Encuentros con la Palabra

“Yo estaré con ustedes todos los días”

25.05.17 | 22:58. Archivado en Encuentros, CicloA

Solemnidad de la Ascensión del Señor – Ciclo A (Mateo 28, 16-20) 28 de mayo de 2017

Hay personas a las que les cuestan, particularmente, las despedidas. Son momentos muy intensos, en los que se expresan muchos sentimientos que duermen en el fondo del corazón y tienen miedo de salir a la luz y expresarse de una manera directa. Pero, en estos momentos, saltan inesperadamente y sorprenden a unos y a otros... Despedirse es decirse todo y dejar que el otro se diga todo en un abrazo que contiene la promesa de seguir presente a pesar de la ausencia.

Salta a mi memoria, en esta solemnidad de la Ascensión del Señor, la poesía que Gloria Inés Arias de Sánchez escribió para sus hijos, y que lleva por título: «No les dejo mi libertad, sino mis alas». Como ella, el Señor se despide de sus discípulos, ofreciéndoles un abrazo en el que se dice todo y nos regala la promesa de su presencia misteriosa, en medio de la ausencia:

“Les dejo a mis hijos no cien cosechas de trigo sino un rincón en la montaña, con tierra negra y fértil, un puñado de semillas y unas manos fuertes labradas en el barro y en el viento. No les dejo el fuego ya prendido sino señalado el camino que lleva al bosque y el atajo a la mina de carbón. No les dejo el agua servida en los cántaros, sino un pozo de ladrillo, una laguna cercana, y unas nubes que a veces llueven. No les dejo el refugio del domingo en la Iglesia, sino el vuelo de mil palomas, y el derecho a buscar en el cielo, en los montes y en los ríos abiertos. No les dejo la luz azulosa de una lámpara de metal, sino un sol inmenso y una noche llena de mil luciérnagas. No les dejo un mapa del mundo, ni siquiera un mapa del pueblo, sino el firmamento habitado por estrellas, // y unas palmas verdes que miran a occidente.

No les dejo un fusil con doce balas, sino un corazón, que además del beso sabe gritar. No les dejo lo que pude encontrar, sino la ilusión de lo que siempre quise alcanzar. No les dejo escritas las protestas, sino inscritas las heridas. No les dejo el amor entre las manos, sino una luna amarilla, que presencia cómo se hunde la piel sobre la piel, sobre un campo, sobre un alma clara. No les dejo mi libertad sino mis alas. No les dejo mis voces ni mis canciones, sino una voz viva y fuerte, que nadie nunca puede callar. Y que ellos escriban, ellos sus versos, Como los escribe la madrugada cuando se acaba la noche. Que escriban ellos sus versos; por algo, no les dejo mi libertad sino mis alas...”

“Los once discípulos se fueron a Galilea, al cerro que Jesús les había indicado. Y cuando vieron a Jesús, lo adoraron, aunque algunos dudaban. Jesús se acercó y les dijo: –Dios me ha dado autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*

* Sacerdote jesuita, Profesor Asociado de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá
Si quieres recibir semanalmente estos “Encuentros con la Palabra”,
puedes escribir a herosj@hotmail.com pidiendo que te incluyan en este grupo.


“Yo estaré con ustedes todos los días”

25.05.17 | 22:55. Archivado en Encuentros, CicloA

Solemnidad de la Ascensión del Señor – Ciclo A (Mateo 28, 16-20) 28 de mayo de 2017

Hay personas a las que les cuestan, particularmente, las despedidas. Son momentos muy intensos, en los que se expresan muchos sentimientos que duermen en el fondo del corazón y tienen miedo de salir a la luz y expresarse de una manera directa. Pero, en estos momentos, saltan inesperadamente y sorprenden a unos y a otros... Despedirse es decirse todo y dejar que el otro se diga todo en un abrazo que contiene la promesa de seguir presente a pesar de la ausencia.

Salta a mi memoria, en esta solemnidad de la Ascensión del Señor, la poesía que Gloria Inés Arias de Sánchez escribió para sus hijos, y que lleva por título: «No les dejo mi libertad, sino mis alas». Como ella, el Señor se despide de sus discípulos, ofreciéndoles un abrazo en el que se dice todo y nos regala la promesa de su presencia misteriosa, en medio de la ausencia:

“Les dejo a mis hijos no cien cosechas de trigo sino un rincón en la montaña, con tierra negra y fértil, un puñado de semillas y unas manos fuertes labradas en el barro y en el viento. No les dejo el fuego ya prendido sino señalado el camino que lleva al bosque y el atajo a la mina de carbón. No les dejo el agua servida en los cántaros, sino un pozo de ladrillo, una laguna cercana, y unas nubes que a veces llueven. No les dejo el refugio del domingo en la Iglesia, sino el vuelo de mil palomas, y el derecho a buscar en el cielo, en los montes y en los ríos abiertos. No les dejo la luz azulosa de una lámpara de metal, sino un sol inmenso y una noche llena de mil luciérnagas. No les dejo un mapa del mundo, ni siquiera un mapa del pueblo, sino el firmamento habitado por estrellas, // y unas palmas verdes que miran a occidente.

No les dejo un fusil con doce balas, sino un corazón, que además del beso sabe gritar. No les dejo lo que pude encontrar, sino la ilusión de lo que siempre quise alcanzar. No les dejo escritas las protestas, sino inscritas las heridas. No les dejo el amor entre las manos, sino una luna amarilla, que presencia cómo se hunde la piel sobre la piel, sobre un campo, sobre un alma clara. No les dejo mi libertad sino mis alas. No les dejo mis voces ni mis canciones, sino una voz viva y fuerte, que nadie nunca puede callar. Y que ellos escriban, ellos sus versos, Como los escribe la madrugada cuando se acaba la noche. Que escriban ellos sus versos; por algo, no les dejo mi libertad sino mis alas...”

“Los once discípulos se fueron a Galilea, al cerro que Jesús les había indicado. Y cuando vieron a Jesús, lo adoraron, aunque algunos dudaban. Jesús se acercó y les dijo: –Dios me ha dado autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*

* Sacerdote jesuita, Profesor Asociado de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá
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“No los voy a dejar huérfanos”

17.05.17 | 17:26. Archivado en Encuentros, CicloA

Sexto Domingo de Pascua – Ciclo A (Juan 14, 15-21) 21 de mayo de 2017

Hace ya unos años, leí en un periódico colombiano un mini cuento que se llamaba Un minuto de silencio y decía: “Antes del encuentro de fútbol –graderías llenas, grandes manchas humanas de colores movedizos– se pidió un minuto de silencio por cada uno de los asesinados. El país permaneció 50 años en silencio".

En un editorial de la revista Theologica Xaveriana (Enero-Marzo de 2002), titulado «Ni guerra santa, ni justicia infinita», se incluyó la declaración que hizo pública la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, con motivo del “vil asesinato de Monseñor Isaías Duarte Cancino”, Arzobispo de Cali, asesinado por sus críticas a una sociedad narcotizada y arrodillada ante el poder de los violentos. En uno de sus apartes, esta declaración decía: “Y en medio del silencio en el que nos deja la consternación frente a este magnicidio, creemos que es insoslayable preguntarnos en profundidad por las complejas causas no sólo de este homicidio sino el de tantas colombianas y colombianos que mueren de similar forma todos los días y que ya suman la aterradora cifra de 250.000 en los últimos diez años”… han pasado 15 años desde esta declaración… y el número de los muertos siguió aumentando.

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“El que me ha visto a mi, ha visto al Padre”

13.05.17 | 02:02. Archivado en Encuentros, CicloA

Quinto Domingo de Pascua – Ciclo A (Juan 14, 1-12) 14 de mayo de 2017

Cada vez que nace un niño o una niña, la gente va a visitar a los nuevos padres, que se alegran de una vida nueva que llega al mundo. El comentario que no puede faltar nunca en este tipo de visitas es: “Igualito al papá”... “Tiene la misma nariz de la mamá”... “Cómo se parece al abuelo”... “sacó los mismos cachetes de la abuela”... Las mujeres son más capaces de encontrar estas similitudes que, muchas veces, a los hombres nos parecen exageraciones propias de la sensiblería. No voy a entrar a dirimir quién tiene la razón, pero sí creo que es “normal” que los hijos y las hijas se parezcan a su papá y a su mamá... Eso es lo menos que se puede esperar...

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“Yo soy la puerta”

06.05.17 | 02:12. Archivado en Encuentros, CicloA

Cuarto Domingo de Pascua – Ciclo A (Juan 10, 1-10) 7 de mayo de 2017

Hace varios años, a las afueras de Villa Carrillo, un pequeño pueblo de la provincia de Jaén, en España, conocí a Francisco, un pastor que cuidaba un rebaño de unas 400 ovejas y algunas cabras que, efectivamente, están más locas que las ovejas... Pasé todo un día caminando con Francisco por valles y collados, pastoreando su rebaño. Fue un día lleno de novedad y enseñanzas para mi; experimentar de cerca la vida de un pastor, ver cómo conoce a sus ovejas y como las ovejas lo conocen a él; cuando se iban alejando demasiado del rebaño, Francisco les gritaba y todas, reconociendo su voz, volvían la cabeza y regresaban, mansamente, hacia el pastor. Fue un día maravilloso de contemplación de la naturaleza y de esa hermosa relación entre el pastor que guía a sus ovejas hacia fuentes tranquilas, y las conduce por verdes praderas, donde las hace recostar... Al caer la tarde me tocó ser testigo de la forma como las ovejas y las cabras, con una sumisión admirable, entraban, casi saltando de la dicha, al corral para pasar una noche tranquila y segura bajo el amparo del buen pastor. Evidentemente, las ovejas entran por una puerta, y las cabras por otra...

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Jueves, 25 de mayo

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