Por Carmen Pérez Rodríguez
Cualquier estación del año es buena para sentir la Naturaleza. Así nos lo expresa el ser humano desde todos los campos y a través de sus actividades y deportes.
Nos centramos únicamente, y de manera rápida, en la experiencia de Lewis al leer Los salmos. Hoy en concreto me refiero a como siente la Naturaleza que estalla en los salmos. El ve dos factores que determinan la aproximación de los salmistas a la Naturaleza. El primero lo comparten con la inmensa mayoría de los escritores de la antigüedad; el segundo es típicamente expresión de la historia del pueblo judío: su creencia en un solo Dios, creador del cielo y de la tierra, o sea la naturaleza como la obra de Dios, su creación.
En ese primer factor, que es el que también siente la inmensa mayoría de los escritores de la antigüedad, brotan los sentimientos que genera el “campo”. El campo, la naturaleza, en un pueblo de campesinos y agricultores. El campo, como lo que es el agua a los peces. Nuestro entorno, nuestro hábitat. Es un sentimiento de aprecio por la Naturaleza que es a la vez práctico y poético. El campo es el marco, su punto cardinal. Punto cardinal porque es su referencia y horizonte. Me refiero a que el norte, el sur, el este y el oeste es el campo que rodea al hombre La Naturaleza, el clima, vistos con los ojos de un campesino: La luz envuelve la tierra como un manto. La luna es señal de las estaciones y el sol conoce su ocaso. Tú cuidas de la tierra, las riegas y la enriqueces sin medida. Riegas los surcos, iguales los terrones. Las colinas se orlan de alegría. Los valles se visten de mieses que aclaman y cantan. O las necesidades humanas expresadas en este mismo lenguaje: como tierra reseca, agostada, sin agua. Todos tenían, como “la gente del campo” que decimos hoy, una relación cercana con la tierra, todos era muy conscientes de su dependencia de ella y del clima, y tenían esa mezcla de sentimientos prácticos y poéticos. Son sentimientos vivos, frescos los que estallan. El mar y la tierra abundan en animales grandes y pequeños. Hay manantiales en los valles. Se mitiga la sed con ellos. La tierra está llena de frutos.
El segundo factor que determina la aproximación de los salmistas a la Naturaleza puede parecernos una obviedad. Algo tan claro que no tiene ninguna dificultad, vamos que se encuentra delante de los ojos. Es el hecho de que creían en un solo Dios, creador del cielo y la tierra. La profunda y tremenda afirmación de que Dios creó. Esa vivencia de la creación, de la creación como algo distinto a Dios. Como un Dios único, que crea, que realiza una obra gratuitamente. Los mitos no alcanzan en absoluto la idea de la creación como la entiende el judeocristianismo. En los mitos todo se hace a partir de algo. Pero la gran pregunta es si existe Alguien, que no está en el escenario, en el mito, en la narración que se cuenta. Es fácil comprender la importancia de lo que se está afirmando. El que crea y lo creado. Dos realidades. El artista y su obra. El creacionismo que vacía la Naturaleza de divinidad, la convierte en manifestación de lo Divino. La afirmación de la Creación llena la Naturaleza de manifestaciones que muestran la presencia de Dios. El mundo está lleno de sus emisarios y albaceas. Hace de los vientos sus mensajeros y el trueno puede ser Su voz. Mora en los nubarrones.
Todo es creatura de Dios, todo canta su gloria y su inmensidad. Realmente al vaciar la Naturaleza de divinidad o de divinidades, se llena de Deidad, porque entonces lleva, transmite su mensaje, nos habla con toda claridad. Escuchémosle con todos nuestros sentidos abiertos, con toda nuestra razón y todo nuestro corazón. Fíjense que maravilla unos versículos del salmo 18: el cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos. El día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra. Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón, y hasta los límites del orbe su lenguaje. Allí le ha puesto su tienda al sol: él sale como el esposo de su alcoba, contento como un héroe, a recorrer su camino. Asoma por un extremo del cielo, y su órbita llega al otro extremo: nada se libra de su calor. Pone Lewis una comparación preciosa. En cierto sentido el culto a la naturaleza silencia realmente a Dios. Es como si un niño o un salvaje se quedaran tan impresionados por el uniforme del cartero que omitieran recoger las cartas.
Y hay otro aspecto de este ver la Naturaleza como lo que es, la obra de un Dios único, de un Tú, de Alguien que así crea: y es que todo se espera de Dios. Todas las criaturas esperan que Dios las alimente. Están a cargo de Dios. Este depender de El redunda en cantos y alabanzas. Dios, a pesar de su trascendencia, no está lejos de su creación. Es una relación tan cercana que se Le ama, se Le teme, se Le goza. El es el que juzga y da vida. Es el que inicia la historia, nuestra historia, como historia de una Promesa. Nosotros, los cristianos, por Jesucristo, tenemos una nueva experiencia en la lectura de los salmos. Ese Dios que no es nada remoto, nos trae un mensaje: portal de Belén, colina de Calvario, Resurrección. Y a nosotros nos llega este mensaje del amor en el Bautismo y Confirmación, Eucaristía. En sus señales que son los sacramentos. Estamos a cargo de nuestro Padre Dios, de la mano de Jesucristo.
Martes, 29 de mayo
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo