Por Carmen Pérez Rodríguez
En el libro de Luis Rojas Marcos: Superar la adversidad, el poder de la resiliencia se nos presenta una anécdota de lo más gráfica, y que, casi con seguridad, muchos hemos visto. Cuando un niño empezó a caminar, entonces no había tacatá, la madre, como casi todas las madres de aquella época, enseñaba a andar a su hijo sujetándolo por lo bracitos. Un día le puso en pie y le apoyó contra la pared, para que no se cayera. Se apartó un poco y le echó los brazos para animarle a dar pasitos hacia ella. El niño, ni corto ni perezoso, se miró, se miró, se agarró al babi que llevaba puesto y echó a andar muy decidido, sin caerse. Agarrado a si mismo se sentía seguro, y ya no paró de andar, contaba la madre.
Con esta sencilla anécdota nos ilustra Luis Rojas Marcos sobre la importancia del centro de control interno en los seres humanos. El título del libro es Superar la adversidad, el poder de la resiliencia. Necesitamos entender el término resiliencia que es la columna vertebral del libro. El mismo nos dice que antes sólo se había utilizado en el campo de la física para definir las propiedades de objetos elásticos, como un muelle o una pelota de goma, que absorben el impacto de una fuerza exterior o de un golpe, se adaptan y cambian de forma sin romperse y cuando cesa la presión recuperan su forma original.
Aplicado el término resiliencia a la psicología humana es muy claro: se refiere a la capacidad que tenemos los seres humanos para sobreponernos a períodos de dolor emocional. Ese proceso dinámico, que requiere de nuestro centro más interior, y que tiene por resultado la adaptación positiva en contextos de gran adversidad. O sea ”entereza”, “ánimo”” “confianza” “esperanza” para sobreponernos a contratiempos, e incluso resultar fortalecidos por lo que ocurre. Nuestra “resiliencia” se prueba en situaciones fuertes de la índole que sea.
Recordemos la anécdota que podemos ver en tantas ocasiones. “Se agarró al babi” que llevaba puesto y echó a andar muy decidido, sin caerse. Agarrado a sí mismo se sentía seguro, y ya no paró de andar. Nuestro centro de control interno ¿cuál es? Es fundamental en nuestra vida que seamos conscientes de que somos nosotros los que hemos de dar las respuestas, los que hemos de reaccionar, los que nos hemos de agarrar al babi y andar decididos. Somos nosotros los que hemos de poner en práctica la entereza, el ánimo, la confianza, la esperanza. Esa es realmente nuestra vida, nuestra libertad y responsabilidad.
Es necesaria una buena introspección, un mirar adentro, una observación interior de nuestros estados de ánimo, y ver cual es nuestro modo de enfrentarnos a las adversidades, a las más dolorosas situaciones. Desconfiar de nosotros mismos y esperar de fuera las soluciones no tiene que nada que ver con lo que realmente puede satisfacernos y confortarnos interiormente. Lo que cuentan son nuestras decisiones, No hay situación más demoledora que pensar: nada de lo que yo haga importa. Lo que está ante nosotros no es ningún caos, ni nada que pueda hundirme. El poder que hay en mi interior, me abre camino a mi propio futuro. Tener confianza en Dios no es dejar de hacer lo que yo solo puedo hacer, los pasos que yo puedo dar. Somos seres libres y responsables. El que nos creó sin nosotros, nos redimió sin nosotros, no nos salvará sin nosotros.
Es verdad que muchas veces se entiende mal nuestra relación y dependencia de Dios, por ejemplo la oración La oración no es pedirle a Dios que Dios solucione nuestros problemas. La conocidísima frase: a Dios rogando y con el mazo dando. O las repetidas palabras de Jesucristo: no todo el que dice Señor, Señor entrará en el reino de los cielos. La oración no es abdicar de nuestra responsabilidad, no es sentir a Dios como un fontanero, electricista, el incansable trabajador que todo lo soluciona. La relación auténtica con Dios, una religión que sea realmente tal, despierta, pone en pie toda nuestra humanidad, nos abre a nuestras capacidades y responsabilidades, La oración es sentir nuestra relación con El: Padre nuestro, nuestro trato de amistad con El. ¿Se imaginan a un padre que hiciera de su hijo un pobre inútil, dependiente de él para todo? Pensemos sencillamente en lo que es buena educación, buena formación, buena familia.
Muchas veces vivimos nuestra relación con Dios como una contradicción con lo que realmente es el ser humano, ese ser creado por Dios a su imagen y semejanza. Nos evadimos de lo que realmente corresponde a nuestra condición humana, y volvemos, una y otra vez a esos dualismos tan perniciosos, a esa como “deshumanización” de la fe. Los psiquiatras, terapeutas, como es lógico, buscan en la misma naturaleza humana los pilares, las bases, los componentes de la resiliencia, repito, esa capacidad de vencer las adversidades con los pies en nuestra propia naturaleza, ese poder hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas e incluso ser transformados por ellas. En el interior del hombre está la verdad.
De la mano de Dios he de aceptar mi existencia, vivirla y persistir. El me ha dado a mi mismo. Como el niño que se agarra al babi y echa a andar decidido sin caerse. Ha encontrado su centro de control interno. Hemos de enfrentarnos con las situaciones convencidos de que en nuestro propio interior hay que algo que no puede ser destruido, sino que más bien es de donde se saca sustento de todo, que con todo se hace más fuerte, más rico, más auténtico.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo