Por Carmen Pérez Rodríguez
¡Cuantas veces se habrán repetido esos versos de Antonio Machado: Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre el mar…Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.
Y esta es nuestra vida y nuestra esperanza. Decía Seneca que los deseos de nuestra vida forman una cadena, cuyos eslabones son las esperanzas. Siempre la esperanza nos salva, la esperanza es el camino. La esperanza se vive. Es como los caminos de la tierra, sobre la tierra no hay en realidad caminos, son hechos por cada uno de nosotros. Y claro, esta experiencia de cada uno nos la expresa también otro poeta León Felipe: nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios, por este mismo camino que yo voy. Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol… y un camino virgen Dios.
Pues claro que nuestra vida es un camino. ¿Hacia qué meta? Con un himno del siglo VIII y IX la Iglesia saluda a María, la Madre de Dios como Estrella del mar. Es el conocido Ave Maris Stella, Salve Estrella del Mar. Estrella del mar, que se aplica a María, procede de la interpretación de un pasaje del Antiguo Testamento, del primer libro de los Reyes. Una pequeña nube se eleva sobre el mar. Y esta nube anuncia al profeta Elías que está orando en el monte, la venida de la lluvia. Es una gran noticia, porque la nube muestra el fin de la grave sequía. Se aplica esta imagen a María, pues ella anuncia la venida del Salvador que pone fin a la sequía del hombre que anhela la redención.
Pues en este himno, además del título de Estrella, Madre Sagrada, se muestra que a través de Ella llega nuestra esperanza. Hay una versión conocida de Lope, que nos mete de lleno en nuestro camino y en nuestra esperanza. Salve, Madre sagrada de Dios y siempre Virgen. Tomando de Gabriel el Ave, Virgen alma, mudando el nombre de Eva, paces divinas trata. La vista restituye, las cadenas desata, todos los males quita, todos los bienes causa... Muéstrate Madre y llegue por Ti nuestra esperanza, que por darnos vida nació de tus entrañas. Vida nos presta pura, camino firme allana.
Hemos comentado que María tiene todos los nombres. Tiene todos los nombres que producen esperanza, ¿Cómo no va a llamarse también Esperanza? ¿Cómo no va a haber una fiesta que sea Nuestra Señora de la Esperanza y por tanto Nuestra Señora de la O. Y además en pleno tiempo de esperanza, en plenos días de las antífonas de la O. Esas antífonas que se cantan en las Vísperas, antes y después del Magnificat, para indicar que Quien esperamos nos vendrá por María.
El Papa Benedicto XVI en su Carta Spe salvi, nos dice lo que venimos comentado, que la vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brila el sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta El necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza. Ella que con su “sí” abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo, Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros.
En el sí de María la esperanza de milenios se hizo realidad. La sencillez de la vida de María es nuestra mejor estrella en el camino. Llena de esperanza, nunca mejor dicho, embarazada de la Esperanza y de la Alegría se encuentra con su prima Isabel. Esa escena, ese hecho tan entrañable y sencillo que es difícil que los hombres fuéramos capaces de inventarlo, tanto por María, como por su prima Isabel. El Magnificat es el himno de esa escena, de ese hecho que comienza con la exclamación de Isabel: bendita tu porque has creído. Ese abrazo entrañable en el que se funden dos mujeres llenas de fe y esperanza. Y así sigue toda su vida: el nacimiento de Jesús, la presentación en el templo, ante el anciano Simeón y Ana, la pérdida de Jesús en el templo cuando cumplió doce años. Unas bodas, en las que la madre dice lo que el hijo entiende: haced lo que El os diga. Y luego el silencio de María, el dar con su vida llena de fe y esperanza, los mismos pasos que su hijo iba dando.
Y evidentemente el sufrimiento, hecho real de la vida humana, de toda vida humana: una espada traspasó su corazón. El “no temas María” está siempre en su corazón.
Desde los primeros pasos de la Iglesia María Madre de la esperanza, es Santa Madre de Dios y nuestra. Es la madre de la que siempre se aprende lo necesario y mejor de la vida. Ella nos enseña a creer, a esperar, a amar. Se ha dicho que somos aquello en lo que creemos. Siempre es el tiempo para hacer lo mejor y el bien que está en nuestras manos.
Se hace camino al andar.
Martes, 29 de mayo
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo