En cristiano

La fe de Abraham

14.12.10 | 07:30. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

En relación con el Absoluto, con el Misterio, sólo existe un tiempo el presente. Es verdad esto que sintió Kierkegaard. Nuestra relación con el Misterio, con el Absoluto, no es nada abstracto es lo más vivencial. En esta relación solo existe un tiempo el presente. Unos la viven ignorándola, o pretendiendo ignorarla, e incluso fustigarla. Otros la viven como algo que está ahí aparcado para cuando convenga. O como un comodín, como una carta que se puede aplicar según la suerte, algo que sirve para fines diversos según conviene. Pero otros viven de esta relación y en esta relación. Y esta es realmente la fe de Abraham.

En relación con el Absoluto, con el Misterio, con Dios, sólo existe un tiempo el presente. ¿Cómo va a haber en Dios ayer, y mañana? El cómo se vive día a día, cómo se proyecta ahora la vida, como se recuerda ahora la vida, esto expresa nuestra relación con Dios. La fe le lleva a Abraham a una conmoción profunda, a no entender nada sin su relación con El, o orientar desde El su vida. Con Abraham, el padre de la fe, empieza esta relación personal con Dios, y esta relación se vive en el presente. Este es el quid de la fe, relacionarse personalmente con Dios. Su fe no tuvo nada que ver con los cálculos humanos. Los que hablan de Dios como un concepto abstracto, incluso como algo necesario para dar un sentido último al universo, no rozan lo que significa la fe de Abraham. Porque su fe implica una relación personal.

La fe es el modo de relación más sublime e incluso más racional que puede existir, y apunta a todo lo diario y al horizonte de la infinitud. La fe es un encuentro, un encuentro que implica una relación sin la que no se puede vivir, ni entender, ni comprender, ni proyectar nada. Esta fe genera una relación coherente con Dios, con los demás y con el mundo. El hombre ha de dar el gran paso de la fe. Lo que cada persona somos depende de nuestra libertad, de lo que queramos hacer, y en este camino el horizonte es la fe. Sin el sentido de conciencia eterna, sin la conciencia del Misterio que tiene el hombre ¿cómo sería este vacío infinito que nada puede colmar?

La historia de la humanidad es la historia del encuentro y del desencuentro del hombre con Dios. De la relación o de la falta de relación con El. Es la historia de cómo se vive esta relación con el Absoluto, con el Misterio. Y en esta relación sólo existe un tiempo: el presente. Esto es un hecho y seguirá siendo. Pero no quiero meterme en lo que fueron los mitos, y lo que han sido y son las religiones. Sólo quiero centrarme en la conocidísima expresión la fe de Abraham. Todo el Antiguo y Nuevo Testamento está como anclado en una tierra que es la fe de Abraham. Abraham es el padre de los creyentes. Con él empieza una nueva forma de relación con Dios, en realidad la forma personal, viva, racional, la forma que corresponde al hombre en su relación con el Misterio de Dios.

El plan de salvación, el proyecto, el modelo de actuación, los cauces que se establecen, el conjunto de orientaciones del plan de salvación comienza en la vida de Abram. Y con su nombre empezamos a sentir la relación personal con el Absoluto, con el Misterio: no te llamarás más Abram, sino que tu nombre será Abraham, pues padre de muchedumbre de pueblos te he constituido. Y estableceré mi alianza entre nosotros dos, y con tu descendencia después de ti, de generación en generación. Una alianza eterna, la de ser yo el Dios tuyo y el de tu posteridad.

El pacto que Abraham vive es la expresión del pacto con la humanidad. Es un encuentro personal que culminará en Jesucristo. El hecho acontecido en la historia de la humanidad de la relación personal del hombre con Dios empieza en Abraham. Lo que Dios está proponiendo se ve de manera nítida en su simiente: Jesucristo. Jesucristo es la Promesa. Como dice S. Pablo: a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo.

Son innumerables los pensadores y escritores que han sentido la conmoción existencial de lo que supone la relación personal de fe del hombre con Dios cuyo inicio se expresa en Abraham. Me vienen dos Kierkegaard y Marcel cada uno desde su sentido de la vida. Generaciones y generaciones se habrán sabido, incluso de memoria estos pasajes del Antiguo Testamento en el que se narra la historia de Abraham. Se recita, se menciona. Pero ¿quién se ha metido existencialmente en lo que significa y supone? ¿Quién ha sentido realmente lo que es la fe de Abraham? Porque aquí empieza la historia de la salvación. El pasaje bíblico conocido como Alianza de Yahvé conmueve a toda la persona que se adentre en él y expresa lo que realmente es la fe.

Este impresionante plan de salvación del hombre que empieza con la relación personal de Abraham con Dios, con el Tu ante Quien se reconoce, y reconoce su yo, tiene su plenitud en el encuentro con Jesucristo. Reconocemos nuestro Yo ante el Misterio de ese Tú por Quien nos sentimos mirados. Con el Bautismo el cristiano recibe en la Iglesia un nombre propio.

El nombre de Abraham, el nombre de Dios, el nombre de Jesús, mi nombre.


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