Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
“Érase una vez...” Un político famoso abrió su página en facebook. A las pocas semanas tenía miles de “amigos”.
Un día la policía lo arrestó: había sido acusado por fraude y malversación de fondos. El escándalo fue descomunal. Miles de personas se dieron de baja en facebook de las listas de “amigos” de aquel famoso político.
Más allá de la historia, inventada pero verosímil, la realidad es que un amigo no deja de estar junto al amigo en la hora de la prueba.
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Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
Cuando hablamos de justicia, pensamos enseguida en clave internacional o en “macroeconomía”: países muy ricos y países muy pobres; personas dotadas de millones de dólares y otras personas que apenas tienen un poco de pan cada día; bancos que especulan con el dinero y pordioseros que esperan unas monedas arrojadas por los viandantes.
Luego, pensamos en los problemas más cercanos: la justicia en la empresa, en la ciudad, en la nación. Creemos que hay mucha injusticia, que algunos (personas o instituciones) roban a los demás. Conocemos casos de abusos a todos los niveles: en la fábrica, en los sistemas de vigilancia, en el control del dinero. Vemos a obreros que inician huelgas y protestas para pedir sus derechos, leemos las discusiones de los políticos para lograr mejoras sociales sin que se note realmente nada nuevo. La justicia siempre está de moda.
Convendría, sin embargo, fijarnos en otras formas de justicia de las que se habla menos, pero que no dejan de ser importantes.
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Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
Desde hace más de 40 años corre la voz de que en el mundo hay demasiados seres humanos, de que cada día nacen más hijos, de que pronto no habrá comida para todos, de que estamos cerca de una catástrofe planetaria. Sin embargo, la situación no es tan sencilla como algunos la presentan, ni el catastrofismo tiene un fundamento real para pretender asustarnos a todos.
Los datos, aparentemente, pueden apoyar las ideas “catastrofistas”. Hacia el año 1820 vivían sobre la tierra 1000 millones de habitantes. Esta cifra se duplicó 110 años después, en 1930, mientras que la siguiente duplicación se produjo sólo 47 años después, en 1977. Para el año 2008, según se calcula, seríamos más de 6700 millones de personas. Y muchos hombres y mujeres padecen hambre, sufren tremendas enfermedades, no tienen acceso a agua potable...
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Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
Los estudios sobre el ADN (en inglés DNA) avanzan continuamente y permiten alcanzar nuevas metas en el mundo de la medicina y de la ciencia.
Gracias al ADN se pueden predecir enfermedades, escoger mejor los transplantes de órganos o tejidos, preparar medicinas “personalizadas”. A la vez, se puede identificar a personas en situaciones delicadas, como es el caso del reconocimiento de cadáveres o para individuar a posibles delincuentes.
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Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
Manuel no lo podía creer: ¡un programa de computación para ser santos! Además, según decía la presentación, “de modo seguro y con dificultades, en un mes”. Lo normal es que te digan “de modo fácil”, pero lo de las dificultades estimuló a aquel joven de 17 años.
Tomó en seguida aquella caja. Fue a la computadora. Introdujo el cdrom y empezó a correr la presentación. Como saludo inicial, aparecieron un Cristo crucificado, una tumba abierta y una silueta de la Virgen. Sonaban las notas de una música desconocida pero serena, como un Ave María lleno de lirismo. >> Sigue...
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Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
Intentamos convencer a una mujer para que no aborte. Le hablamos de la maravilla de la vida humana, del inicio de un camino que es mucho más grande que simples datos biológicos. Le enseñamos una ecografía: cómo es el embrión que lleva dentro de sus entrañas. Le explicamos que no es una parte de su cuerpo, sino un ser distinto.
Pero los argumentos chocan, en ocasiones, contra un muro. Porque esa mujer no piensa en la dignidad ni en el valor humano del ser que existe en su interior. Piensa, más bien, en sus problemas, en sus dificultades, en sus miedos, en las presiones que otros ejercen sobre ella.
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Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
No existe ninguna bioética sin bases filosóficas. O, en positivo, la bioética siempre se construye sobre la filosofía.
Porque para hablar sobre lo correcto y lo incorrecto en el ámbito de la medicina, de la experimentación, de los comportamientos humanos que afectan la vida de otros hombres y de otros vivientes, hace falta recurrir a la filosofía.
La filosofía ayuda a distinguir entre viviente y no viviente, entre hombre, animal y planta. Explica, además, la diferencia entre un acto libre y un acto determinístico, entre valores verdaderos y valores falsos, entre lo justo y lo injusto.
Nos damos cuenta enseguida de que una filosofía correcta llevará a una bioética buena; en cambio, una filosofía equivocada terminará, seguramente, en una bioética mala y desviada.
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Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
La historia narra hechos. La literatura y el cine pueden inventar hazañas y personajes con la ayuda de la fantasía.
La literatura histórica establece una síntesis entre hechos y fantasía, entre datos reales y creaciones surgidas a partir de la inventiva del escritor.
Algo parecido podría decirse respecto de las películas históricas. A veces se basan en un guión que intenta reflejar al máximo los hechos. Otras veces tienden a ser literatura fantasiosa y se alejan mucho de los datos de la historia real.
La pregunta de la que nacen estas líneas es muy sencilla: ¿cómo hacer que una película “histórica” permita distinguir fácilmente entre lo que es historia y lo que es inventiva?
La respuesta es compleja, pues el mundo cinematográfico se mueve según unos criterios (a veces equivocados, pero muchas veces convertidos en reglas casi obligatorias para los productores) desde los que se llega fácilmente a ir contra la autenticidad de los hechos en los que una determinada película parecería estar ambientada.
Podríamos, sin embargo, establecer algunas pistas de respuesta para ayudarnos a la hora de emitir nuestro juicio.
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Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
El modo de entender al hombre, su naturaleza, su origen y su destino, resulta una pieza clave a la hora de tomar una posición a favor o en contra del aborto.
Para quienes defienden una antropología individualista, tienen valor y dignidad sólo aquellos seres humanos que han logrado un cierto nivel de conciencia. Gracias a ella, las personas pueden tomar decisiones libres y ser responsables. Es obvio que, según el individualismo, el embrión, el feto, incluso el niño de pocas semanas, valen menos, no tienen la misma dignidad que los adultos.
En la perspectiva individualista, la existencia de embriones y fetos, que no llegan a ser “personas” (porque no poseen el nivel de autonomía “necesario” para que empiecen a “tener valor”), depende completamente de lo que deciden quienes sí son “personas”.
Un embrión sería valioso, por ejemplo, si lo desea su madre. Respecto del padre, en general, su opinión puede tener cierto peso, pero la corriente feminista ha logrado neutralizarlo fuertemente. Por eso, en algunos países una mujer, también casada, puede recurrir al aborto con plena libertad, incluso contra la voluntad del padre.
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Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
Nos gusta soñar en un mundo limpio, sin contaminación, sin ruidos, con parques y jardines, con justicia y paz para todos. No es tan fácil, sin embargo, descubrir los caminos que nos puedan llevar a construir un planeta más bello y más feliz.
En las noticias suelen aparecer declaraciones de científicos, industriales o personajes famosos en las que expresan su deseo de lograr un mundo mejor. Para algunos, lo más urgente será dar medicinas y comida a los pobres. Para otros, hay que detener cuanto antes el “calentamiento global”, o tapar el agujero de ozono. Otros tienen como meta contener la “explosión demográfica”: disminuir el número de nacimientos de los países pobres e, incluso, reducir el número de seres humanos en un planeta que ya ha sufrido demasiado por culpa de la raza que se ha creído “racional” cuando sería, según ellos, sumamente “irracional” y peligrosa.
Mientras se producen estas declaraciones hay miles de voluntarios que hablan poco, que no aparecen en la televisión o en la prensa. Cada día se ponen a trabajar en lo concreto, en primera fila.
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Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
Es un peligro en el que podemos caer poco a poco: no hacemos nada y no dejamos hacer a los demás.
Porque es más fácil criticar los mil defectos de una constructora que ponerse el casco para ayudar a levantar un edificio más hermoso y más seguro.
Porque es más fácil denunciar los defectos de unos médicos en vez de promover sistemas sanitarios eficaces y justos.
Porque es muy cómodo decir que el aborto es un crimen mientras luego ponemos la zancadilla a los grupos provida por los errores que puedan cometer los miembros que los componen.
Porque es muy cómodo quedarse en el sofá para repetir cien veces “¡qué mal está la juventud!” en vez de ayudar a los adolescentes y a los jóvenes de la familia para que tengan buenas compañías, buenas lecturas, buenos ejemplos, y, sobre todo, un buen trato con Dios.
Porque es un mal endémico de algunos católicos quejarse de cualquier iniciativa de las parroquias, de los obispos, de los movimientos, en vez de arremangarse la camisa para apoyar en la colecta de Cáritas, en la catequesis de adultos o en la difusión de folletos para defender a la Iglesia y para enseñar la sana doctrina.
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Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
La fe católica arranca desde una experiencia, desde un encuentro, desde una certeza: Dios ha intervenido en la historia humana, Cristo es el Salvador del mundo.
No somos defensores de un sistema ético más o menos perfecto. No somos herederos de tradiciones humanas, con sus luces y con sus sombras. No somos simples evocadores de una doctrina surgida desde el judaísmo y plasmada a lo largo de los siglos en el Credo y en los concilios.
Somos seguidores de Jesús de Nazaret, verdadero Dios y verdadero Hombre, Señor y Salvador del mundo.
Hay, en el corazón del cristianismo, una certeza profunda: Dios ha intervenido en la historia humana, Dios ha enviado al Mesías, Dios ha abierto las puertas de los cielos, Dios ha ofrecido el perdón a los pecadores, Dios nos invita a ser hijos en el Hijo.
Por eso el cristiano vive con una alegría profunda, porque sabe que Dios nos ofrece un don inmenso.
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