En cristiano

Por mucho que cierre los ojos

09.11.10 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Por mucho que cierre los ojos, no por eso el sol dejará de existir. Pero muchos de nosotros cerramos los ojos, los tenemos cerrados y nos obstinamos en que creer que los tenemos abiertos. Nos escandalizamos de no ver lo que nos impedimos ver nosotros mismos, aunque también nos escandalizamos de lo que otros no ven.

Hay personas que no cierran lo ojos, como Pierre Teilhard de Chardin y nos muestran como el trabajo interior de una persona es tan importante como la lucha por un mundo mejor. Más aún, es en ese ámbito de la conciencia individual donde desemboca el esfuerzo universal, para llegar más lejos todavía.: para hacerme tuyo, mi Dios, Tú que estás más lejos que todo y eres más profundo que todo, Tú tomas prestada y te alías con la inmensidad del mundo y con mi propia intimidad.

No busquemos fuera lo que llevamos dentro. Una anécdota muy gráfica y expresiva. En una importante recepción de bienvenida al nuevo Director de Marketing de una grande multinacional, algunas de las esposas de otros ejecutivos de la misma empresa querían entablar conversación con la esposa del nuevo director. El marido no estaba en ese momento literalmente a su lado, pero si lo suficientemente cerca para oír la conversación.

Un marido como el tuyo te hará muy feliz, le dijo una de ellas. El marido, es fácil imaginar la atención que puso para escuchar la respuesta de su mujer. Estaba muy seguro de su respuesta ya que ella nunca se le había quejado de su conducta. No, no me hace feliz. El silencio y la tensión se palpaban. El marido se quedó de piedra. No podía dar crédito. Pero su mujer simplemente se acercó a él, y echándole un brazo sobre la espalda dijo: Nadie “hace” feliz a nadie. Hay cosas muy pasajeras que se hacen y se dan, no así el respeto, el amor, el perdón, la comprensión La felicidad depende de uno mismo. El sabe que yo soy la única persona de la que depende mi felicidad. Desde el primer momento yo decidí que mi felicidad estaba con él, que de nuestra fidelidad, de las respuestas que juntos fuéramos dando a los problemas y dificultades, a los sufrimientos y alegrías, a los fracasos y a los éxitos, dependía nuestra felicidad. Decidimos ser felices juntos, ayudarnos, aceptarnos, consolarnos, cambiar y crecer juntos.

La interioridad no es un lujo reservado a algunas personas privilegiadas, a los monjes y monjas que rezan en sus conventos, a los liberados de las preocupaciones cotidianas. Todos tenemos una interioridad para saber lo que es la fidelidad, el respeto, lo falso, lo auténtico, lo justo, lo verdadero. La pena es que igual que el hombre ha domesticado a ciertos animales, maneja los ordenadores y todo tipo de máquinas, reduce, a menos que mínimos, su humanidad. Las ideologías, la sociedad, las leyes y paradigmas, que nos imponen y en las que vivimos, intentan incesantemente domesticarnos. Y desde luego visto el panorama que tenemos en todos los ámbitos sociales, se ha conseguido mucho. Cerramos los ojos, pero por mucho que los cerremos el sol no deja de existir.

Abandonamos nuestro sentido de la verdad y del bien, la nobleza de la humanidad, el drama de la vida interior, y por supuesto a Dios en manos de cualquier crítico, de cualquier ideólogo, de cualquier político, de cualquier medio de comunicación, o de cualquier sonrisa sarcástica y displicente. ¿Vamos a dejar que nos traten como pobres muñecos de guiñol, como cosas muertas, como sospechosos de cualquier extremo, como pobres cretinos incapaces de pensar y sentir su propia riqueza interior, su propia y auténtica felicidad? ¿Da lo que se nos propone la medida de la verdad del hombre? ¿Aceptaremos que sea declarado el divorcio entre los impulsos, los instintos, los éxitos, la sexualidad, los placeres, y la vida y el amor, el respeto, la fidelidad, la condición de hijos de Dios? ¿Puede haber divorcio entre todo esto o es un rico y auténtico matrimonio?

Nadie puede hacernos felices o desgraciados. Ningún placer de la tierra puede sustituir o satisfacer la necesidad y deseo profundo que tenemos de la relación con la Persona que nos hizo. Nada puede compensar lo que es la interioridad del hombre, las respuestas que cada uno damos. Muchas experiencias dolorosas colaboran para cambiarnos y hacernos abrir los ojos. Nos escandalizamos de no ver lo que nosotros mismos nos impedimos ver. Por mucho que cerremos los ojos no dejará de existir el sol, lo que realmente corresponde a nuestra humanidad.

A veces parece que se nos estudia como a una animal o como a una máquina. Todo parece objeto de curiosidad y del más fácil manejo. No es bueno lo que corroe la interioridad, lo que nos esclaviza, lo que destruye la responsabilidad, lo que nos desarraiga. Hay veces que uno se siente empachado, harto, fastidiado, ahíto de tanta fisiología, neurociencia, sociología, política y todas las demás ciencias anejas. No, no es que nos equivoquemos al practicar todas las disciplinas. La culpa no es de ellas, es nuestra, no sabemos ni situarlas, ni juzgarlas.

Me quedo con la mujer del nuevo Director de Marketing y con Teilhard de Chardin: mi trabajo interior es lo importante. Para hacerme tuyo, mi Dios, Tú que estás más lejos que todo y eres más profundo que todo, Tú tomas prestada y te alías con la inmensidad del mundo y con mi propia intimidad.


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