Por Carmen Pérez Rodríguez
Comentaba un chico joven, en unas duras y difíciles circunstancias, que le habían servido mucho, y que había aprendido lo que estaba en el fondo de su corazón, y que realmente buscaba sin ser consciente de ello. Parecía que lo tenía todo, y realmente no tenía nada. Algo así como poseer la maravillosa carrocería de un coche sin motor. Para empezar daba gracias, a Dios, lo que nunca había hecho, porque le había llegado la hora de su verdad y lo había sabido reconocer.
La hora de la verdad. Una expresión que se siente tanto en situaciones de índole política, como económica, social, o muy personales. Se suele decir mucho: ya veremos a “la hora de la verdad”, o bien. “ahora es la hora de verdad”. Alguna vez hemos podido sentirnos a solas, a solas con nosotros mismos, tremendamente a solas, como este chico, y experimentar en nuestro interior: esta es la hora de la verdad. ¿Nunca han sentido en su vida que les ha llegado la hora de la verdad? Esa hora en la que uno se olvida de todo, y sólo quiere y necesita por encima de cualquier cosa, ser fiel a su propia veracidad. Esto es la hora de la verdad de la que estamos hablando.
Nos encontramos dentro de nuestra vida ordinaria, más o menos tranquila, dentro de lo que la vida humana puede ser tranquila, y de pronto un suceso, una situación, algo que desinstala todo, algo que nos remueve hasta los cimientos. Y entonces lo que antes había sido una cierta seguridad, tranquilidad, se hunde, se altera. Y la tensión la tenemos en todo nuestro ser. En esos momentos ¿qué puede darnos paz?, ¿qué puede hacernos ver el sentido de lo que nos ocurre?, ¿qué luz puede iluminarnos? ¿Qué seguridad, qué confianza puede sustentarnos, apoyarnos, abrir los densos nubarrones?
La hora de la verdad pone de manifiesto cuáles son realmente los planteamientos de mi vida, los móviles por los que me muevo, los paradigmas reales de vida que tengo, la veracidad de mi actuación y de los valores que son importantes para mí. Lo que es esencial y merece la pena.
Ciertamente hay ante todo una verdad, una realidad en la que descansa todo orden en la existencia. Y tengo que ser consciente de ello porque si no tarde o temprano todo se hunde. Es real lo que dice Seneca, de que a los que corren en un laberinto, su misma velocidad los confunde. ¿Cuántas veces hemos podido experimentar que en una discusión lo que ocurre es que se oculta la verdad porque cada uno sólo piensa en “tener razón”? La verdad no comienza conmigo ni tampoco acaba conmigo. Es sencillamente el orden básico de toda relación y de toda vida, y todos hemos de vivir de ella y en ella. La historia humana, la historia personal de cada uno no es un proceso natural que tiene sentido en sí mismo. Sino que debe dar cuentas. No a la opinión pública, ni a los que dominan, ni a los grandes y poderosos, sino a Dios. El juicio es Dios, y El lo aplica. Todo llegará ante su verdad y se hará patente. Todo entrará bajo su justicia y recibirá el destino definitivo.
Siento en lo profundo de mí ser que Dios es realmente el fundamento personal, no anónimo, abstracto de mi vida. No una mera idea, el misterio de la existencia. Sino el auténtico y vivo por sí mismo, Señor y Creador. El Padre para el que ni un cabello de mi cabeza se me cae sin que El lo vea. Si daño esa realidad, por muchas cosas que tenga, por muchos proyectos, por mucho poder, por mucho bienestar, por mucho reconocimiento, por muchas diversiones a la vista, todo sigue estando en el caos. Y tarde o temprano me tendré que poner ante mi misma y decir esta es la hora de la verdad en la que me olvido de todo y sólo quiero ser fiel a mi propia veracidad.
Dice Chesterton que a algunos hombres los disfraces no los disfrazan, sino los revelan. Cada uno se disfraza de aquello que es por dentro. Todo el follaje, todo lo superfluo, todo la retórica es por algo, es compensación de algo. Lo importante es servirnos de lo que ocurre para vivir la hora de la verdad. Los ríos tiene sus propios cauces y riberas, también nosotros tenemos nuestro cauce y ribera. La verdad alcanza toda nuestra vida, como un acorde que reúne de manera armónica los sonidos más diferentes. A nadie le sucede lo que no es capaz de soportar. ¿Cuál es mi hora de la verdad? La seguridad se experimenta en la inseguridad, ese es el ejercicio de la libertad, el de la verdad que me hace libre. Si me lavo las manos como Pilatos ante la verdad que tengo ante mí, lleno de borrones mi conciencia.
La verdad no se siente en el espacio vacío. Se siente ante la llamada de la conciencia. Soy dueño de mi voluntad y siervo de mi conciencia. La voz de la conciencia es la que me abre al Tu en el que siempre estoy y con el que siempre podemos sentir la hora de la verdad. Realmente, ¿el Señor es mi fuerza, mi roca, mi salvación, mi sentido? ¿Puede alguien, que no sea El, alterar realmente mi vida? A la hora de la verdad ¿se le escapa algo a su Providencia?. Incluso el daño que se nos pueda hacer, el daño que podamos recibir, ¿escapa a su mirada, escapa a su poder confortarnos, escapa al camino que hemos de hacer? ¿Nos desvía del camino? Sólo la verdad da al hombre firmeza y solidez.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo