Por Carmen Pérez Rodríguez
Buenísima pregunta: ¿hay algo demasiado difícil para el Señor? ¿En qué Dios creemos o qué Dios negamos? ¿De qué Dios dudamos?
¿Cuáles son nuestras medidas de lo difícil y lo fácil? ¿De lo que es posible o imposible?
Recordamos a la madre de Isaac, la mujer de Abraham, el padre de los creyentes, cuando pregunta ¿Concebiré en verdad siendo yo tan vieja? La respuesta fue: ¿Hay algo demasiado difícil para el Señor? Y quizá algunos de nosotros nos viene de inmediato el anuncio a María, la noticia, el hacer saber a María lo que escapa a las posibilidades y medidas de cualquier hombre: la encarnación, la nueva creación, la redención ¿Cómo será esto, puesto que soy virgen? La contestación está en el Evangelio de Lucas: Porque ninguna cosa es imposible para Dios.
A mí me conmueve mucho pensar qué Dios es en El que afirmamos creer y qué Dios es el que negamos. La contestación de aquel científico: dime en qué Dios no crees tú, eso sí que podrás decírmelo ¿no?, y dime en qué Dios creo yo y, eso no creo que puedas. ¿Hay algo demasiado difícil para el Señor? Aquí está la fe de Abraham. Es la pregunta que se hace en el comienzo de la historia de la salvación. Y en el momento del cumplimiento de la promesa la afirmación: porque ninguna cosa es imposible para Dios.
¡Cuántas veces se repite esta expresión en la Biblia, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, y en toda la historia de la humanidad. No es pregunta, es admiración. Es lo mismo que dice el Señor por boca de Isaías: ¿Acaso es tan corta mi mano que no puede rescatar, o no tengo poder para librar? En Jeremías: he aquí, yo soy el Señor, el Dios de toda carne, ¿habrá algo imposible para mí. En el libro de Daniel es el rey Darío el que dice: Daniel, siervo del Dios viviente, tu Dios, a quien sirves con perseverancia ¿te ha podido librar de los leones? Y después escribe a todos los pueblos: el Dios de Daniel es el Dios viviente, que subsiste por siempre, su reino no será destruido, y su impero durará hasta el fin. El que salva y libera, obra señales y milagros en los cielos y en la tierra, el que ha salvado a Daniel. Job se dirige a Dios y le dice: yo sé que Tú puedes hacer todas las cosas, y que ningún propósito tuyo puede ser estorbado. En Zacarías es el Señor quien dice: si en aquellos días esto parece muy difícil a los ojos del remanente de este pueblo ¿será también muy difícil a mis ojos?
Y después de este breve recorrido nos quedamos con la afirmación de Pablo precisamente cuando está hablando de la fe de Abraham: estando plenamente convencido de que lo que Dios habría prometido, poderoso era también para cumplirlo. Y ante todas nuestras preguntas, las de los ricos y las de los pobres, las de los que trabajan y las de los que tienen problemas, la mirada de Jesucristo se dirige como entonces a de cada uno de nosotros, a los que Le niegan, a los que reniegan de El, a los que creen y a los que Le ignoran, y también a los que nunca se han encontrado con su mirada: para los hombres eso es imposible, pero para Dios todo es posible.
Lo que realmente corresponde a la actitud humana es dejarse sorprender, admirar por la sabiduría de Dios que diseña ese plan tan impresionante de encuentro con el hombre. Cada uno, en sus circunstancias personales y concretas, a través de todo lo que significa la creación y la redención en Cristo, podemos gozar de todo lo que ya en el Antiguo Testamento y ahora en el Nuevo se nos da en Cristo. Todas las bendiciones que Dios prometió a Abraham y los profetas eran para Cristo, ahora pasan a nosotros, porque somos hijos en la Fe. La fe se convierte, como dice el Papa, en un todo con nuestra carne y nuestro corazón.
Benedicto XVI nos habla desde nuestras preguntas e inquietudes. La espera está presente en mil situaciones, desde las más pequeñas y banales hasta las más importantes, que nos implican totalmente y en lo más profundo. El hombre está vivo mientras espera, mientras en su corazón está viva la esperanza. Y se nos reconoce por nuestras esperas. Nuestra estatura moral y espiritual se puede medir por lo que esperamos, por aquello en lo que esperamos. Todos, todos nos podemos hacer las mismas preguntas ¿Yo qué espero? ¿A qué, en este momento de mi vida, está dirigido mi corazón? Es un buen momento para gestionar nuestros gestos, nuestra vida cotidiana con un espíritu nuevo, con el sentimiento de una espera profunda, que solo la venida de Dios puede calmar. Quien no reflexiones sobre todo esto ¿puede entender algo de si mismo? ¿Puede entender algo de su relación con Dios?
Lo que cada persona es depende de su libertad, de aquello en lo que espera, de aquello en lo cree, de lo que ama. El hombre solo se salva pegando el salto de la fe. ¿Hay algo demasiado difícil para el Señor? Volvería a repetir todas las experiencias de Isaías, Jeremías, Daniel, Job, Zacarías. Es humano, profundamente humano, necesariamente humano, sufrir con el sufre, alegrarse con el que se alegra ¿Y no es grande, reconfortante, creer y contemplar al creyente? ¿Puede haber mejor Navidad que encontrarse con un verdadero y auténtico creyente en un Dios que así ama, que así se acerca a nosotros, que así nos salva?
Miremos al Niño Dios y sintamos, ante todas nuestras dudas, en su mirada de niño sus palabras de hombre: para los hombres eso es imposible, pero para Dios todo es posible.
Martes, 29 de mayo
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo