Por Carmen Pérez Rodríguez
En un artículo que escribió Fabrice Hadjadj en L´Osservatore Romano sobre los ataques a Benedicto XVI, y que llama La última bienaventuranza (bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos) hace una magnífica alusión a una carta que Julián Carrón, el Presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación escribió en La Repubblica sobre este mismo tema. El artículo de Hadjadj lo hemos comentado ya. El de Julián Carrón lo había leído, está en el mes de abril como página editorial de la Revista Huellas, la revista internacional de Comunión y Liberación.
Entre los dos me han hecho reflexionar mucho, y llevo tiempo sintiendo lo penetrada que esta la vida diaria, mi vida diaria, mis reacciones y respuestas, mis relaciones con los demás, de justicia o injusticia. A última hora de la necesidad de la justicia. Es verdad que quizá la justicia suena, por una parte, a lo más noble y elevado. En las culturas más próximas a nosotros, como es la cultura judía “hombre justo” es la mejor definición de la grandeza de una persona: hombre justo. Y también en el mundo grecolatino la referencia es la justicia. Pensemos en Platón, Aristóteles, Seneca, o la justicia como deidad femenina romana. A lo largo de la historia la más noble generosidad se ha ejercido por ella. Para muchos pensadores la historia de la humanidad podría tener un título: la lucha por la justicia. Y aquí, se atisba esa otra dimensión de la justicia que tiene un sentido trágico. Porque la justicia nos hace recordar las injusticias, las destrucciones y dolores de cada época, de cada situación social y familia.
Pues en esta carta de Julián Carrón al periódico italiano, con una visión clarísima pone de manifiesto lo que necesitamos continuamente en la vida: detrás del escándalo y del horror existe la necesidad de justicia, de una justicia infinita. Una justicia así no se debería reducir a linchar a los culpables y a compadecer a las víctimas, El Papa, dice Carrón, con su audacia que desarma, no ha sucumbido a una reducción de la justicia que la identifica con cualquier medida. Ha reconocido el mal, condena el modo erróneo de gestionar el caso de los sacerdotes pederastas. Y presenta la justicia que abre un futuro de comunión y de felicidad que no puede encerrarse en una actitud negativa de venganza o de remordimiento, una pseudojusticia, apresurada y estéril, que no deja florecer la vida y en la que todos se hacen cómplices de destrucción.
Mi tema hoy es sencillamente “mi necesidad de justicia”. Y el único modo de salvar toda esta exigencia de justicia es reconocer la verdadera naturaleza de nuestra necesidad, de nuestro drama. La exigencia de justicia es una petición que se identifica con el hombre, con la persona, recuerda Carrón con palabras de Luigi Giussani, fundador del Movimiento.
Y me centro en lo que quiero comunicar desde las dos bienaventuranzas que Cristo hizo sobre la justicia: bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán hartos y bienaventurados los que padecen persecución por la justicia porque de ellos es el reino de los cielos. Jesucristo con la palabra justicia alude a algo que sólo recibe su pleno sentido con la revelación: el ser justos ante Dios. De la justicia solo se puede hablar en el hombre porque sólo el hombre existe como persona, tiene conciencia de sí, realiza una obra propia con comprensión y en libertad. Está en una relación de diálogo y comunión con los demás. Ser personas, hemos recordado muchas veces, se expresa en las palabras “conciencia” y “responsabilidad”. Nos está confiada a cada uno nuestra manera de ser, y se nos tomará cuenta de lo que hacemos con esta manera de ser. Esta es nuestra dignidad y honor. Por eso reclamamos para nosotros y para los demás justicia, este es nuestro anhelo de justicia. Justicia es ese orden en que puedo existir como persona, en que puedo formar juicio sobre mi, sobre los demás, y sobre el mundo.
Justicia es esa ordenación de nuestra existencia por lo que puedo vivir y pueden vivir los otros, como persona, por la que puedo entrar en la relación de amistad, de comunidad de trabajo, de amor y de fecundidad, como lo requiere el juicio de mi justa conciencia. Es aquí donde empieza la verdadera justicia y no en la distribución de las cargas tributarias y en otras cosas externa que son consecuencia de esta ordenación de la existencia. Mi anhelo de justicia, la verdadera naturaleza de nuestra necesidad, de nuestro drama esta expresado en las dos bienaventuranzas: en el hambre y sed de justicia, por la que seré saciado, y en el sufrir persecución por la justicia porque mío será el reino de los cielos.
¿Cómo soy en casa, en mi familia? ¿Qué valor doy a las diversas personas? ¿Cómo entro en lo auténtico y justo de mi realidad diaria? En lugar de pensar en una justicia universal, en una cultura universal de la justicia yo he dar de esa justicia a las personas con las que me encuentro, responder con ella a las situaciones que vivo. En el más hondo estrato de la justicia se establece la necesidad de la relación con Dios, el comprenderme en la dinámica de su amor, y comprender así a esta persona con la que vivo, con la que sufro, con la que experimento las diferencias, sus condicionamientos y circunstancias. Como dice Julián Carrón la verdadera justicia no puede sino estar ordenada a la esperanza. Acudir a Jesucristo no es un subterfugio para escapar a las exigencias de la justicia, sino el único modo para realizarla.
Martes, 29 de mayo
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo