Por Carmen Pérez Rodríguez
El drama de Belén. Cuando el Niño que ha nacido en Belén hable, hablará muy claro sobre este tema. Si el grano de trigo no muere queda infecundo. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia porque de ellos es el reino de los cielos. Y ahora ya está presente el drama en Belén. No tendríamos que extrañarnos y verlo como algo ajeno a nosotros, separado de nosotros el sufrimiento, el drama. El sufrimiento nos acompaña. Coexiste con nosotros. La creación entera gime y siente dolores de parto.
Aunque el hombre, como dice Juan Pablo II en su carta dedicada al sufrimiento humano, conoce bien y tiene presentes los sufrimientos del mundo animal, sin embargo, lo que expresamos con la palabra “sufrimiento” parece ser particularmente esencial a la naturaleza del hombre. Ello es tan profundo como el hombre, precisamente porque manifiesta a su manera la profundidad propia del hombre y de algún modo la supera. Es verdad que el hombre no puede soportar sólo el sufrimiento, necesitamos sentirnos agarrados de la mano de nuestro Padre Dios. Cada uno de nosotros “suple” en su carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia. No es que en el sufrimiento de Jesucristo falte algo, nos amó hasta el extremo. Es en nosotros en los que ha de darse esa redención. Y solo desde el amor puede entenderse: tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que cree en El no perezca sino que tenga la vida eterna.
El drama de Belén en aquel momento lo centramos en Herodes. Herodes, como Judas, Pilatos, el mal ladrón, han quedado con una simbología y significado que ha atravesado los siglos. Herodes, concretamente, es el hombre cruel con los niños. Era un idumeo, no era ni hebreo, ni griego, ni romano. Por eso doblaba la rodilla ante Roma y halagaba a los griegos para tener más seguro el dominio sobre los judíos. Herodes se alarmaba ante la presencia de cualquier pretendiente a su trono. Su psicología, tal como la describen algunos historiadores, era bastante tortuosa. Todo lo ahogaba en sangre, sospechaba de todo y de todos. Según un historiador de la época, F. Josefo, era de carácter indómito, cruel e inflexible. Le eran extraños los sentimientos de ternura y las emociones sensibles. Donde quiera su interés parecía exigirlo, obraba con mano férrea hasta hacer correr ríos de sangre. Estos datos coinciden con las escasas noticias que de pasada ofrece el Evangelio de S. Mateo. Todo le hacía temblar y era muy supersticioso. Cuando supo por los Magos que había nacido un rey en Judea se sobresaltó. Su respuesta fue rápida. No sabemos cuántos serían los inocentes. Como dato, que no se si es fiable, he leído, que entre ellos hubo un hijo pequeño de Herodes que estaba criándose en Belén. Lo que si que se sabe es que mandó ejecutar, ante de su muerte, a los dos hijos que tuvo con Mariamme, Alejandro y Aristóbulo. Monarca al estilo oriental tuvo hasta diez mujeres. Murió asaltado por males que causan repulsión y asco.
Los demonios también, en esa primera fiesta de Navidad, lo celebraron a su manera. Se pasa de ángel a demonio por la soberbia y la envidia. S. Agustín define al demonio como infinitamente soberbio y envidioso. Se pasa por hacer el bien según los propios proyectos que están alejados de Dios. Por un pobre y falso amor propio como es creerse ser algo y alguien fuera de Dios, por romper la relación con el Amor, la Verdad, la Vida. Ese fue el comienzo que describe la Biblia en el Paraíso. Pero el Niño que ha nacido ha venido a salvarnos. En nosotros está la respuesta. ¿No es el ABC del cristianismo? A menos que entendamos la presencia de ese enemigo, no sólo perderemos el elemento clave del cristianismo sino también de la Navidad, y de todo en la vida.
Como dice Chesterton, con la clarividencia que da la auténtica conversión: la Navidad en el cristianismo se ha convertido en algo que en cierto sentido es muy simple. Pero no es así. No se trata de una única nota sino del sonido simultáneo de muchas notas: la humildad, la alegría, la gratitud, el temor sobrenatural y, al mismo tiempo, la vigilancia y el drama. No es un acontecimiento, cuya conmemoración sirva a intereses pacifistas o festivos. No se trata sólo de una conferencia hindú en torno a la paz o de una celebración invernal escandinava. Hay algo en ella de desafiante, algo que hace que las bruscas campanas de medianoche suenen como los cañones de una batalla que acaba de ganarse.
Parece muy difícil en el día de la matanza de los Inocentes no sentir juntos el drama que tenemos tan continuamente presente como es la falta del sentido sagrado de la vida humana. La vida desde el momento de la concepción hasta el momento de la entrada en la casa del Padre Dios. No podemos resignarnos ante lo que parece una evidencia de haber perdido la batalla en el tema de la sacralidad de la vida, del aborto. Parece con una mirada superficial que la legalización del aborto ha cambiado pocas cosas, pero realmente es una de las lacras emponzoñadas de nuestra sociedad que destruye la humanidad del ser humano.
Nos recuerda el Papa Benedicto XVI que en el libro del Génesis hay una página muy elocuente sobre este problema. Es la bendición que el Señor Dios otorga a Noé y a sus hijos después del diluvio. Lo sintetiza en dos cuestiones: No hay “homicidios pequeños”; el respeto a toda vida humana es condición indispensable para que pueda existir una vida social digna de ese nombre. Cuando el hombre pierde conscientemente el respeto a la vida humana como realidad sagrada termina inevitablemente por perder hasta su propia identidad personal.
El drama de Belén siempre está presente. ¿Qué hay realmente sagrado en nuestra sociedad? ¿Sobre que sentido de la vida amamos y construimos la familia, la sociedad?
Martes, 29 de mayo
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola