En cristiano

Esa fe vaga

27.06.11 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez

Por Carmen Pérez Rodríguez

Es bastante corriente la convicción de que muchos de los que nos decimos creyentes, somos demasiado perezosos e indiferentes a lo que es la fe cristiana y ni siquiera nos molestamos en contradecirla. Sólo tenemos esa fe vaga que se contenta con algunas prácticas externas, y una indiferencia realmente culpable y perjudicial.

Tengo un amigo que le hace constantemente esta petición al Señor: Señor presérvanos a mi mujer, a mis hijos -ya son mayores-, y a mí, del error de creer que tenemos una fe adulta, una religión adulta. Porque en realidad cuando así pensamos tenemos nuestro corazón y nuestra razón cerrados a la gran llamada liberadora del Evangelio, estamos encasillados, organizados. Abandonamos la novedad y la libertad cristiana, y nos creemos que ya nos lo sabemos todo y manejamos todo. Qué mala impresión nos hace cuando una persona nos dice de otra: ¡qué me vais a decir a mí de ella¡; de ella me lo se todo. Imposible, saberlo así. Jamás hablaríamos así de una persona a la que realmente queremos, comprendemos, admiramos. Lo que realmente nos llena de asombro y estupor no es la incredulidad sino la fe vivida. Lo que nos sorprende no es el ateo, sino el cristiano que vive con verdad y amor su fe.

¿Se puede “saber” la fe cristiana? ¿No será que nuestra fe no es viva, ni tiene poder de atracción? La auténtica fe siente, hasta conmover, las palabras de Jesús: lo atraeré todo hacia mí. Pues ese es el problema de nuestra fe: que no es viva, que no atrae, que no comunica nada, que no causa asombro y estupor. Sólo alcanzamos a los demás, atraemos el corazón de los demás, cuando hablamos desde la abundancia del nuestro. No cuando nos adaptamos a las situaciones, y queremos adaptar también nuestra fe. El cristianismo no es un conocimiento o un objeto que se posee, sino un misterio en el que me sumerjo, ante el que siempre soy ignorante y al que en cada momento de la vida me voy abriendo más y más. Y en el que mi admiración y gratitud crece en una progresión indefinida y sin límite.

La gran pregunta que no puede ser retórica es: ¿cómo abro a Cristo todas las parcelas de mi ser en cada circunstancia de mi vida? Pregunta que nunca me la se. Pregunta que nunca acabo de responder y que siempre me la he de seguir haciendo. Si solo presto atención a las objeciones corrientes y vulgares solo puedo aportar una respuesta corriente y vulgar, que no será nunca una respuesta personal en la que esté implicada toda mi vida. El misterio habita tanto en lo que creemos saber como en lo que no sabemos. A veces no discernimos la presencia de Dios en el momento en que está con nosotros, sino después, cuando echamos la vista atrás, hacia lo que ha pasado, dice el Beato John Henry Newman en sus sermones.

El cristiano, el que vive su fe, no pide la felicidad. Comprende que Jesús le enseña a pedir todo que necesita para su vida en la oración del Padre nuestro. No espera la felicidad, espera el bien, los nuevos cielos, la nueva tierra donde habita la justicia, la verdad y el amor. No desea la felicidad, cree y quiere vivir de las bienaventuranzas: pobre, manso, misericordioso, con hambre y sed de justicia, limpio de corazón, pacífico. Juan Pablo II dijo a los jóvenes en Toronto: vosotros sois el pueblo de las bienaventuranzas. El cristiano no espera la felicidad, espera ver y vivir la gloria de Dios. Y todo esto y sólo esto es la felicidad. En Jesucristo todo se ha vuelto nuevo.
La fe es un comienzo de orden existencial. Jesucristo no es tanto la causa de la obligación moral o la sanción del deber cuanto el camino, la verdad y la vida. ¿Es que nuestra razón es demasiado frágil para creer en Dios Padre que crea al hombre, y viene a su encuentro? ¿Nuestro corazón demasiado pequeño para amar a Dios y sentirse amado por El? No seamos insensatos y rompamos el ritmo, la vida de los misterios cristianos que se llaman unos a otros y se enlazan unos con otros. Dios al encarnarse, al hacerse uno de nosotros, coloca el primer acto de una Nueva Alianza, de un Nuevo Testamento, de una Nueva Creación, que continua con su vida, pasión, muerte, resurrección, ascensión, venida del Espíritu Santo. Nuestra fe si es tal cree en una Persona con la que establece una relación vital, con la que vive un encuentro que cambia el horizonte.

El cristianismo es lo realmente humanizador. La fe cristiana no nos coloca fuera o al lado de la vida humana.. Nos obliga a realizarla, a vivirla intensamente, haciéndonos apuntar más allá. El amor cristiano es amar al otro en su vocación singular, amarle como Dios le ama, tal comos es, como un ser único, insustituible, personal. ¡Cómo se prostituye la frase “salvar el alma”¡ ¿A que vino Cristo sino es a salvar la “humanidad”, no en general, sino la humanidad de cada uno. Nadie tiene que hacer “triunfar” la verdad, la fe, sino dar testimonio de la verdad, de la fe. No se puede cristianizar sin humanizar. Y cuando realmente se humaniza se cristianiza aunque no se reconozca.

Lo que nos llena de asombro y estupor no es la incredulidad, sino la fe vivida. Lo que nos sorprende no es el ateo, sino el cristiano que vive con verdad y amor su fe.


Los comentarios para este post están cerrados.

Comentarios

Aún no hay Comentarios para este post...

    Sábado, 23 de junio

    BUSCAR

    Editado por

    Síguenos

    Hemeroteca

    Junio 2018
    LMXJVSD
    <<  <   >  >>
        123
    45678910
    11121314151617
    18192021222324
    252627282930