En cristiano

¡Yo no he empezado!

23.11.10 | 08:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Ha sido Fabrice Hadjadj, este autor del que ya hemos hablado y al que algunos de Vds. ya conocen, el que me ha hecho reflexionar sobre esta expresión tan gráfica y repetida: yo no he empezado.

No he leído nada de él que me de la impresión de hablar de memoria, de una manera teórica y sin experiencia, sin que me conmueva y me lleve a reconocer la justicia y la verdad. Nació en una familia de judíos tunecinos. Ateo, anarquista, militante maoísta que se convirtió al catolicismo a los 30 años. Hoy tiene 39 años y ejerce como profesor de Filosofía y Literatura. . Es uno de los más importantes pensadores católicos de Francia. Autor de obras de ensayo y de teatro. Está casado con la actriz de teatro Siffreine Michel, y son padres de cuatro hijas.

Yo no he empezado. La expresión clásica con la se justifica todo niño, y con la que quizá nosotros nos hemos justificad, y probablemente muchos de nosotros nos seguimos justificando. Una expresión que la dice desde el niño pequeño ante el padre que le regaña porque ha pegado a su hermanito, hasta el terrorista o el autor de genocidios, que están convencidos de que ellos no han empezado. ¡Lo que da de sí esta expresión y lo que me ha hecho reconocer y sentir¡. Con este argumento: yo no he empezado, todo está justificado. Es verdad, ¿quién puede decir que no ha padecido nada con anterioridad, que no ha sido ofendido en nada, que no ha sufrido antes de hacer sufrir? ¿Hay alguien que tenga conciencia de que él es el que ha empezado?

Fabrice Hadjad nos lo expone en una primera lección: La tentación en el Jardín del Edén. ¿A quien beneficia todo esto? Al que realmente empezó el mal. Y después a los que en el mal ejercicio de nuestra libertad nos dejamos seducir por la mentira, el verdadero mal. Mucho antes de las tentaciones en el desierto fue la tentación del Jardín. Aquí, empieza la mala fe. Yo no he empezado Señor, ha sido la mujer que me diste por compañera. La mujer: Yo no he empezado, Señor, ha sido la serpiente que me ha seducido. La respuesta de Adán es más evasiva, y manifiesta una culpa redoblada: desóbece a Dios y arroja el pecado sobre Eva. Eva está más cerca que Adán de la verdad: le ha seducido la serpiente. Pero es como si la seducción no le hubiera dejado ninguna libertad. ¿La seducción me puede quitar mi libertad? Aquí están nuestras primeras mentiras, dice el autor.
Lo importante es la experiencia que sacamos: igual que el demonio, el astuto, el progenitor de la mentira, ha embaucado a la mujer también nos embauca a nosotros, y nos dejamos embaucar porque pretendemos replicarle por nosotros mismos. Entramos en el juego de la falta de verdad, y de justicia, de la falta de confianza en el Señor y del desconocimiento de nuestra condición. Podemos pensar en la diferencia que se nos presenta entre réplica y respuesta. Por la réplica entra la mujer en la misma dinámica de la serpiente. Ella no quiere tener ninguna iniciativa y lo que le da en lugar de una respuesta es una réplica. Ha entrado en su misma dinámica. Recuerda Fabrice Hadjadk la Epístola de Judas que cita el libro de Zacarías: dijo el ángel del Señor a Satán: El Señor te reprima Satán. ¿No tendría la mujer que haber respondido así a la serpiente, mandándola “al diablo”- nunca mejor dicho-, es decir, encomendándose a Dios? Pero no, ella no se siente vinculada a nadie, y lo que hace es una réplica a la serpiente. No ha entendido su relación con el Señor, su referencia a El, no ha respondido con la verdad y la libertad de su condición humana. y se ha dejado seducir. No sabe que en su yo está el Tú de Dios. Que no se encontrará a sí misma sin El. Arguyen por si solos con sus propios argumentos, replican desde ellos mismos, desde la mentira que se les ha planteado. Replican. No dan una respuesta desde el Señor, desde su relación de amistad y confianza con el Señor. Aquí esta la primera caída y la raíz del desarraigo. Se evaden de su responsabilidad, “yo no he empezado” y van por la vida dejándose seducir, no ejerciendo la verdadera libertad, ni dando la respuesta que hay que dar.

Jesucristo nos advierte en el Evangelio constantemente de esto, nos remite a la culpa original, a la raíz de todo. Nos habla del que fue homicida desde el principio, del “padre de la mentira”. Cuando dice la mentira dice lo que le es propio, porque mentiroso es y es el padre de ello. Su mentira es lo que le es propio. Su mentira, paradójicamente, corresponde a la mayor de las sinceridades. Habla desde su propio fondo: la mentira, la ausencia de la verdad. Me recuerda la diferencia tan genial que he leído en Santa Teresa de Jesús entre la sinceridad y la verdad. Jean Danielou lo expone en un libro clarividente: El escándalo de la verdad, en el que plantea la crisis del sentido de la verdad en el mundo moderno. No es lo mismo sinceridad que verdad, las peores causas han conocido los hombres más sinceros. Sólo la verdad es la fuente de la certeza, sólo desde Dios puede plantearse la verdad, la libertad y la responsabilidad del ser humano. El mentiroso por excelencia, el demonio, puede ser el sincero por principio. No se contenta con decir lo falso, es falso. La mentira: se os abrirán los ojos y seréis como dioses conocedores del bien y del mal. Lo que califica radicalmente el mal es la pretensión de ser padre de si mismo, en lugar de hijo de Dios.

Voy a tener muy presente el: yo no he empezado y mis réplicas o respuestas.


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