Por Carmen Pérez Rodríguez
Comentábamos con unos chicos jóvenes la peligrosidad en la que están viviendo. Bueno, estamos viviendo. Todo lo que ocurre en torno a la vida, a la sexualidad, a la familia, a la misma crisis, es tan fuerte que infunde temor, tira de nuestra vida hacia un exterior vacío y sin luz. Personalmente para mí, dijo uno de ellos, ha sido y es la falta de interioridad, esa necesidad de buscar estímulos externos, placeres de todo tipo, que disimulen el vacío interior. Y lo dijo uno que precisamente acaba de vivir una dura situación, y que gracias a Dios le ha cambiado “el paso”, como dice él mismo.
Ningún viento viene bien cuando no se sabe el rumbo.
No es fácil decir que es la interioridad, ese centro que hace que nuestras fuerzas, cualidades, disposiciones, acciones formen una unidad. Ese centro que es toda nuestra riqueza, capacidad y posibilidad. Pero ese centro aflora en la vida de cada persona., por vivirlo o por no vivirlo. Por vivir desde nuestra interioridad, o vivir sin centro, descentrados, esclavos de quien sea y de lo que sea. A merced del último invento y de la última modernidad. Todo lo que decimos y hacemos habla de nuestra interioridad o de nuestro vivir al margen de ella. El que no tiene interioridad escapa de si mismo, no es capaz de sus propios sentimientos. Cuestiones sin importancia pasan a primer plano.
Es una llamada de esta juventud inquieta y en búsqueda, pero que necesitamos todos. El tema, por lo tanto, es la interioridad. Todo el que pronuncia esta palabra desde sí mismo sabe lo que quiere decir con ella. Nuestra interioridad es la fuerza de la vida, la raíz de la conciencia, de la sana independencia e individualidad, la posibilidad de nuestra libertad. Ese “dentro” en el que nos experimentamos realmente y que si queremos nadie puede manejar, ni tocar, ni invadir. Ese centro necesario para hacer pie en la vida, para saber y reconocer, para juzgar con criterio. Esa voz de la conciencia que sabe del respeto a uno mismo y a los demás, de la comprensión, de lo que es bueno, veraz, noble para nosotros y para los demás. Esa vivencia personal de la realidad de Dios, del hecho de que El “es”, existe aquí, vivo, actúa, rige, gobierna, ama. Esa interioridad en la que nos hacemos las preguntas más importantes sobre la vida y la muerte, sobre el sufrimiento y la auténtica alegría, sobre el sentido y el valor de lo que ocurre. Esa interioridad en la que nos encontramos a nosotros mismos, en la que sentimos la fuerza, por la que uno sabe desde dentro, que estamos ante El, ante su mirada, por la que estamos en diálogo con El. Esa realidad de la que no podemos abdicar, ni dejar a merced de nada, ni de nadie, por la que nos toca la llamada de lo bueno, de lo bello, de lo justo, de lo que es digno de ser.
La verdadera educación es educar para la interioridad, para “aprender a ser” y a vivir desde dentro. A vivir en esos dos polos que es la vida humana: el centro, del que hablamos, en mí y el mundo en torno de mí. Cuando veo lo que ocurre, cuando estoy con los demás, ante todo lo que me sucede, tengo capacidad para volverme a mi interior y preguntarme ¿por qué? ¿para qué? ¿qué sentido tiene esto? Es verdad que mi interioridad está llamada, despertada, nutrida desde fuera. Si vivo una relación correcta en estos polos voy bien por este camino. Ni me enredo dentro, ni me pierdo y atonto con lo de fuera.
No somos un mercadillo, un mercado al aire libre, que se instala en días determinados, y en el que se venden las cosas más diversas, nuevas o usadas, a precio menor que el de los establecimientos comerciales. Todos pueden ir al mercadillo, y todos pueden mirar los productos que están a la vista. Todo se vende. ¿Quién quiere ser en la vida como un mercadillo? Pero muy fácilmente podemos convertirnos en un mercadillo. Todo exterior a nosotros, a merced de cualquiera y de cualquier impresión, a merced de lo que ocurre. De tal manera que relaciones humanas, sucesos, cosas de la vida exterior tengan un predominio violento sobre nosotros. Pensemos en la de imágenes que nos transmite un mercadillo. Pues aunque parezca fuerte, eso es una persona sin interioridad, sin su propio centro. Nuestra interioridad, ese centro no puede quedarse a merced de ese otro polo que también es real y necesario en nuestra vida.
La vidriera, comentábamos un día, lleva en si la imagen de la vida interior. Desde el exterior es opaca y apagada, contemplada desde el interior recoge el sol y se adorna de cien matices. Es vital la experiencia de nuestra propia interioridad para todo, para gozar, para saber sufrir, para comprender a los demás, para reconocer lo que acontece. Es la famosa experiencia agustiniana: en el interior del hombre habita la verdad.
¿Cómo llegar a esta interioridad que es la gran fuerza y realidad de la persona? Desde luego estando a solas con Quien nos ha creado, nos ama, nos ha redimido. Y a través de la vivencia del respeto, de la comprensión, de la fidelidad, del juicio justo y sereno sobre la realidad, sobre los acontecimientos alegres o tristes. Nada viene volando. Cómo dice constantemente el Papa Benedicto XVI: el hombre necesita la eternidad. Cualquier otra esperanza se queda demasiado corta. Esto es construir sobre roca y no sobre arena. Es imposible encontrarse a si mismo, sin encontrar a Dios. Kierkegaard decía que al hombre que encuentra a Dios en su vida, le ocurre como al beduino en el desierto que, cavando dentro de su tienda, descubre una fuente. De ella recoge el agua y se la ofrece a su prójimo para saciar la sed: nunca se la arroja contra el rostro.
Martes, 29 de mayo
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo