Por Carmen Pérez Rodríguez
Ha sido una expresión que siempre me ha movido, me ha hecho pensar y querer llegar más y más a lo que significa y expresa: Si tus labios proclaman que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó te salvarás. Hay un nexo muy fuerte entre lo que tus labios proclaman y tu corazón cree. Es parecido al nexo que existe en proposiciones que repetimos mucho en la vida. Por ejemplo, un padre le dice a su hijo: trabaja duro y serás algo en la vida. Dime con quien andas y te diré quien eres. O dime de qué presumes y te diré de qué careces.
Me parece de lo más experiencial y evidente los dos nexos tan fuertes que se nos presentan: tus labios lo proclamarán si tu corazón cree. Tus labios lo proclamarán porque tu corazón cree. Tu corazón estallará en una proclama de lo que realmente crees. Y el segundo nexo: si tus labios proclaman y tu corazón cree entonces te salvarás. Te salvarás porque toda tu vida experimentará un renacimiento, vivirás toda tu humanidad con pleno sentido, y a través de todas las circunstancias caminarás por el camino que te lleva al lugar de tu destino.
Primero lo que se percibe: los labios proclamando lo que el corazón cree. Es de lo más real en la vida: de la abundancia del corazón habla siempre la boca. La cita completa de Jesucristo: El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el hombre malo del mal tesoro de su corazón saca lo malo porque de la abundancia del corazón habla la boca. La auténtica ventana para ver es nuestro corazón, por eso la peor cerrazón, el mayor muro es el mal corazón. La boca pronuncia lo que el corazón apunta. He oído decir que el corazón es como una fábrica de producción y la lengua es el director comercial.
Todo lo que S. Pablo puede decirnos nos lo dice con esta expresión porque afecta e implica nuestra humanidad y nuestra manera de ser y estar en la vida: si tus labios proclaman que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó, te salvarás. Aquí y ahora estamos salvados, cada uno de nuestros momentos es moneda de vida eterna. Si nuestro corazón cree proclamaremos día a día y momento a momento, a pesar de nuestras caídas y defectos, el cristianismo. Si nuestro corazón cree proclamaremos como amamos a Cristo. Y si nuestro corazón cree proclamaremos nuestra fe.
Al volver sobre esta afirmación tan taxativa y real de S. Pablo me he parado a sentirla. Y me ha ocurrido lo mismo que cuando vas subiendo una montaña y al final llegas a la cima y contemplas el paisaje. No es lo mismo que si se llega a la cima por algún medio de circulación. Unos amigos Mª Clara y Manolo me han mandado unas fotografías de su salida, unas pinceladas de su excursión. Han subido a la cima más alta de Montserrat. El día ha sido fantástico, me dicen. Ha valido la pena. Las vistas impresionantes, el mar, los pirineos hasta el sur de Tarragona. Muy duro pero ¡¡fantástico¡¡ Hemos subido por el camino directo donde te vas encontrado todas las ermitas, Santa Ana, S. Jerónimo, S. Miguel etc. La subida muy fuerte, tenemos más de 1000 escalones muy verticales, pero repito ha sido un don de Dios el poder disfrutar de esas maravillosas vistas en un día espléndido y luminoso. Su email, lo mismo que sus labios, cuando hablé con ellos proclamaban lo que su corazón cree, lo que habían vivido, lo que habían experimentado con todos sus sentidos.
Nuestros labios proclaman lo que nuestro corazón vive. Si con la fe de nuestro corazón vencemos todos los escollos y obstáculos experimentaremos el ciento por uno, la bienaventuranza eterna, el gozo ya aquí. Estaremos recorriendo el camino como hemos de recorrerlo y rebasaremos las alturas que nos llevan a la cima. Si tus labios proclaman que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó, te salvarás. Es de lo más lógico y consecuente. Creer que Dios ha resucitado a Jesucristo con todo lo que implica la resurrección de Cristo para nuestra humanidad, empuja a nuestros labios a proclamar que Jesús es el Señor. Y por tanto a vivir de esa fe. A que la fe sea la luz por la que veamos, los ojos que nos permitan reconocer.
La fe que existe, la fe que se palpa, la fe que se manifiesta, no es nada abstracto. Es la fe de cada persona, como es la bondad, o el respeto, o la alegría. La fe es la expresión personal en cada ser humano de la verdad revelada por Dios a través de Jesucristo. La fe solo puede ser expresada a través de cada uno. La aceptación de que Jesús es el Señor y de que Dios lo resucitó es personal y ha de ser vivida, proclamada a través de uno mismo. Si no es así es algo puramente banal y verbal. Si no es así el dogma se convierte en un mito y la Iglesia en un partido (Henry de Lubac).
Un espíritu infantil no tiene nada que ver con la puerilidad, ni con la debilidad intelectual. Cuando mis amigos se admiran ante lo que ven y necesitan contármelo lo hacen llenos de esa bienaventuranza de la que habla el Señor: si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos. Ser capaces de admirarse ante lo que ven, de ver lo extraordinario, de contemplar, de creer, de proclamar. Los niños no ponen barreras. ¿A quien no le sorprende las caras de los niños llenas de preguntas y de comprensión, de reconocer la mirada, lo mágico, su atención ante la narración que se le cuenta?
Si tus labios proclaman que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucito, te salvarás.
Martes, 29 de mayo
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola