendas de toda clase por mantener el poder ...y el dinero claro, su base. ¿Hay que aplaudir o llorar? Por unos momentos crei estar leyendo una biografia de Hitler o de Stalin. Eso si con episodios de piedad. Tambien de Stalin se cuenta alguno.
Porquero,
Afortunadamente, somos muchos los cristianos críticos. Y son muy pocos los "seminaristas y jovenes comprometidos". Apenas quedan seminaristas. Consecuentemente van disminuyendo los clérigos. Cada día son menos los comprometidos. Los curas pensantes abandonan. Los que se quedan van mermando hasta límites impensables. Y las "ovejas del rebaño" van desentendiéndose del pastor. Ya son pocos los que toman en serio cualquiera enseñanza o directriz que provenga de Roma o de los obispos. No nos hacen falta seguidores. Es precisamente lo que sobra: el seguidismo. Somos seres racionales y libres. Como tales, autónomos intelectualmente. No queremos que nos sigan. Sólo que alegremente se atrevan a caminar por el sendero elegido por ellos mismos.
¿Cómo lleváis el hecho de que se os acaba la vida y vuestro concepto sobre la Iglesia y el Concilio va a desaparecer con vuestra llegada a la tumba?
Porque no me negaréis que entre los seminaristas y los jóvenes "comprometidos", vuestras ideas sobre la Iglesia, vuestras tesis post-conciliares, son prácticamente inexistentes.
Los grandes herejes tuvieron seguidores que prolongaron sus herejías a lo largo de los siglos. Algunos incluso hasta ahora. Vosotros no dejáis nada. Vuestros errores morirán con vosotros.
Es importante respirar aire fresco, abrir ventanas, no asfisiarse en las celdas jerárquicas. Continuamente nos bombardean los clérigps con sus enseñanzas, sus dogmas, sus moralinas. Una voz crítica nos ayuda a reafirmar nuestra personalidad, a dejar de ser cretinos. El artículo de Celso, como otros escritos de su autoría, me ayuda a permanecer todavía en la Iglesia. Por lo demás, Celso, con toda nobleza, sabe ver y apreciar lo positivo allí donde se encuentre. Incluso en Ottviani, el moderno inquisidor.
Me encantó leer este valiente y magnífico artículo. En él se describe el ambiente de esa poderosa estructura de la curia vaticana y hace entrever que hay mucho más de lo que aquí aparece. Gracias por tener la valentía de darnos tan interesante información de primera mano.
Enhorabuena Celso.Ya lei este articulo en Atrio, pero siempre me agrada releerte.Continua dandonos tus recuerdos de esas altas esferas vaticanas que tanto tienen que callar.Hasta el mismisimo Jesucristo perderia la Fe y renegaria de lo que fundo ,si trabajase y viviese con semejantes individuos.
A ver si algún día dices algo bueno, que se te nota el plumero un poco.
Este articulo ya lo publicaste en ATRIO el 20-Enero-2010. Por lo que he leído es un refrito de otros artículos y algo tuyo.
¿No has pensado alguna vez publicar algo positivo de la Iglesia? ¡Animo!
Es curioso el doble rasero de los integristas. Por una parte, el Papa es absoluto y tiene todo el poder, pero por otro, llegan a pensar en deponer a Juan XXIII por heterodoxo. ¿En qué quedamos? Así que conciliarismo no, excepto el nuestro, de la curia y Papa absoluto sí, si es que piensa como nosotros.
Gracias, Celso. Conocía este artículo, pero me agrada encontrarlo en tu blog al que accedo frecuentemente. Una joya histórica y literaria.
Martes, 29 de mayo
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola