Encuentros con la Palabra

“Yo soy el pan vivo”

17.06.17 | 03:06. Archivado en Encuentros, CicloA

Santísimo Cuerpo y la Sangre de Cristo – Ciclo A (Juan 6, 51-58) 18 de junio de 2017

Había una vez un pan malo que, tan pronto salió del horno, fue colocado, contra su voluntad, en la vitrina de la panadería junto a otros muchos panes. Poco a poco los clientes se fueron llevando todos los panes y sólo quedó el pan malo que siempre que trataban de agarrarlo, gritaba y protestaba para que no lo tocaran. De pronto, llegó una señora a comprar pan y, como no encontró más, se llevó el pan malo que refunfuñó disgustado: – “¿A dónde cree que me lleva?” La señora le dijo: –“Pues te llevo a mi casa, donde hay cuatro niños que te esperan para poder ir a la escuela a estudiar todo el día”. El pan malo no tuvo más remedio que dejarse llevar, pero siguió refunfuñando para sus adentros... Tan pronto estuvo en medio de la mesa del comedor de la familia y se sintió amenazado por los cuatro niños, comenzó a gritar: –“¡No tienen derecho a hacerme daño! ¡Yo no quiero que me partan, ni estoy dispuesto a que me coman! ¡No lo voy a aceptar de ninguna manera!”.

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“Paz a ustedes”

03.06.17 | 04:41. Archivado en Encuentros, CicloA

Solemnidad de Pentecostés – Ciclo A (Juan 20, 19-23) 4 de junio de 2017

Fray Timothy Radcliffe, antiguo Maestro de la Orden de Predicadores, comentaba hace algún tiempo el texto bíblico que nos propone la liturgia del domingo de Pentecostés. En su libro, El oso y la monja (Salamanca, San Esteban, 2000, 89-92), llamaba la atención sobre el abismo que existe entre la paz que buscamos nosotros, y la paz que el Señor nos regala. Cuando los once discípulos estaban encerrados en una casa por miedo a los que habían matado al Profeta de Galilea, el Resucitado vino hasta ellos y les dijo: “¡La paz sea con ustedes!” y ellos “se alegraron de ver al Señor”. Pero la paz que les traía los iba a sacar de la paz del encierro y la soledad... En seguida les dijo: “Como el Padre me envió, también yo los envío”. El Resucitado los desinstala, los saca de su escondite, de su búsqueda egoísta de seguridad. La paz que el Señor nos trae, no siempre se parece a la nuestra...

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“Yo estaré con ustedes todos los días”

25.05.17 | 22:58. Archivado en Encuentros, CicloA

Solemnidad de la Ascensión del Señor – Ciclo A (Mateo 28, 16-20) 28 de mayo de 2017

Hay personas a las que les cuestan, particularmente, las despedidas. Son momentos muy intensos, en los que se expresan muchos sentimientos que duermen en el fondo del corazón y tienen miedo de salir a la luz y expresarse de una manera directa. Pero, en estos momentos, saltan inesperadamente y sorprenden a unos y a otros... Despedirse es decirse todo y dejar que el otro se diga todo en un abrazo que contiene la promesa de seguir presente a pesar de la ausencia.

Salta a mi memoria, en esta solemnidad de la Ascensión del Señor, la poesía que Gloria Inés Arias de Sánchez escribió para sus hijos, y que lleva por título: «No les dejo mi libertad, sino mis alas». Como ella, el Señor se despide de sus discípulos, ofreciéndoles un abrazo en el que se dice todo y nos regala la promesa de su presencia misteriosa, en medio de la ausencia:

“Les dejo a mis hijos no cien cosechas de trigo sino un rincón en la montaña, con tierra negra y fértil, un puñado de semillas y unas manos fuertes labradas en el barro y en el viento. No les dejo el fuego ya prendido sino señalado el camino que lleva al bosque y el atajo a la mina de carbón. No les dejo el agua servida en los cántaros, sino un pozo de ladrillo, una laguna cercana, y unas nubes que a veces llueven. No les dejo el refugio del domingo en la Iglesia, sino el vuelo de mil palomas, y el derecho a buscar en el cielo, en los montes y en los ríos abiertos. No les dejo la luz azulosa de una lámpara de metal, sino un sol inmenso y una noche llena de mil luciérnagas. No les dejo un mapa del mundo, ni siquiera un mapa del pueblo, sino el firmamento habitado por estrellas, // y unas palmas verdes que miran a occidente.

No les dejo un fusil con doce balas, sino un corazón, que además del beso sabe gritar. No les dejo lo que pude encontrar, sino la ilusión de lo que siempre quise alcanzar. No les dejo escritas las protestas, sino inscritas las heridas. No les dejo el amor entre las manos, sino una luna amarilla, que presencia cómo se hunde la piel sobre la piel, sobre un campo, sobre un alma clara. No les dejo mi libertad sino mis alas. No les dejo mis voces ni mis canciones, sino una voz viva y fuerte, que nadie nunca puede callar. Y que ellos escriban, ellos sus versos, Como los escribe la madrugada cuando se acaba la noche. Que escriban ellos sus versos; por algo, no les dejo mi libertad sino mis alas...”

“Los once discípulos se fueron a Galilea, al cerro que Jesús les había indicado. Y cuando vieron a Jesús, lo adoraron, aunque algunos dudaban. Jesús se acercó y les dijo: –Dios me ha dado autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*

* Sacerdote jesuita, Profesor Asociado de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá
Si quieres recibir semanalmente estos “Encuentros con la Palabra”,
puedes escribir a herosj@hotmail.com pidiendo que te incluyan en este grupo.


“Yo estaré con ustedes todos los días”

25.05.17 | 22:55. Archivado en Encuentros, CicloA

Solemnidad de la Ascensión del Señor – Ciclo A (Mateo 28, 16-20) 28 de mayo de 2017

Hay personas a las que les cuestan, particularmente, las despedidas. Son momentos muy intensos, en los que se expresan muchos sentimientos que duermen en el fondo del corazón y tienen miedo de salir a la luz y expresarse de una manera directa. Pero, en estos momentos, saltan inesperadamente y sorprenden a unos y a otros... Despedirse es decirse todo y dejar que el otro se diga todo en un abrazo que contiene la promesa de seguir presente a pesar de la ausencia.

Salta a mi memoria, en esta solemnidad de la Ascensión del Señor, la poesía que Gloria Inés Arias de Sánchez escribió para sus hijos, y que lleva por título: «No les dejo mi libertad, sino mis alas». Como ella, el Señor se despide de sus discípulos, ofreciéndoles un abrazo en el que se dice todo y nos regala la promesa de su presencia misteriosa, en medio de la ausencia:

“Les dejo a mis hijos no cien cosechas de trigo sino un rincón en la montaña, con tierra negra y fértil, un puñado de semillas y unas manos fuertes labradas en el barro y en el viento. No les dejo el fuego ya prendido sino señalado el camino que lleva al bosque y el atajo a la mina de carbón. No les dejo el agua servida en los cántaros, sino un pozo de ladrillo, una laguna cercana, y unas nubes que a veces llueven. No les dejo el refugio del domingo en la Iglesia, sino el vuelo de mil palomas, y el derecho a buscar en el cielo, en los montes y en los ríos abiertos. No les dejo la luz azulosa de una lámpara de metal, sino un sol inmenso y una noche llena de mil luciérnagas. No les dejo un mapa del mundo, ni siquiera un mapa del pueblo, sino el firmamento habitado por estrellas, // y unas palmas verdes que miran a occidente.

No les dejo un fusil con doce balas, sino un corazón, que además del beso sabe gritar. No les dejo lo que pude encontrar, sino la ilusión de lo que siempre quise alcanzar. No les dejo escritas las protestas, sino inscritas las heridas. No les dejo el amor entre las manos, sino una luna amarilla, que presencia cómo se hunde la piel sobre la piel, sobre un campo, sobre un alma clara. No les dejo mi libertad sino mis alas. No les dejo mis voces ni mis canciones, sino una voz viva y fuerte, que nadie nunca puede callar. Y que ellos escriban, ellos sus versos, Como los escribe la madrugada cuando se acaba la noche. Que escriban ellos sus versos; por algo, no les dejo mi libertad sino mis alas...”

“Los once discípulos se fueron a Galilea, al cerro que Jesús les había indicado. Y cuando vieron a Jesús, lo adoraron, aunque algunos dudaban. Jesús se acercó y les dijo: –Dios me ha dado autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*

* Sacerdote jesuita, Profesor Asociado de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá
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“No los voy a dejar huérfanos”

17.05.17 | 17:26. Archivado en Encuentros, CicloA

Sexto Domingo de Pascua – Ciclo A (Juan 14, 15-21) 21 de mayo de 2017

Hace ya unos años, leí en un periódico colombiano un mini cuento que se llamaba Un minuto de silencio y decía: “Antes del encuentro de fútbol –graderías llenas, grandes manchas humanas de colores movedizos– se pidió un minuto de silencio por cada uno de los asesinados. El país permaneció 50 años en silencio".

En un editorial de la revista Theologica Xaveriana (Enero-Marzo de 2002), titulado «Ni guerra santa, ni justicia infinita», se incluyó la declaración que hizo pública la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, con motivo del “vil asesinato de Monseñor Isaías Duarte Cancino”, Arzobispo de Cali, asesinado por sus críticas a una sociedad narcotizada y arrodillada ante el poder de los violentos. En uno de sus apartes, esta declaración decía: “Y en medio del silencio en el que nos deja la consternación frente a este magnicidio, creemos que es insoslayable preguntarnos en profundidad por las complejas causas no sólo de este homicidio sino el de tantas colombianas y colombianos que mueren de similar forma todos los días y que ya suman la aterradora cifra de 250.000 en los últimos diez años”… han pasado 15 años desde esta declaración… y el número de los muertos siguió aumentando.

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“El que me ha visto a mi, ha visto al Padre”

13.05.17 | 02:02. Archivado en Encuentros, CicloA

Quinto Domingo de Pascua – Ciclo A (Juan 14, 1-12) 14 de mayo de 2017

Cada vez que nace un niño o una niña, la gente va a visitar a los nuevos padres, que se alegran de una vida nueva que llega al mundo. El comentario que no puede faltar nunca en este tipo de visitas es: “Igualito al papá”... “Tiene la misma nariz de la mamá”... “Cómo se parece al abuelo”... “sacó los mismos cachetes de la abuela”... Las mujeres son más capaces de encontrar estas similitudes que, muchas veces, a los hombres nos parecen exageraciones propias de la sensiblería. No voy a entrar a dirimir quién tiene la razón, pero sí creo que es “normal” que los hijos y las hijas se parezcan a su papá y a su mamá... Eso es lo menos que se puede esperar...

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“Yo soy la puerta”

06.05.17 | 02:12. Archivado en Encuentros, CicloA

Cuarto Domingo de Pascua – Ciclo A (Juan 10, 1-10) 7 de mayo de 2017

Hace varios años, a las afueras de Villa Carrillo, un pequeño pueblo de la provincia de Jaén, en España, conocí a Francisco, un pastor que cuidaba un rebaño de unas 400 ovejas y algunas cabras que, efectivamente, están más locas que las ovejas... Pasé todo un día caminando con Francisco por valles y collados, pastoreando su rebaño. Fue un día lleno de novedad y enseñanzas para mi; experimentar de cerca la vida de un pastor, ver cómo conoce a sus ovejas y como las ovejas lo conocen a él; cuando se iban alejando demasiado del rebaño, Francisco les gritaba y todas, reconociendo su voz, volvían la cabeza y regresaban, mansamente, hacia el pastor. Fue un día maravilloso de contemplación de la naturaleza y de esa hermosa relación entre el pastor que guía a sus ovejas hacia fuentes tranquilas, y las conduce por verdes praderas, donde las hace recostar... Al caer la tarde me tocó ser testigo de la forma como las ovejas y las cabras, con una sumisión admirable, entraban, casi saltando de la dicha, al corral para pasar una noche tranquila y segura bajo el amparo del buen pastor. Evidentemente, las ovejas entran por una puerta, y las cabras por otra...

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“El corazón nos ardía”

28.04.17 | 21:56. Archivado en Encuentros, CicloA

Tercer Domingo de Pascua – Ciclo A (Lucas 24, 13-35) 30 de abril de 2017

Cuando llegamos a nuestra habitación o a nuestra casa, ya caída la noche, cansados por las labores del día, casi sin darnos cuenta, mecánicamente, dirigimos nuestra mano hasta el interruptor que está junto a la puerta. Lo oprimimos y se desencadenan una serie de órdenes que hacen que los dos polos de la corriente eléctrica se unan a través de un filamento para producir el milagro de la luz. Este es, exactamente, el mecanismo que se produce en la vida espiritual cuando dejamos que entren en contacto dos realidades que están a la mano en nuestra cotidianidad: la Vida y la Palabra; cuando se unen la Vida y la Palabra, se produce, casi milagrosamente, la luz en nuestro interior. Eso que parecía oscuro, al fondo del túnel de la desesperanza, se ilumina y hace que nuestro corazón arda al calor del encuentro con el Resucitado. Te invito a que mires tu realidad, alegre o trágica; mírala en toda su verdad, sin decirte mentiras ni pretender maquillarla para que aparezca más bonita y presentable ante tus ojos. Mira tu realidad de frente, sin engaños ni apariencias. Deja que surjan, ante esta realidad, tus sentimientos, tus emociones, tus pensamientos... Puedes responder preguntas como: ¿Qué ha pasado hoy en tu vida? ¿Qué te duele? ¿Qué te aflige? ¿Dónde sientes que te está tallando el zapato?

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“No seas incrédulo; ¡cree!”

22.04.17 | 00:05. Archivado en Encuentros, CicloA

Segundo Domingo de Pascua – Ciclo A (Juan 20, 19-31) 23 de abril de 2017

En alguna parte leí la historia de un montañista que, desesperado por conquistar el Aconcagua, inició su travesía, después de años de preparación. Quería la gloria sólo para él, por lo tanto subió sin compañeros. Empezó a subir y se le fue haciendo tarde, y no se preparó para acampar, sino que siguió subiendo, decidido a llegar a la cima. Oscureció, la noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña; ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era oscuro, cero visibilidad, no había luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes. Subiendo por un acantilado, a solo cien metros de la cima, se resbaló y se desplomó por los aires... Bajaba a una velocidad vertiginosa; solo podía ver veloces manchas cada vez más oscuras que pasaban en la misma oscuridad y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad.  Seguía cayendo... y en esos angustiantes momentos, pasaron por su mente todos sus gratos y no tan gratos momentos de la vida; pensaba que iba a morir; sin embargo, de repente sintió un tirón tan fuerte que casi lo parte en dos... Como todo alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo amarraba de la cintura.  En esos momentos de quietud, suspendido por los aires, no le quedó más que gritar: «¡Ayúdame, Dios mío!»

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“No seas incrédulo; ¡cree!”

22.04.17 | 00:04. Archivado en Encuentros, CicloA

Segundo Domingo de Pascua – Ciclo A (Juan 20, 19-31) 23 de abril de 2017

En alguna parte leí la historia de un montañista que, desesperado por conquistar el Aconcagua, inició su travesía, después de años de preparación. Quería la gloria sólo para él, por lo tanto subió sin compañeros. Empezó a subir y se le fue haciendo tarde, y no se preparó para acampar, sino que siguió subiendo, decidido a llegar a la cima. Oscureció, la noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña; ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era oscuro, cero visibilidad, no había luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes. Subiendo por un acantilado, a solo cien metros de la cima, se resbaló y se desplomó por los aires... Bajaba a una velocidad vertiginosa; solo podía ver veloces manchas cada vez más oscuras que pasaban en la misma oscuridad y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad.  Seguía cayendo... y en esos angustiantes momentos, pasaron por su mente todos sus gratos y no tan gratos momentos de la vida; pensaba que iba a morir; sin embargo, de repente sintió un tirón tan fuerte que casi lo parte en dos... Como todo alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo amarraba de la cintura.  En esos momentos de quietud, suspendido por los aires, no le quedó más que gritar: «¡Ayúdame, Dios mío!»

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“No tengan miedo”

14.04.17 | 15:31. Archivado en Encuentros, CicloA

Primer Domingo de Pascua – Ciclo A (Mateo 28, 1-10) 16 de abril de 2017

El miedo es un sentimiento de angustia por un riesgo o daño real o imaginario. El miedo nos paraliza y bloquea. No somos capaces de superarlo si no desaparece la amenaza que tenemos delante. Cuando sentimos miedo, regresamos un poco a nuestra propia infancia, reviviendo situaciones en las que nos sentíamos indefensos ante situaciones que no éramos capaces de manejar o frente a las cuales nos sentíamos impotentes. Pero la única manera de superar el miedo es también recurriendo a las experiencias propias de la infancia: recordando momentos en los que nos hemos sentido acompañados, apoyados, respaldados, afirmados por alguien que nos inspiraba seguridad.

Recuerdo una historia que me contó alguna vez el Padre Luis Carlos Herrera: “Viajando de Lima a Río de Janeiro una noche de junio, se desató de improviso una tempestad entre las nubes densas del Mato grosso. Temblaba como una hoja el gigantesco aparato, en medio de fogonazos y relámpagos que causaban revuelo y nerviosismo entre todos los pasajeros. Yo leía El Relato de un Náufrago de García Márquez. Permanecí tranquilo en un primero momento, pero no fui capaz de seguir la lectura... Una niña, a mi lado, leía con pasmosa serenidad, recostada en su silla. Ni siquiera se ajustó el cinturón. Al arreciar la tormenta, le dijo la azafata: «¡Ponte el cinturón! ¿No te das cuenta del peligro en el que estamos en estos momentos?» La niña cerró el libro y dijo con tono sosegado: «Papá es el piloto. ¡Tranquila, señora, que él maneja muy bien!» Recordé las palabras de Jesús en la tormenta del lago: «¡Hombres de poca fe!» Al llegar a Rio de Janeiro, al amanecer, no hubo ningún contratiempo. Bajamos apresurados la escalerilla... y vimos el abrazo y el beso de felicitación que la niña daba a su padre. Emocionados aplaudimos el hecho”.

“Pasado el día de reposo, cuando ya amanecía, el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron al sepulcro. De pronto hubo un fuerte temblor de tierra porque un ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose al sepulcro, quitó la piedra que lo tapaba y se sentó sobre ella. El ángel brillaba como un relámpago, y su ropa era blanca como la nieve. Al verlo, los soldados temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel dijo a las mujeres: – No tengan miedo. Yo sé que están buscando a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, sino que ha resucitado. Como dijo. Vengan a ver el lugar donde lo pusieron. Vayan pronto y digan a los discípulos: ‘Ha resucitado, y va a ir a Galilea antes que ustedes; allí lo verán’. Esto es lo que tenía que decirles.

Mientras las mujeres abandonaban rápidamente el sepulcro, llenas de miedo, pero con mucha alegría por la noticia que habían acabado de recibir, se encontraron con el Resucitado, que les dijo casi lo mismo: “–No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea, y que allá me verán”. Tal vez este sea el mensaje más importante que nos trae la Pascua: “No tengan miedo”. No se dejen vencer por las dudas, por la desconfianza, por el temor. Jesús se hará presente en su vida ordinaria, en la cotidianidad de Galilea. Jesús estará junto a nosotros en el trabajo, en la vida de familia, en el encuentro con la misión. Las situaciones que vivimos, muchas veces nos pueden llenar de miedo, pero la presencia del resucitado nos invita a confiar en su presencia constante. No podemos olvidar nunca que «Papá es el piloto, y él maneja muy bien».

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*

* Sacerdote jesuita, Profesor Asociado de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá
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“Guarda tu espada en su lugar”

06.04.17 | 15:57. Archivado en Encuentros, CicloA

Domingo de la Pasión del Señor o de Ramos – Ciclo A (Mateo 26, 14 – 27, 66) 9 de abril de 2017

Hace algunos años, decía el titular de un periódico: “Ministro de defensa pide aumentar el gasto militar y bajar la inversión social”. Algunos siguen viviendo una especie de euforia guerrerista. Nos cuesta creer en la salida negociada a los conflictos sociales, grupales, interpersonales, e incluso personales. Vemos los embates de la violencia en todo el mundo; baste mencionar la guerra que parece eterna entre Israel y Palestina o las múltimples guerras africanas que apenas encuentran espacios en los titulares de los grandes medios de comunicación. Por todas partes parece imponerse, la Ley del Talión: Ojo por ojo y diente por diente, como si la violencia se pudiera combatir con la violencia. Como si sobre una derrota militar del enemigo se pudiera construir la única paz posible... Sin embargo, la historia nos ha demostrado más de una vez que la paz no se construye con la guerra: “Todos los que pelean con la espada, también a espada morirán”, decía bien Jesús en Getsemaní cuando fue arrestado. No fue fácil para Jesús dar este paso ni es fácil hoy levantar esta bandera en un contexto en el que hay tantos entusiasmados con la guerra. Erasmo de Rotterdam decía que la guerra era dulce sólo para el que no la ha probado… Hoy diríamos que también es dulce para el que vive de ella…

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Jueves, 17 de agosto

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