En cristiano

No es cuestión de técnicas, ni de recetas

25.06.11 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez

Por Carmen Pérez Rodríguez

Nos fijamos en determinadas personas que nos admiran por cómo hacen las cosas, por lo que les sucede, o lo bien que les sale todo, incluso sus actuaciones ante las dificultades, contrariedades, malentendidos. Y pensamos que es cuestión de una técnica, de una receta, de unas medidas, de una solución inmediata; más o menos de un “remiendo”. Y algunos hasta lo atribuyen a la “suerte”, a la casualidad.

Pero cuanto más se recurre a este tipo de soluciones, “remiendos”, medidas, técnicas o recetas, más se hunden las personas en su propia situación. Y no digamos cuando se piensa superficialmente en la suerte o en la casualidad. Solo la veracidad y el amor nos dan firmeza y solidez, y nos permiten la experiencia rica de la vida y la comprensión de sus caminos. No es cuestión de una pobre y reduccionsita psicología, más o menos conductist, de técnicas y recetas.

¿Por qué no buscar la raíz de nuestra conducta, las causas de lo que nos ocurre en lo que tiene que ser el verdadero descubrimiento de nuestra vida: nuestro interior, nuestra conversión? ¿Por qué no somos conscientes de que en la manera de mirar a los demás y a las cosas que nos suceden ya estamos reflejando nuestro problema? Puede ser que el modo como miro a los demás sea mi verdadero problema.

Y desde luego no valen ni técnicas, ni recetas psicológicas. Necesitamos una interpretación de nuestra vida diaria a partir de nuestro interior, de lo eterno, de lo que es la grandeza humana, su belleza, su verdad y su bien. Todo ello como algo vivo, que afecta a todo nuestro ser, y de manera tan concreta como son los momentos más cotidianos y sencillos. Tengo que saber mirar de una manera más profunda y fundamental, desde unos criterios, hoy se dice desde un paradigma interior, mi vida, mi propia naturaleza, mi familia, mis amigos, mi trabajo, mis alegrías y penas.

Puedo estar mirando las debilidades de los otros, las infidelidades, sus defectos, sus actuaciones, todo lo que sea, pero es un hecho que mi verdadero problema no son los demás, ni lo demás. Soy yo mismo. Una y otra vez volvemos a la gran realidad: en el interior del hombre está el bien y el mal, la verdad y la mentira. Tengo unas interpretaciones, tanto de la vida como de los demás, que están alimentando mis problemas. Y para esto no hay que buscar aspirinas, ni parches, ni vendas para heridas. Necesito un nivel más profundo, un paradigma que describa la realidad del ser humano, actuar de adentro hacia fuera. El hecho más incuestionable y alentador es la capacidad del hombre para dignificar su vida, su sufrimiento, sus adversidades. Esto yo lo veo constantemente y en personas de todas las edades de las que no me canso de aprender y que conmueven hasta lo más profundo de todo mi ser.

Si uno quiere tener un matrimonio feliz, ha de ser una persona que genere unas relaciones respetuosas, positivas y generosas que superen lo negativo, y las dificultades. Si quiere tener amigos, ha de ser veraz, comprensivo, colaborador. Si quiere despertar confianza, ha de ser digno de confianza. Siempre lo personal precede a lo externo, siempre lo privado precede a lo público. Hay que saber mantener las promesas a nosotros mismos, y sólo así podremos hacer promesas a los demás. Dicen los conocedores de la psicología humana que nunca han encontrado soluciones duraderas a los problemas (problemas fundamentales, serios de la vida humana) que procedieran de afuera hacia adentro.

Las técnicas, las medidas, las recetas externas generan personas infelices, inseguras, agresivas, resentidas. No se puede ir por la vida queriendo que cambien los otros, confesando los pecados de los otros, queriendo moldear a los otros según nuestros gustos y exigencias; viendo, como nos dice Jesucristo, la paja en el ojo ajeno. Sus palabras siempre van a nuestro “adentro”, al fondo de nuestro corazón: Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos… Si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano.

El cristiano encuentra en la reconciliación el verdadero camino hacia la paz, y la celebración de la Eucaristía es un encuentro profundo con Dios y con los hermanos. Siempre comenzamos la Eucaristía con un ponernos con toda verdad, con el reconocimiento de nuestro “adentro”, de nuestra deficiencias, no con las de los otros, ni siquiera las de los más próximos, ante la mirada de Dios.

Si uno quiere “tener”, ha de “ser”. No, no es cuestión de técnicas psicológicas, ni de recetas. Ya dice Jesucristo: Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor. Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos. Lo narran Mateo, Marcos y Lucas. Es que son muy gráficos los ejemplos que ponía Jesús de Nazaret y perfectamente comprensibles para todos aquellos hombres y mujeres que las escuchaban. Toda la carga humana está representada en el paño y los odres viejos. El Evangelio no es cuestión de técnicas, ni de recetas, ni desde luego de remiendos. Es paño nuevo, vino nuevo. Es la expresión “todo lo hago nuevo” del Apocalipsis.


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