Solemnidad de la Santísima Trinidad – Ciclo C (Juan 16, 12-15) 26 de mayo de 2013
En una de las capillas de Vila Kostka, el Centro de Espiritualidad de los jesuitas cerca de Sao Pablo, Brasil, hay un inmenso mural inspirado en uno de los más famosos íconos de la Iglesia Oriental. El cuadro original, atribuido a Andrei Rublev, es de mediados del siglo XV y se conserva en Moscú. Representa un pasaje del libro del Génesis, cuando Dios se apareció a Abraham junto al encinar de Mambré: “El Señor se apareció a Abraham en el bosque de encinas de Mambré, mientras Abraham estaba sentado a la entrada de su tienda de campaña, como a mediodía. Abraham levantó la vista y vio que tres hombres estaban de pie frente a él. Al verlos, se levantó rápidamente a recibirlos, se inclinó hasta tocar el suelo con la frente y dijo: – Mi señor, por favor, le suplico que no se vaya en seguida” (Génesis 18, 1-3). Uno de estos tres hombres fue el que le reveló a Abraham la promesa de Dios, que dio origen a nuestra fe: “El año próximo volveré a visitarte, y para entonces tu esposa Sara tendrá un hijo. Mientras tanto, Sara estaba escuchando toda la conversación a espaldas de Abraham, a la entrada de la tienda. (...) Sara no pudo aguantar la risa y pensó: ¿cómo voy a tener este gusto, ahora que mi esposo y yo estamos tan viejos?” (Génesis 18, 10.12).
Domingo de Pentecostés – Ciclo C (Juan 20, 19-23) 19 de mayo de 2013
He oído que la experiencia de fe en las personas tiene cuatro etapas: La primera es la que viven los niños. Ellos creen lo que les dice su mamá, su papá o su profesor. Las personas mayores son las que les dan seguridad y sentido. Solos, no se sienten capaces de afrontar los peligros que constantemente los acechan. No se imaginan la vida sin tener estas personas a su lado. Una segunda etapa en el camino de la fe es la que viven los jóvenes, que creen en lo que ven hacer a sus mayores y no en lo que les dicen. Exigen coherencia, resultados. No se fían de las palabras que se lleva el viento. Necesitan pruebas, al estilo de Tomás, que necesitaba ver las heridas en las manos, en los pies y en el costado del Señor. La tercera etapa es la de los adultos, que creen solamente en lo que ellos mismos hacen y no en lo que les dicen los demás o en lo que ven hacer a los otros. Las personas adultas se van haciendo autónomas, se rigen por sus propios principios. Un adulto sabe que lo que él mismo no hace, nadie lo hará por él. La cuarta etapa que vivimos en nuestro camino de fe, es la del anciano, que cree en Dios, sin más. Ha vivido muchas experiencias y se ha ido desengañando de infinidad de seguridades pasajeras que tuvo a lo largo de su existencia. Confió en sus estudios, en su trabajo, en sus amistades, en las posesiones que tuvo. Pero, poco a poco, se ha dado cuenta de que todo esto no eran más que vanidades. Sabe que se acerca el momento definitivo del encuentro con el único Señor de su vida.
Solemnidad de la Ascensión – Ciclo C (Lucas 24, 46-53) 12 de mayo de 2013
En el libro de Jean Canfield y Mark Victor Hansen, Sopa de pollo para el alma, publicado en 1995, se cuenta una historia parecida a esta: Era una soleada tarde de domingo en una ciudad apartada de la capital del país. Un buen amigo mío salió con sus dos hijos a pasear un rato para aprovechar la belleza del paisaje y el aire fresco de la tarde. Llegaron a las afueras de la ciudad, donde estaba acampado un pequeño circo que ofrecía sus funciones con mucho éxito. Mi amigo le preguntó a sus hijos si querían disfrutar del espectáculo aquella tarde. Los niños, sin dudarlo, dieron un brinco de alegría y se dispusieron a gozar. Mi amigo se acercó a la ventanilla y preguntó: –¿Cuánto cuesta la entrada? – Diez mil pesos por usted y cinco mil por cada niño mayor de seis años – contestó el taquillero. – Los niños menores de seis años no pagan. ¿Cuántos años tienen ellos? – El abogado tiene tres y el médico siete, así que creo que son quince mil pesos – dijo mi amigo. – Mire señor – dijo el hombre de la ventanilla – ¿se ganó la lotería o algo parecido? Pudo haberse ahorrado cinco mil pesos. Me pudo haber dicho que el mayor tenía seis años; yo no hubiera notado la diferencia. – Sí, puede ser verdad – replicó mi amigo – pero los niños sí la hubieran notado.
Sexto Domingo de Pascua – Ciclo C (Juan 14, 23-29) 5 de mayo de 2013
Hace algunos años escuché esta historia que me vino a la mente al leer las palabras de Jesús: “No se angustien ni tengan miedo”. Había una vez un niño que se llamaba Jesulín. Su padre era mago. Todas las mañanas, Jesulín se levantaba, se lavaba y se vestía a toda carrera, porque sus padres lo despedían en la puerta de la casa. El papá mago se acercaba a Jesulín y le decía al oído unas palabras mágicas que éste escuchaba lleno de emoción. Jesulín guardaba las palabras mágicas en el bolsillo de su camisa, muy cerca del corazón, y de vez en cuando, se detenía, sacaba sus palabras mágicas, las escuchaba de nuevo y seguía su camino lleno de alegría.
Quinto Domingo de Pascua – Ciclo C (Juan 13, 31-33a. 34-35) 28 de abril de 2013
Cuentan que un agricultor sembraba todos los años maíz en sus campos. Después de muchos años, logró conseguir la mejor semilla de maíz que se podía obtener. Mientras los cultivos de sus vecinos deban cinco mazorcas por uno, el suyo daba cincuenta mazorcas por un grano. El hombre se preocupaba por dejar cada año una buena cantidad de semilla para volver a sembrar y para regalarle a todos sus vecinos, que se alegraban con esta generosidad del agricultor. Cuando alguien le preguntó por qué hacía eso, él respondió: «Si mis vecinos tienen también buen maíz, mis maizales serán cada vez mejores; pero si el maíz de ellos es malo, también mi maizal empeorará». Nadie entendió la respuesta, de modo que él añadió: «Los insectos y los vientos que llevan el polen de unos sembrados a otros y fecundan las cosechas para que produzcan su fruto, no tienen en cuenta si los sembrados son míos o de mis vecinos… Mis sembrados crecerán lo que los sembrados de mis vecinos crezcan».
Cuarto Domingo de Pascua – Ciclo C (Juan 10, 27-30) 21 de abril de 2013
Pedro María Iraolagoitia, S.J., publicó en 1996 un libro que tituló María, El Carpintero y el Niño. Es una bella recuperación de la vida oculta de María de Nazaret, en compañía de su esposo, San José, y del Niño Jesús. Comienza con una carta escrita por el autor a la Virgen María. Entre otras cosas, le dice lo siguiente: “Esta carta es para que me perdones todo lo que he escrito de Ti y del Niño y de San José, en este libro. Toda la culpa la tienen los Evangelistas (y que ellos también me perdonen), por haber escrito tan pocas cosas de tu vida. Nosotros hubiéramos querido saber muchas más cosas de ti. Nos hubiera gustado saber cómo vivían en Belén, en Egipto, en Nazaret, en Jerusalén; dónde tenían puesto el arcón, la mesa y los tiestos con flores; qué distancia tenías que recorrer para ir al lavadero, cuánto te costaba el litro de aceite y qué cena les diste a los Reyes Magos. Hubiéremos querido saber mil y mil detalles de tu vida, cuantos más, mejor. A fuerza de verte metida en las hornacinas de los altares, es fácil que nos olvidemos de que, en este mundo, viviste veinticuatro horas al día como una mujer sencilla y encantadora, entre pucheros, escobas, vecinas, barro, sol, cansancio, canciones, preocupaciones domésticas, tertulias y el abundante aserrín del taller de José. (...) Mis respetuosos saludos a José y un beso al Niño”.
