Por Carmen Pérez Rodríguez
Cercanía, proximidad, inmediatez, contigüidad. Enseguida pensamos en las personas: entrañables, cercanas, próximas, convincentes en sus razones y manifestaciones. Y, si realmente la familia es lo que significa, la sentimos siempre cercana. La tenemos “a mano” siempre. No existe situación en la que no se pueda contar con ella. Siempre “está donde la necesitas” para las alegrías y para las dificultades. Una amistad viene expresada por el grado de cercanía. Para indicar nuestro grado de relación con alguien en quien confiamos y de quien nos fiamos decimos: es la persona a la que siempre sientes cercana. ¡Qué cercana es esta persona¡¡ y ya parece que está todo expresado.
Es un hecho fácil de reconocer que una de las grandes cualidades de la persona es que sea cercana. La cercanía, si lo pensamos, implica todo. Nadie puede ser realmente cercano sin veracidad, sin humildad, sin sencillez, sin comprensión, sin respeto, sin justicia, sin gratitud, sin capacidad de silencio y comunicación. La cercanía expresa la mejor relación, todo sucede del modo más seguro, fiel, grato. En la cercanía se expresa la relación más vital entre dos personas. La cercanía permite leer, escuchar, sentir lo que ocurre entre las personas.
La cercanía produce auténtica comunión. Para que se produzca comunidad entre muchas personas se necesita de la cercanía. En la cercanía no se da el egoísmo. Por el contrario se deja valer al otro tal como es, se tiene derecho a ser como eres. Todo el tiempo estoy pensando en una persona que conozco y que es precisamente eso: “cercana”. Con ella tiene uno guardadas las espaldas. Lo mejor que nos podemos desear es que hayamos sentido o sintamos a una persona cercana.
Todo esto nos hace entender y sentir la gran cercanía de Dios. La que hace posible toda otra cercanía. Dios es el Emmanuel: el Dios con nosotros. Precisamente en plena Navidad podemos gozar y sentir esta cercanía en las lecturas del domingo. El domingo es siempre el día por excelencia para el católico en el que en comunidad, en cercanía con los hermanos, podemos sentir la cercanía de Dios, al Dios cercano. Las tres lecturas, y el salmo estallan en esta gran realidad.
La cercanía central queda expresada por S. Juan, en el magnífico y espectacular pórtico del prólogo de su Evangelio: En el principio era la Palabra. Y la Palabra se hico carne y acampó entre nosotros. ¿Qué más puede expresar la cercanía de Dios? La afirmación que tiene que conmovernos hasta lo más profundo de nuestras dudas y dificultades es la de que Dios se hizo hombre. En este único pórtico de manifestación, de luz, de sabiduría, de realidad, de comunicación se revela al Dios cercano que establece una relación en la que los labios proclaman lo que el corazón cree y el corazón cree lo que los labios proclaman.
La sabiduría desde el principio estableció su morada entre los hombres. Por esta sabiduría los hombres del Antiguo Testamento se saben obra del Creador. Entre ellos está su santa morada, así saben de la cercanía y relación con el Dios de Abraham. Echó raíces en el pueblo, en su heredad. En esta cercanía se expresa su alabanza, su gloria. En esta cercanía puede saciarse con flor de harina, enviar su mensaje a la tierra, correr veloz la palabra, anunciarla Jacob. Lo mismo que sus decretos y mandatos a Israel. Ningún pueblo, ninguna nación ha sabido así de esta cercanía.
Y sigue esta cercanía expresada por S. Pablo: en Cristo nos bendijo con toda clase de bienes. En Cristo se entiende la cercanía de Dios con su pueblo, y ahora ya con toda la humanidad. Nos ha predestinado a ser hijos adoptivos suyos por Jesucristo. Esta nueva familia ilumina el corazón para que comprendamos cual es la esperanza a las que nos llama y cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los que viven de esta cercanía y en esta cercanía.
Pensemos lo que decíamos al comienzo de lo que realmente significa la cercanía. Esa cercanía que entendemos tan bien y anhelamos en la vida de familia, en el trato con los amigos, en el trabajo, en el descanso, en las alegrías y en los penas, en el reconocimiento de las cualidades y la aceptación de nuestra manera de ser. De esa cercanía es de la que se nos habla en el catolicismo. Esa cercanía tiene su plenitud en nuestra relación con Jesucristo, el Dios con nosotros. En El está nuestra referencia. El es una y otra vez, nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. En el aprendemos a vivir, a estar con los demás, a reconocernos y reconocer a los otros, a vernos, a pesar de todos los pesares, como hijos de un mismo Padre, herederos de una misma herencia. Por eso su mandamiento, su ley de vida es la de amor, la de la cercanía de unos con otros.
La cercanía de este Dios con nosotros ha de ser el clima en el que vivimos, la tierra por la que caminamos, la seguridad de nuestro caminar. Sabernos siempre, en todo momento, a la luz de su cercana mirada. La cercanía expresa del mejor modo nuestra relación vital con Jesucristo. Me permite leer, escuchar, reconocer, sentir lo que ocurre y lo que me ocurre. Con El tenemos guardadas las espaldas.
Martes, 29 de mayo
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola