En cristiano

Mentalidades ultra-progresista y ultra-conservadora

26.06.11 | 11:00. Archivado en Autor del blog, TESTIMONIOS

Por Luis Javier Moxó Soto

Las mentalidades ultra-progresistas y ultra-conservadoras que sufrimos a menudo, (provenientes de condicionamientos ideológicos que no buscan el bien común ni la convivencia pacífica), a mi juicio, son minoritarias y no son tan extendidas como a veces se nos presentan. Por otro lado, lo que más abundan son las discrepancias lógicas de un sano diálogo, fundamentadas para un enriquecedor y elegante debate.

Éstas, se vuelven más dolorosas en su radicalismo, cuando más cerca de lo más querido por nosotros se sitúan. Porque, por ejemplo, los ojos ultras pueden venir aquí o a otro blog de un portal supuestamente religioso, a ver y juzgar la realidad eclesial, desde dentro o fuera de la Iglesia, y en vez de ponerse manos a la obra en el necesario trabajo de un diálogo constructivo y sereno, abierto a la realidad y a su cambio, se dedican a destrozar y destruir, la mayor parte de las veces sin juicio ni fundamento.

Por ello, alguien puede no entender por qué las diferencias entre esas mentalidades, en su versión más ultra o exacerbada, han ser fuente de conflicto permanente y lleno de crispación, por parte de articulistas y comentaristas no sólo en varios blogs de RD y en su foro, sino en varias publicaciones en las que parecen irreconciliables, pero en contados casos, la expresión religiosa y la convivencia pacífica.

Desde la minoría ultra-progresista, la causa de ese conflicto quizá no sean personas concretas, sino la forma y estilo de presentar éstas la realidad eclesial. Por mucho que yo quiera reclamar a la Iglesia lo que debe o tiene que ser, en el fondo esa coherencia demandada puedo vivirla, o no, como parte del esfuerzo común con los que muy desde dentro dan verdadero testimonio, no sólo de fidelidad a Jesucristo y al Evangelio, sino de comunión y unidad en torno a Pedro. Si hago una crítica y a la vez me alejo, y permanezco así muy a gusto en la frontera, en la disidencia y en postulados no oficiales, colgándome “sufrida y heróicamente” todos los “improperios” que la jerarquía, carcas, o neocon quieran ponerme, ya llegará el momento que entre los míos nos consolemos con el proyecto utópico de fundar algo distinto donde todos nos entendamos bien y no excluyamos a nadie. Pero como eso no es posible, volvemos de nuestro sueño erigiéndonos en salvadora de la libertad y de la solidaridad con los más pobres y desfavorecidos frente al poder de una institución que habría que considerar vieja, obsoleta, infiel e inservible, o intento provocar una apertura y una renovación que veo que no se da como yo quiero o espero equivocadamente.

Y así se puede permanecer mucho tiempo en la inconsciencia de que la coherencia, el verdadero testimonio, el auténtico compromiso cristiano, no los dan esa forma de pensar ni de proceder, ni de criticar. Esos valores de cambio y renovación necesarios que tanto demando realmente no pueden encontrarse en otro lugar de forma más plena que en Jesucristo y su Iglesia, en la Iglesia donde se puede hacer experiencia del encuentro con Jesucristo, es decir, en el lugar que Él ha puesto, en Pedro, donde Él ha querido que se le encuentre y así todos y cada uno puedan ser piedras vivas y salir renovados.
Por otro lado, está la postura, también minoritaria como la progre y muy cerrada, de aquellos que, desde el ultra-conservadurismo, se creen también en posesión de la verdad más absoluta e inopinable, pero que a veces se da desde lugares de cierta responsabilidad eclesial. Pero lo malo es que si bien los anteriores estaban, más o menos conformes, con su ocupación en el sector ultra o crítico de la escena, a éstos nadie les tose porque inmediatamente saldrías señalado, amonestado severamente o censurado. Son pocos, en uno y otro lado, pero la libertad de expresión, la verdad y la caridad cristiana no pueden estar comprometidas de esa manera, ni por la crítica devastadora ni por la censura ahogante.

Cuando alguien, desde su posición de poder, se vale del mismo para acallar la disidencia a toda costa, para desacreditarla inmediatamente, y apartarse inmediatamente de la misma como de la peste, no está actuando de forma cristiana. Si existe esa contradicción con el mundo es porque algo tengo que cambiar, añadir, evitar o revisar, porque tengo que escuchar, valorar y quedarme con lo bueno que toda persona tiene en su fondo. Lo que estoy haciendo a veces es pretender someter algo que tarde o temprano brotará de nuevo, por donde menos se piense, y es mejor atenderlo y no sofocarlo, cuanto antes, antes de que crezca más y se complique todo.

No puedo hablar, predicar y amonestar continuamente, sin reparar que con un poco más de humildad, menos tecnicismos, más pedagogía y humanidad, llegaría un poco más lejos, y de mejor forma, a los que me escuchan y reciben. He de tener más en cuenta a todos los que puedan estar escuchando y valorándome, porque ellos también tienen su inteligencia, formación, experiencia, necesidades y realidad concreta, capacidad de comprensión, juicio,… Y, sobre todo, a los que “más fieles” reciben lo que les hablo no de mi parte, sino porque se me ha confiado un ministerio, un servicio, hacia ellos, en nombre del mismo Jesucristo.

Debo reconocer, no sólo públicamente los fallos y pecados de la institución en la que estoy, sino también los míos personales, y esto no me debe llevar a la humillación o a la vergüenza, sino a una mayor sencillez, testimonio y fraternidad, con claridad ante Dios y los demás, sean quienes sean y piensen como piensen. Y de eso no debo tener nunca miedo ni prevención. Lo que es un verdadero escándalo no es tanto que disponga de un cierto poder para realizar obras de justicia, de solidaridad y de misericordia, sino utilizarlo para distanciarme de los demás a quien debo servir, y si observo que alguien pueda estar en contra de mí, buscar la ocasión para restablecer si no la amistad y confianza, sí la reconciliación con todos y en todo momento, a tiempo y a destiempo.

¿Cuál sería, a mi juicio, el lugar de encuentro sano y pacífico de unos con otros, de ultra-progresistas, progresistas, ultra-conservadores y conservadores? Que cada uno no nos creyéramos mejores ni peores, ni pretendiéramos dar lecciones a nadie, (aunque lo haya parecido con este rollo), y que lo que digamos o critiquemos lo hagamos, con toda libertad, consideración y respeto, muy implicados con unas y otras posturas que se dan en nuestra Iglesia, muy al lado y en comunión de unos con otros, desde la conciencia común que nadie está libre de pecado, ni libre tampoco de necesidad de aprendizaje continuo, de corrección fraterna, de conversión continua, de oración de intercesión de unos por otros y de salvación.

Si estamos unidos entre nosotros, por muchas diferencias de mentalidad que podamos tener, si no radicalizamos nuestras posturas y sabemos compartir los éxitos y fracasos, las virtudes y debilidades, de quienes no piensan como nosotros, tal vez hayamos dado un paso mayor hacia la verdadera comunión que Jesucristo quiere para todos nosotros, queramos o no permanecer en Su Iglesia, aunque Su deseo y Su oración quieran que estemos unidos como Él lo está con el Padre, siendo un solo corazón y un alma sola.


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