Tercer Domingo de Pascua – Ciclo C (Juan 21, 1-19) 14 de abril de 2013
Existe un poema que se canta en la lengua de los indios cherokees de los Estados Unidos y que dice así: “Un hombre susurró: «Dios, habla conmigo». Y un ruiseñor comenzó a cantar, pero el hombre no oyó. Entonces el hombre repitió: «Dios, habla conmigo». Y el eco de un trueno se oyó. Pero el hombre fue incapaz de oír. El hombre miró alrededor y dijo: «Dios, déjame verte». Y una estrella brilló en el cielo. Pero el hombre no la vio. El hombre comenzó a gritar: «Dios, muéstrame un milagro». Y un niño nació. Pero el hombre no sintió el latir de la vida. Entonces el hombre comenzó a llorar y a desesperarse: «Dios, tócame y déjame saber que estás aquí conmigo...» Y una mariposa se posó suavemente en su hombro. El hombre espantó la mariposa con la mano y, desilusionado, continuó su camino, triste, solo y con miedo”.
Segundo Domingo de Pascua – Ciclo C (Juan 20, 19-31) 7 de abril de 2013
Monseñor Francisco Múnera, obispo de San Vicente del Caguán contó alguna vez que durante los años en que el gobierno colombiano despejó una inmensa zona del país para favorecer el diálogo con la guerrilla, vivió una de la grandes enseñanzas de su vida. Iba saliendo de San Vicente del Caguán, cuando lo detuvo un grupo de guerrilleros para hacer una requisa del vehículo e identificar a los que viajaban con él. Mientras lo interrogaban, uno de los guerrilleros se le acercó y le preguntó: «¿Sabe usted, padre, qué es lo único que hay en el cielo hecho por manos humanas?» Monseñor Múnera no supo responder. Quedó con la pregunta clavada en su alma durante todo el tiempo que duró el retén guerrillero. Ya a punto de reemprender el camino, el guerrillero se le acercó al obispo y le dijo al oído: «Lo único que hay en el cielo hecho por manos humanas son las heridas de Nuestro Señor Jesucristo. Eso debería saberlo usted que ha estudiado tanto, padrecito».
Domingo de Pascua – Ciclo C (Lucas 24, 1-12) 31 de marzo de 2013
La revista de Teología Pastoral Sal Terrae, publicó, en noviembre de 2002, un artículo de un famoso jesuita español con un título muy sugerente: «Locos de alegría, abandonar a toda prisa los sepulcros» (Mt 28, 8). El subtítulo explica algo más lo que José María Fernández-Martos, S.J. quiso tratar allí: “Trabajándose el optimismo y acogiendo la alegría verdadera”. Transcribo los dos primeros párrafos de este excelente artículo:
Viernes Santo – Ciclo C (Juan 18 – 19,42) 29 de marzo de 2013
Jesús asumió una actitud humilde y se quiso presentar como un hombre manso. Vivió lo que el profeta Isaías señalaba del Siervo de Yahvé: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, pasar que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas” (Isaías 42, 1-4).
Jueves Santo – Ciclo C (Juan 13, 1-5) 28 de marzo de 2013
El evangelio de san Juan que nos presenta hoy la liturgia, recoge una escena que suscita en los oyentes de la Palabra, una actitud fundamental de servicio y entrega. El lavatorio de los pies, como imagen del servicio y la entrega constitutivos de la Eucaristía, revela, además, una tarea de construcción comunitaria que vale la pena desentrañar. Pedro representa aquí la humildad falsa de quien se siente indigno de acoger el servicio y la entrega del Señor. Esta falsa humildad brota muchas veces, precisamente, de un sentimiento de superioridad velado. Nos engañamos a nosotros mismos, cuando nos sentimos indignos del amor que Dios nos tiene. Es frecuente encontrar, en esta especie de trampa del propio egoísmo, personas que se ‘desencantan’ de los demás, de sí mismos, y hasta de Dios, porque no responden a sus ideales inmaculados, ya sean comunitarios, institucionales, o personales.
Domingo de Ramos – Ciclo C (Lucas 22, 1 – 23, 56) 24 de marzo de 2013
“En el Evangelio de Lucas leemos lo siguiente: ‘Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!». Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro... Y Pedro, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente”.
Viernes, 24 de mayo
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Josep Maria Tarragona
Religión Digital
Adolfo Sillóniz
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
Sor Gemma Morató
Alejandro Córdoba
Jose Gallardo Alberni