Encuentros con la Palabra

“El corazón nos ardía”

28.04.17 | 21:56. Archivado en Encuentros, CicloA

Tercer Domingo de Pascua – Ciclo A (Lucas 24, 13-35) 30 de abril de 2017

Cuando llegamos a nuestra habitación o a nuestra casa, ya caída la noche, cansados por las labores del día, casi sin darnos cuenta, mecánicamente, dirigimos nuestra mano hasta el interruptor que está junto a la puerta. Lo oprimimos y se desencadenan una serie de órdenes que hacen que los dos polos de la corriente eléctrica se unan a través de un filamento para producir el milagro de la luz. Este es, exactamente, el mecanismo que se produce en la vida espiritual cuando dejamos que entren en contacto dos realidades que están a la mano en nuestra cotidianidad: la Vida y la Palabra; cuando se unen la Vida y la Palabra, se produce, casi milagrosamente, la luz en nuestro interior. Eso que parecía oscuro, al fondo del túnel de la desesperanza, se ilumina y hace que nuestro corazón arda al calor del encuentro con el Resucitado. Te invito a que mires tu realidad, alegre o trágica; mírala en toda su verdad, sin decirte mentiras ni pretender maquillarla para que aparezca más bonita y presentable ante tus ojos. Mira tu realidad de frente, sin engaños ni apariencias. Deja que surjan, ante esta realidad, tus sentimientos, tus emociones, tus pensamientos... Puedes responder preguntas como: ¿Qué ha pasado hoy en tu vida? ¿Qué te duele? ¿Qué te aflige? ¿Dónde sientes que te está tallando el zapato?

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“No seas incrédulo; ¡cree!”

22.04.17 | 00:05. Archivado en Encuentros, CicloA

Segundo Domingo de Pascua – Ciclo A (Juan 20, 19-31) 23 de abril de 2017

En alguna parte leí la historia de un montañista que, desesperado por conquistar el Aconcagua, inició su travesía, después de años de preparación. Quería la gloria sólo para él, por lo tanto subió sin compañeros. Empezó a subir y se le fue haciendo tarde, y no se preparó para acampar, sino que siguió subiendo, decidido a llegar a la cima. Oscureció, la noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña; ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era oscuro, cero visibilidad, no había luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes. Subiendo por un acantilado, a solo cien metros de la cima, se resbaló y se desplomó por los aires... Bajaba a una velocidad vertiginosa; solo podía ver veloces manchas cada vez más oscuras que pasaban en la misma oscuridad y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad.  Seguía cayendo... y en esos angustiantes momentos, pasaron por su mente todos sus gratos y no tan gratos momentos de la vida; pensaba que iba a morir; sin embargo, de repente sintió un tirón tan fuerte que casi lo parte en dos... Como todo alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo amarraba de la cintura.  En esos momentos de quietud, suspendido por los aires, no le quedó más que gritar: «¡Ayúdame, Dios mío!»

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“No seas incrédulo; ¡cree!”

22.04.17 | 00:04. Archivado en Encuentros, CicloA

Segundo Domingo de Pascua – Ciclo A (Juan 20, 19-31) 23 de abril de 2017

En alguna parte leí la historia de un montañista que, desesperado por conquistar el Aconcagua, inició su travesía, después de años de preparación. Quería la gloria sólo para él, por lo tanto subió sin compañeros. Empezó a subir y se le fue haciendo tarde, y no se preparó para acampar, sino que siguió subiendo, decidido a llegar a la cima. Oscureció, la noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña; ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era oscuro, cero visibilidad, no había luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes. Subiendo por un acantilado, a solo cien metros de la cima, se resbaló y se desplomó por los aires... Bajaba a una velocidad vertiginosa; solo podía ver veloces manchas cada vez más oscuras que pasaban en la misma oscuridad y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad.  Seguía cayendo... y en esos angustiantes momentos, pasaron por su mente todos sus gratos y no tan gratos momentos de la vida; pensaba que iba a morir; sin embargo, de repente sintió un tirón tan fuerte que casi lo parte en dos... Como todo alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo amarraba de la cintura.  En esos momentos de quietud, suspendido por los aires, no le quedó más que gritar: «¡Ayúdame, Dios mío!»

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“No tengan miedo”

14.04.17 | 15:31. Archivado en Encuentros, CicloA

Primer Domingo de Pascua – Ciclo A (Mateo 28, 1-10) 16 de abril de 2017

El miedo es un sentimiento de angustia por un riesgo o daño real o imaginario. El miedo nos paraliza y bloquea. No somos capaces de superarlo si no desaparece la amenaza que tenemos delante. Cuando sentimos miedo, regresamos un poco a nuestra propia infancia, reviviendo situaciones en las que nos sentíamos indefensos ante situaciones que no éramos capaces de manejar o frente a las cuales nos sentíamos impotentes. Pero la única manera de superar el miedo es también recurriendo a las experiencias propias de la infancia: recordando momentos en los que nos hemos sentido acompañados, apoyados, respaldados, afirmados por alguien que nos inspiraba seguridad.

Recuerdo una historia que me contó alguna vez el Padre Luis Carlos Herrera: “Viajando de Lima a Río de Janeiro una noche de junio, se desató de improviso una tempestad entre las nubes densas del Mato grosso. Temblaba como una hoja el gigantesco aparato, en medio de fogonazos y relámpagos que causaban revuelo y nerviosismo entre todos los pasajeros. Yo leía El Relato de un Náufrago de García Márquez. Permanecí tranquilo en un primero momento, pero no fui capaz de seguir la lectura... Una niña, a mi lado, leía con pasmosa serenidad, recostada en su silla. Ni siquiera se ajustó el cinturón. Al arreciar la tormenta, le dijo la azafata: «¡Ponte el cinturón! ¿No te das cuenta del peligro en el que estamos en estos momentos?» La niña cerró el libro y dijo con tono sosegado: «Papá es el piloto. ¡Tranquila, señora, que él maneja muy bien!» Recordé las palabras de Jesús en la tormenta del lago: «¡Hombres de poca fe!» Al llegar a Rio de Janeiro, al amanecer, no hubo ningún contratiempo. Bajamos apresurados la escalerilla... y vimos el abrazo y el beso de felicitación que la niña daba a su padre. Emocionados aplaudimos el hecho”.

“Pasado el día de reposo, cuando ya amanecía, el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron al sepulcro. De pronto hubo un fuerte temblor de tierra porque un ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose al sepulcro, quitó la piedra que lo tapaba y se sentó sobre ella. El ángel brillaba como un relámpago, y su ropa era blanca como la nieve. Al verlo, los soldados temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel dijo a las mujeres: – No tengan miedo. Yo sé que están buscando a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, sino que ha resucitado. Como dijo. Vengan a ver el lugar donde lo pusieron. Vayan pronto y digan a los discípulos: ‘Ha resucitado, y va a ir a Galilea antes que ustedes; allí lo verán’. Esto es lo que tenía que decirles.

Mientras las mujeres abandonaban rápidamente el sepulcro, llenas de miedo, pero con mucha alegría por la noticia que habían acabado de recibir, se encontraron con el Resucitado, que les dijo casi lo mismo: “–No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea, y que allá me verán”. Tal vez este sea el mensaje más importante que nos trae la Pascua: “No tengan miedo”. No se dejen vencer por las dudas, por la desconfianza, por el temor. Jesús se hará presente en su vida ordinaria, en la cotidianidad de Galilea. Jesús estará junto a nosotros en el trabajo, en la vida de familia, en el encuentro con la misión. Las situaciones que vivimos, muchas veces nos pueden llenar de miedo, pero la presencia del resucitado nos invita a confiar en su presencia constante. No podemos olvidar nunca que «Papá es el piloto, y él maneja muy bien».

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*

* Sacerdote jesuita, Profesor Asociado de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá
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“Guarda tu espada en su lugar”

06.04.17 | 15:57. Archivado en Encuentros, CicloA

Domingo de la Pasión del Señor o de Ramos – Ciclo A (Mateo 26, 14 – 27, 66) 9 de abril de 2017

Hace algunos años, decía el titular de un periódico: “Ministro de defensa pide aumentar el gasto militar y bajar la inversión social”. Algunos siguen viviendo una especie de euforia guerrerista. Nos cuesta creer en la salida negociada a los conflictos sociales, grupales, interpersonales, e incluso personales. Vemos los embates de la violencia en todo el mundo; baste mencionar la guerra que parece eterna entre Israel y Palestina o las múltimples guerras africanas que apenas encuentran espacios en los titulares de los grandes medios de comunicación. Por todas partes parece imponerse, la Ley del Talión: Ojo por ojo y diente por diente, como si la violencia se pudiera combatir con la violencia. Como si sobre una derrota militar del enemigo se pudiera construir la única paz posible... Sin embargo, la historia nos ha demostrado más de una vez que la paz no se construye con la guerra: “Todos los que pelean con la espada, también a espada morirán”, decía bien Jesús en Getsemaní cuando fue arrestado. No fue fácil para Jesús dar este paso ni es fácil hoy levantar esta bandera en un contexto en el que hay tantos entusiasmados con la guerra. Erasmo de Rotterdam decía que la guerra era dulce sólo para el que no la ha probado… Hoy diríamos que también es dulce para el que vive de ella…

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