Por Carmen Pérez Rodríguez
Leila y yo hemos leído una breve narración que nos ha hecho gracia. Se titula: Muchas preguntas. Leila tiene ocho años. Y nos gusta saber y sentir las palabras. Nos gusta entender todo lo que leemos. Nos lo hemos pasado bien aprendiendo cómo son los animales de los diferentes sitios. Por ejemplo qué es un hipopótamo, un caballo de río. Y ver como ese “hipo” está en también en hipódromo lugar donde corren los caballos. Y con esta última palabra nos lo hemos pasado muy bien porque hemos saboreado lo que es el canódromo lugar donde corren los galgos. Pero es que yendo al Hospital de Parapléjicos de Toledo, hay una pintada en el suelo que con letras muy grandes pone: tontódromo. Y claro ella ha deducido que, aunque esté en el diccionario esa palabra, quiere decir lugar por donde corren los tontos.
La breve narración nos ha hecho sonreír a las dos y también a Lucas, su padre. La sintetizamos. Un niño hacía muchas preguntas, la gente le miraba y meneaba la cabeza: ¿Por qué las colas tienen peces? ¿Por qué los bigotes tienen gatos? El niño crecía y no cesaba de hacer preguntas. ¿Por qué la sombra tiene un pino? ¿Por que las nubes no escriben cartas? Tenía tantas preguntas que le acababa doliéndole la cabeza. Le creció la barba, pero no se la cortaba. Es más se preguntaba: ¿Por qué la barba tiene cara? En suma era un fenómeno. Cuando murió un sabio hizo investigaciones y descubrió que aquel individuo se había acostumbrado a ponerse los calcetines al revés y no había logrado ponérselos bien ni siquiera una vez. Y así no había podido aprender nunca a hacer bien las preguntas. A mucha gente le pasa lo que a él.
Somos también verdaderos fenómenos en nuestra manera de ver y preguntamos mal, Preguntamos tan mal que vemos la sombra sin ver el pino, o la barba sin ver la cara. Vemos la Iglesia con todo lo que implica, los sacramentos, sin ver a Cristo. Vemos la iglesia, la familia, los hijos, las situaciones, los sufrimientos, sin ver la gran realidad. Y nada tiene consistencia sin El. Nos encontramos muchas veces con preguntas, con interpretaciones, con afirmaciones que son aún más chuscas que las preguntas de ese niño, que creció así, hasta que le creció incluso la barba y veía que la barba llevaba la cara.
Ya lo creo que pasa eso. Y quizá también nos pasa a muchos de nosotros, nos quedamos con la sombra que lleva el pino, las colas que tienen los peces, los bigotes que tienen gatos y la barba que tiene cara. La iluminación, las escaparates, las vacaciones, que tienen Navidad. Pero es que nos pasa mucho más de lo que creemos en lo que es realmente el cristianismo. Nos quedamos con la sombra, el bigote, la barba o la cola.
La Navidad es la respuesta de Dios al drama de la humanidad en búsqueda de la paz verdadera dice Benedicto XVI con su clara y certera manera de llegarnos. Ese Niño que nace es una profecía de paz para cada hombre. Ese Niño Jesús es nuestra paz. Con Cristo aprendemos a vivir, a estar entre los demás, a que nuestra vida se abra a todas las cerrazones y dramas en los que vivimos, a ver el sentido de la vida, desde el embrión hasta que muere, a sentir y vivir con fuerza y plenitud toda nuestra humanidad.
Con el corazón lleno de los sentimientos que produce el encuentro con Jesús podemos ser en todas partes instrumentos y mensajeros de paz. Los cristianos, nos dice, (y ahora pienso eso es ser el pino, el pez, la cara, el gato, la carta y no la sombra, la cola, la barba, el bigote y la nube) han de ser en todas partes instrumentos y mensajeros de paz, para llevar amor adonde hay odio, perdón donde hay ofensa, alegría donde hay tristeza y verdad donde hay error, según las bellas expresiones de una conocida oración franciscana.
Esa es nuestra labor si sabemos lo que es Navidad realmente. Y porque siempre es Navidad, sabremos mirar la vida a través de María, de José, en el camino a Belén, en el nacimiento de Jesús, con su hijo en su huida a Egipto, en su sencilla vida de Nazaret. Navidad nos enseña a vivir. Desde hace más de 2000 años siempre es ya Navidad, aunque haya unos días especiales para recordarlo, porque lo necesitamos. Por eso no queremos matanzas de inocentes, ni queremos mercaderes en los templos, no preferimos Barrabás a Jesús, no queremos ser como los fariseos y los escribas que llenos de leyes, y moralismos externos no supieron reconocer al que venia a salvarlos: se quedaron con la sombra, el bigote, la barba o la cola.
Dos enfoques: el hombre, la criatura llamada hombre sin ninguna referencia, ella por si misma como si esto fuera posible, sin raíces, sin dirección, sin camino. Y la referencia que se nos presenta desde el hombre llamado Cristo, más humano que toda la humanidad. Y solo, absolutamente sólo desde El se entiende plenamente quienes somos, de dónde venimos y por donde vamos. Quien encuentra a Cristo encuentra su morada interior, con palabras de Teresa de Jesús. Encuentra su habitación interior, con las únicas e inmejorables vistas, en el mismo corazón de su propio castillo, un lugar que nunca hubiera sospechado. Encuentra en el fondo de sí lo que le atrae hacia la verdad, hacia la paz y hacia el bien. Es también la conocidísima afirmación agustiniana: en el interior del hombre habita la verdad, buscaba en todos partes lo que vino a encontrar dentro de sí.
El pino da sombra, el gato tiene bigote, la cara lleva barba, la carta la escribe un amigo.
Martes, 29 de mayo
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola