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Hermann Rodríguez Osorio, S.J.Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

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“Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más (...)”

Permalink 21.10.09 @ 05:00:25. Archivado en Encuentros, CicloB

Domingo XXX – Ciclo B (Marcos 10, 46-52) – 25 de octubre de 2009

Un buen amigo me envío hace unos días esta historia: Seis mineros trabajaban en un túnel muy profundo. De repente, un derrumbe los dejó aislados, sellando la salida. En silencio, cada uno miró a los demás en medio de la penumbra pobremente iluminada por sus lámparas de gas. De un vistazo calcularon su situación. Con su experiencia, se dieron cuenta de que el gran problema sería el oxígeno. Si hacían todo bien, les quedaban unas tres horas de aire. ¿Podrían encontrarlos antes de que fuera tarde? Decidieron ahorrar todo el oxígeno posible. Apagaron las lámparas y se tendieron en silencio en el suelo. Enmudecidos por la situación e inmóviles en la oscuridad, era difícil calcular el paso del tiempo. Sólo uno de ellos llevaba un reloj que podía iluminarse para ver la hora. Hacia él iban todas las preguntas. ¿Cuánto tiempo pasó? ¿Cuánto falta? La desesperación ante cada respuesta, agravaba la tensión. El capataz se dio cuenta de que la ansiedad, los haría respirar más rápidamente y esto los podría matar. Entonces ordenó al que tenía el reloj, que solamente él controlara el paso del tiempo. Él avisaría a todos cada media hora.

Ante el aviso: “Ha pasado media hora", hubo un murmullo y una angustia que se palpaba en el aire. El hombre del reloj se dio cuenta de que cada vez iba a ser más terrible comunicarles que el minuto final se acercaba. Sin consultar a nadie decidió que ellos no merecían morirse sufriendo. Así que la próxima vez que les informó la media hora, en realidad habían pasado 45 minutos... Nadie desconfió. Apoyado en el éxito del engaño, la tercera información, la dio una hora después... Todos pensaron en lo largo que se hacía el tiempo en esa situación. La cuadrilla apuraba la tarea de rescate. Llegaron a las cuatro horas y media. Lo más probable era encontrar a los seis mineros muertos. Encontraron vivos a cinco de ellos. Solamente uno había muerto de asfixia... El que tenía el reloj.

Cuando creemos y confiamos en que se puede seguir adelante, nuestras posibilidades de avanzar se multiplican. No es que la actitud positiva por sí misma sea capaz de conjurar la fatalidad o de evitar las tragedias pero, ciertamente, las posibilidades de encontrar una salida dentro de lo humanamente posible crece considerablemente. El deseo de vivir de este grupo de mineros, acompañado por la confianza en el oxígeno que les daba el tiempo dilatado por el ingenio de un compañero, hizo posible lo que parecía improbable.

Cuando Jesús salía de Jericó, “seguido de sus discípulos y de mucha gente, un mendigo ciego llamado Bartimeo, hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino. Al oír que era Jesús de Nazaret, el ciego comenzó a gritar: –¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más todavía: – ¡Hijo de David, ten compasión de mí!” Jesús se detuvo y lo mandó llamar. “El ciego arrojó su capa y de un salto se acercó a Jesús, que le preguntó: – ¿Qué quieres que haga por ti?” Bartimeo, efectivamente, estaba lleno de deseos de ser curado por el profeta de Galilea; y estos deseos lo llevaron a perseverar en sus gritos y a responder con prontitud a la invitación de Jesús. Por eso, mereció escuchar esas bellas palabras que Jesús solía decir a la gente herida que encontraba a su paso: “Puedes irte; por tu fe has sido sanado”. De estar ciego y sentado “junto al camino”, pasó a recobrar la vista y a seguir “a Jesús por el camino”. Que nuestra fe sea como la de Bartimeo, o como el minero ingenioso del reloj.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*

* Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá
Si quieres recibir semanalmente estos “Encuentros con la Palabra”,
puedes escribir a herosj@hotmail.com pidiendo que te incluyan en este grupo.


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Comentarios:
Sin duda, el relato del P. Rodríguez para explicar el evangelio de hoy es conmovedor. De la misma manera, el aparte que trae el título de la nota. ¡Hubo quienes reprendieron al ciego porque clamaba su curación! A lo mejor eran más ciegos los que, seguros de ir con Cristo, pasaron por alto que otros no tenían sus privilegios. Dicen que no hay más ciego que quien no quiere ver y hoy --confiados de ser estar con Cristo-- nos enceguecemos frente a las carencias de nuestro hermanos.
Enlace permanente Comentario por Luis Felipe Salamanca Castillo 25.10.09 @ 04:31
Que hermosa historía, en donde se demuestra el poder de la fe, pienso que todos nosotros tenemos que aprender mucho del minero de la historía, lástima que lo que él pensó sería la tabla salvadora, no lo pudo aplicar para sí, tenemos que pedirle al Señor nos aumente la fe, pero que sea ésta una convicción, pues si cuando aparecen las tormentas, de una vez nos entregamos no estamos haciendo nada, es una lucha, una constante lucha la que tenemos que librar contra nuestras ideas, y flaquezas, y perseverar una y otra vez, para vencer nuestra naturaleza pecadora que nos pone zancadillas a todo momento.
Un gran mensaje que nos hace pensar y mejorar.
Fabi.
Enlace permanente Comentario por Fabiola 23.10.09 @ 05:56

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