Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
Estamos limitados. Por el peso, que nos ata al suelo. Por el aire, sin el cual no podemos respirar. Por miradas ajenas, que coartan nuestra libertad. Por leyes más o menos precisas, que encanalan nuestros actos. Por la falta de medios concretos para realizar sueños muy anhelados. Por miedos que impiden conquistar metas buenas.
Los límites están delante y detrás, encima y debajo, fuera y dentro. Quizá nos fijamos más en los límites externos y olvidamos esos límites que crecen en nuestros corazones.
Los límites pueden llegar a asfixiarnos. ¿Cuántos deseos han naufragado por culpa de límites reales o ficticios? ¿Cuántos planes nunca han sido realizados por miedos y por carencias, subjetivas u objetivas?
Los límites tienen una fuerza enorme. Pero no determinan por completo nuestras vidas. Porque siempre vibran en los corazones sueños y deseos, energías internas capaces de reorientar la vida, de desbloquear miedos, de superar hostilidades, de avanzar por caminos nuevos, de saltar barreras injustas y de construir puentes para cruzar ríos caudalosos.
Estamos rodeados y envueltos por muchos límites. Pero por más que las fuerzas externas nos subyuguen o nos aplasten, dentro brilla la fuerza del espíritu.
Podemos, entonces, mirar al cielo, confiar en la ayuda divina, levantarnos del pecado, acudir al sacramento de la Penitencia, pedir perdón y empezar de nuevo. Podemos romper miedos que nos han inmovilizado durante días, meses o años. Podemos dar un nuevo paso hacia ideales bellos.
Los límites no son la última palabra de la vida humana. Desde la fe, el amor, la esperanza, es posible reiniciar cada día, con más ilusiones, el camino.
Desde el empuje de Dios, desde la mirada del Hijo, bajo el impulso del Espíritu Santo, somos capaces de repetir, como san Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4,13-14).
Los comentarios para este post están cerrados.
Los límites los pone, ante todo, el exceso jerárquico, imponiendo fardos pesados que brotan de ellos, no del evangeliio, vistiendo de dignidad humana y social, antievangélica, condenando a los profetas que quieren el retorno al original, ofreciendo resistencia activa a cuanto supone participación activa y responsable del pueblo, siendo administradores de poder humano, no pastores de los que sufren, defendiendo privilegios humanos contrarios a Jesús, manteniendo símbolos, emblemas, modos y formas que les sitúan frente a los otros, por encima de ellos y contra ellos. Es imposible que hoy se nombre un obispo según el evangelio y que pueda vivir en humildad, sencillez, sin insultar a nadie. Hasta a la gente humilde le es difícil salvarse al tener que asumir hábitos, costumbres, disciplinas que son contrarias al mensaje de Jesús y a su propia persona.
Dios hizo al hombre libre.
La mayoria de las instituciones necesitan personas sumisas, que callen los defectos de los demás y que no tengan una visión critica (posturas que son antievangelicas totalmente), pero muchos miembros de la Iglesia docente, practican una doble vida, se han forrado económicamente y piden resignación cristiana a los que no tienen sus privilegios.
Jesús luchó toda su vida por la libertad y la emancipación de las instituciones opresivas como eran la casta sacerdotal, que cargaban a sus seguidores con una multitud de preceptos.
Parece mentira, pero dá la impresión que estamos volviendo al obsoletismo de otras épocas.
Martes, 29 de mayo
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo