Por Carmen Pérez Rodríguez
Sabemos bien, en nuestro interior, cual es la calidad que se requiere para ser persona. Nos admiramos y reconocemos la grandeza y manera de ser de personas, que si fueran conocidas, serían universalmente reconocidas y admiradas. Nos servirían de estímulo y ejemplo. Aunque es un hecho que en la vida se acata demasiado fácilmente los cómodos dictados de una cultura del placer, del dominio, del dinero.
Hay slóganes que escuchamos corrientemente que no es que no sean éticos es que ni siquiera son “naturales”: “conviértase en millonario en una semana”, o sea riqueza sin trabajo. No hay resultados de calidad con esas técnicas y arreglos transitorios para llegar a un determinado lugar. Usamos planos falsos. Y son tan poco efectivos como si con un plano de una fábrica imaginaria pretendiéramos acceder en nuestra ciudad al sitio de trabajo.
Hay demasiados proyectos para personas autómatas, que responden sólo a los estímulos de la propaganda, de la ideología de turno, para personas con grandes carencias que no se conocen y ni comprenden el verdadero sentido de su vida. Solo nuestra sincera experiencia y reflexión puede sacudirnos de estos “dictados” de lo que son personas felices, de personas que se nos presentan como paradigmas o modelos de la sociedad, o por el contrario, de agoreros y destruccionistas de turno que se cierran en sí mismo y su única afirmación es la de la imposibilidad de conseguir la felicidad.
La imagen del navegante que sale de Inglaterra en busca de tierras desconocidas, y que después de un largo periplo llega a lo que él considera una isla ignorada del Mar del Sur, pero que en realidad era la misma Inglaterra, le sirve a Chesterton para describir su propio periplo espiritual: después de haber deambulado por sectas y filosofías diversas, descubrió que a lo que le llevaba el sentido común era al cristianismo, que se encontraba sobre la tierra desde hacía casi dos mil años. Y su famosa afirmación es de lo más significativa y práctica. “Quitad lo sobrenatural y no encontrareis lo natural, sino lo antinatural”. Que es exactamente lo que nos está pasando.
La persona expresa la belleza del cosmos, y lo ilumina con la luz de su espíritu. Su luz, su verdad, su sentido, su clave de bóveda, es Dios. Y si quitamos a Dios, absolutizamos cualquier cosa. Pero esto en la vida tiene una traducción inmediata, sin fe y sin esperanza nos agarramos a cualquier cosa. y dependemos también de cualquier cosa. En las vidas y trabajos más sencillos podemos ver como se escalan diversos grados de realizar estas tareas que enriquecen y aumentan nuestra capacidad de vivir y de ser. Las esclavitudes a los mecanismos de las ideologías y de los consumismos destrozan nuestra actividad. Vamos al deterioro progresivo, inexorable, dada la fragilidad de nuestras creencias.
Sencillamente si perdemos el camino no llegamos. Solo lo sobrenatural permite entender el mundo y transformarlo. Lo sobrenatural no se contrapone a la natural. Todo lo contrario, es lo que facilita la comprensión de lo natural. Y esto es así por los datos que nos suministra sobre el amor, la familia, el trabajo, el dolor, el sentido de la vida y de la muerte .Lo natural unido e iluminado por lo sobrenatural, dan sentido a la totalidad de la vida del hombre, de la sociedad, de la historia.
El auténtico sentido de la persona gira en torno a la gratuidad de la Creación, gratuidad que ha de producir asombro y agradecimiento a todos los que gozamos de la existencia. Este mundo proviene de la nada: podría no existir y es maravilloso el mismo hecho de que exista. La famosa pregunta ¿por qué el ser y no la nada?
El asombro y agradecimiento se incrementan cuando descubrimos el dogma de la Encarnación, del Dios con nosotros. Y por tanto, la solución es clara: proponer el ideal de vida cristiana. Influidos por el ambiente escéptico y materialista perdemos la frescura de la mirada y la capacidad de abrirnos a las cosas fundamentales. La verdad es que lo sobrenatural está radicalmente unido a lo que necesitamos. Por ejemplo la confesión significa salir de nuevo y contemplar todo con ojos nuevos. Volver a la semejanza con el Padre, sentirse hijo, sentirse en casa. ¿Es esto digno de una persona? ¿No es esta la comida digna de un ser humano?
“Dios se empequeñece para volver a situar a las personas hinchadas en su justa medida. Vista así, la ley de la pequeñez es un modelo fundamental de la actuación divina. Dicha ley nos permite atisbar la esencia de Dios y también la nuestra. En este sentido encierra una enorme lógica y se convierte en una referencia a la verdad… Por eso podemos decir con absoluta tranquilidad que Jesús –precisamente porque no es solo hombre, sino Dios hecho hombre- es la imagen a medida del ser humano destinado a alcanzar la unión con Dios” (Raztinger).
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Ciudadano: Las elecciones tienen valor en tanto en cuanto nos acerquen a la verdad. Por eso es importante una actitud mental de apertura a horizontes de explicación que no excluyan nada por prejuicios. Creer en Dios por miedo no es correcto, como tampoco lo es negar su existencia desde una opción personal sin fundamentos válidos. Entonces, queda un largo camino por recorrer para avanzar hacia lo que nos lleve a reconocer la verdad. Sobre todo si lo sobrenatural se ha hecho presente en el mundo en Jesucristo.
Dª Carmen: No sé si Vd. es monja, pero se nota que vive para la religión y sin religión Vd. no sería nada.
Verá, yo me he despojado de toda religión y de todos los dioses y le aseguro que soy feliz y que no "absolutizo nada". La vida es mucho más sencilla y natural de los que necesitan de un dios para explicarse el universo, el mundo y el estar vivos.
Le respeto profundamente sus convicciones religiosas, (yo diría "dependencia mental") y de la misma forma le ruego que Vd. respete sin ninguna clase de conmiseración ni tristeza, a todos los que como yo, hemos prescindido de todo lo sobrenatural.
Muchas gracias.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo