En cristiano

A solas conmigo misma

08.06.11 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Hoy ha sido Pierre Teilhard de Chardin quien me hecho sentirme a solas conmigo misma de una manera muy concreta. ¿Te acuerdas Pablo, el día que me regalaste el Himno del Universo en tu casa? Esas comidas o cenas que no puedo olvidar con tu familia. Me “perdí” como alumna a Laura pero la he vivido de otra manera. Siempre cuando se quiere, “se vive a una persona”

Lo que dice concretamente Teilhard es que el trabajo interior de un alma es tan importante como la lucha por un mundo mejor. Más aún es ese ámbito de la conciencia individual donde desemboca el esfuerzo universal, para llegar más lejos todavía. Me ha hecho meterme en el ámbito individual y personal como es la conciencia. El trabajo interior es la gran fuerza y la realidad para vivir. No es posible el propio conocimiento, el esfuerzo por vivir en verdad, la lucha por un mundo mejor sin ese trabajo interior, sin abrirnos y ser conscientes de nuestra propia conciencia individual. Ni es posible abrirnos a nosotros mismos y a una auténtica autoestima sin la conciencia y sin la labor interior.

Cuando se lee el Evangelio sin ideas preconcebidas se advierte sin lugar a dudas que Jesús vino a traernos verdades nuevas sobre nuestro destino, no solo una vida nueva, superior a aquella de que nosotros tenemos conciencia, sino también y realmente un nuevo poder, una nueva genealogía, una nueva familia, una nueva fuerza para poder actuar sobre mis situaciones concretas. Un poder, fuerza y vitalidad nuevos que dan el creerse, el saberse como hijo de Dios. Porque Jesucristo no es de ninguna manera sólo el amigo, el hermano, es Dios. Y mi conciencia abierta a la trascendencia, al misterio, lo necesita y lo sabe así. Si a solas conmigo misma me digo “esto”, convencida, confiada, me he encontrado a mi misma, mi destino. Se pone en pie la fe y la esperanza tan necesarias. Y desde luego el amor, el único que puede tomar y reunirnos a todos los hombres por el fondo de nosotros mismos, por nuestro interior, y nos da plenitud al unirnos en lo que realmente es nuestra condición humana y nuestro destino.

La decisión de mi conciencia se orienta a una posibilidad totalmente individual, personal, como la decisión del amor, aunque de momento extrañe porque se reduce el amor a un puro impulso, a una mera atracción. La conciencia descubre lo “uno necesario y vital para el ser humano”, y el amor las posibilidades únicas de cada uno. Es verdad que el amor es lo primero y único que está en condiciones de contemplar a la persona en su singularidad, en su verdad. Esto es Evangelio de Jesús, la buena nueva suya, que descubramos lo uno necesario y vital para en nuestro interior.

La conciencia y el amor están en intrínseca relación porque tanto la una, la conciencia, como el otro, el amor, requieren de mi interioridad, de lo que me es único y personal. La misión de la conciencia es descubrirme lo que es necesario para mi condición humana, para mí ser de persona. La conciencia me pone de manifiesto mi libertad y responsabilidad. Mi capacidad para realizar lo que es bueno que haga, juzgar la realidad que es mejor, ser coherente y hacer lo que realmente me realiza y hace bien.

Se trata de esa única y exclusiva posibilidad mía de vivir y realizar en cada circunstancia lo que Max Sheler llamó valores de situación. Es un rico “deber ser”, no impuesto desde fuera, nada legalista y formulista, que brota de mi condición de criatura creada y amada, redimida por Dios, y es concretamente lo que El ha querido que me corresponda. Pero el paso a la decisión es mío. Yo decido constantemente mi vida en mis respuestas. En mi conciencia, en mi interioridad, es donde descubro mis posibilidades concretas de vivir, de responder a las situaciones, de abrirme al horizonte de lo que es vivir, sin limitaciones materialistas, ni ideológicas que nos destruyen y separan a unos de otros. Por eso nos insiste tanto Jesucristo en que lo que sale de dentro es lo que nos hace impuros. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, adulterios, codicias, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Aquí radica la experiencia agustiniana: en el interior del hombre habita la verdad. No es la conducta meramente instintiva. Sino esa capacidad mía, meramente humana que juzga, que comprende, que puede educarse, abrirse o cerrarse, limitarse, reducirse, destruirse. Una vida a partir de la conciencia es una vida personal.

Es una maravillosa realidad lo que se espera de cada persona - no hay diferencias- que cada uno en nuestro vida sencilla y diaria construyamos en el mundo de los hombres una morada para el Dios de la Verdad. En cada una de nuestras sencillas acciones diarias, en nuestra manera de estar, juzgar, responder se vaya dando el amor, la justicia, la verdad. Para esto, para hacerme tuya, mi Dios, como dice Teilhard, Tu que estás más lejos que todo y eres más profundo que todo, Tu tomas prestada y te alías con la inmensidad del Mundo y con mi propia intimidad. Nada vive y actúa más intensamente en el mundo que Jesucristo suspendido en la Cruz y oculto en la Eucaristía como una luz entre el universo y Dios. Jesucristo es la cima de toda perfección humana y cósmica. No hay una brizna de hermosura, ni un encanto de bondad, ni un elemento de fuerza que no encuentre en Ti su expresión más pura y su coronación.

Conmigo a solas…En el ámbito de mi conciencia individual es donde desemboca el esfuerzo universal par llegar más lejos todavía.


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