Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
Antes de dar un nuevo paso, hace falta responder a la pregunta: ¿dónde me encuentro ahora?
La pregunta puede tener un sencillo significado físico: estoy en mi cuarto y quiero llegar a la cocina. Estoy en la ciudad y quiero viajar al campo. Estoy en el trabajo y quiero ir a la consulta médica.
Pero también puede tener un significado más profundo, de tipo espiritual: ¿dónde me encuentro en mis relaciones con Dios, en mi convivencia con los familiares y amigos, en la conquista de las virtudes, en ese camino que nos acerca a todos a la frontera de lo que está más allá de la muerte?
La pregunta, si se formula en ese nivel espiritual, es mucho más difícil de responder. Porque a veces vivimos drogados por las prisas, y no sabemos bien si dirigimos la propia vida o si somos arrastrados por los acontecimientos o por las presiones de otros. Porque en otras ocasiones Dios parece haberse difuminado en el horizonte y la vida ha quedado reducida a lo poco (o lo mucho, para los que se creen afortunados) que se puede esperar de un mundo incierto y caótico.
¿Dónde me encuentro ahora? ¿Cuál es la línea de decisiones que marca mi trayectoria? ¿Desde dónde he llegado a este momento? ¿Hacia dónde dirijo ahora mi corazón, mi voluntad, mis pensamientos?
No podemos vivir a la deriva. No podemos dejar algo tan serio como el tiempo presente en manos del primer comprador en el mercado. No podemos permitir que nos conviertan (o nos convirtamos por voluntad propia) en robots dirigidos por eslóganes que llegan y pasan como la brisa inquieta de un día gris y confuso.
¿Dónde me encuentro ahora? La respuesta no puedo encontrarla a solas. Necesito un rato de silencio, de escucha, de oración. De este modo, seré capaz de abrir los oídos de mi alma para escuchar la voz de Cristo, presente en el Evangelio.
Veré, entonces, que todavía hay suciedades y pecados que me lastran, que tengo el corazón lleno de egoísmo, que me paraliza ese miedo que me ata a seguridades aparentes y engañosas.
Al mismo tiempo, descubriré, como san Pablo, como tantos millones de cristianos buenos, que la gracia es más fuerte que el pecado, que “todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4,13), que Dios me llama y me impulsa hacia las puertas de su Reino.
Martes, 29 de mayo
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo