En cristiano

Siempre el proceso de Adán

08.11.10 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Dice Gilbert Cesbrón que si los hombres tuviéramos que defender nuestra causa ante el tribunal de Dios, se estaría viendo todavía el proceso de Adán. Creo que también nosotros le podíamos estar dando vueltas a esta afirmación de Cesbrón y no acabar. En realidad siempre estamos en el proceso de Adán, es nuestro propio proceso.

No estoy en la justicia como una especie de acción jurídica en la que dos hacen contratos y aceptan obligaciones mutuas y asumen derechos.

La sabiduría que viene de arriba es amante de la paz, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia, que dice el Apóstol Santiago. A esto precisamente me refiero.

¡Con lo que hablamos todos de justicia¡ El gran problema, la gran realidad, la gran lucha, la gran conquista. ¿Quién se siente injusto? No hay nada más que oír las conversaciones en cualquier sitio: siempre el injusto es el otro; siempre el que nos trató injustamente es el otro. Es curioso escuchar la inmensa mayoría de las conversaciones en las que se narra lo que ha sucedido, lo que se ha padecido. Evidentemente siempre se habla desde la justicia, desde la verdad, desde como realmente “son y han sido las cosas”, Los culpables son los otros. Es el eterno proceso de Adán. El no fue el culpable. La mujer fue la injusta. No, la serpiente.

Hay un capítulo en un libro de Romano Guardini, Una ética para nuestro tiempo, que se llama La justicia ante Dios que nos pone ante la realidad de nuestra historia y de nuestro destino. ¿Cuándo es justo el hombre ante Dios? ¿Cuándo ocurre que nuestras culpas quedan perdonadas ante el Juez divino y Dios nos recibe en la comunidad eterna?

La justicia descansa en la verdad del ser natural y eso lo ha hecho Dios. Lo necesario es ser justo ante sus ojos. Dios conduce con el hombre una historia que ha de edificar Su reino en la tierra. Su reino es el de Dios, porque sino ya no es “reino”, es esclavitud, sin verdad y sin justicia, sin vida y sin amor. Esto es la Biblia, toda la Historia de la Salvación, el Antiguo y el Nuevo Testamento.

La justicia del Antiguo Testamento significa un modo de conducir la vida, requerido y posibilitado por la gracia de la Alianza con Dios. Es sentir y reconocer la orientación de la historia por Dios, desde Dios y en Dios. El hombre del Antiguo Testamento sintió la tentación de desconfiar del milagro de la Alianza y vivir como todos los pueblos. Lo mismo que nos ocurre a nosotros con el Nuevo Testamento. Se pierde ese sentido de justicia y se convierte en una pobre actitud híbrida, en un fariseismo, en un dualismo contra lo que se vuelve Jesús.

La justicia ante Dios, el proceso de Adán que dice Cesbrón, es reconocer a Dios como el que actúa y conduce la historia. Supone una actitud vital que avanza en todo desde lo exterior a lo interior, desde la rectitud de la actividad a la pureza de la disposición de ánimo. En realidad se expresa de manera clara en el Sermón de la Montaña. Del establecimiento de la Alianza en el Antiguo Testamento surge una nueva historia, llevada por Dios y orientada a realizar el nuevo reino de Dios. Esta justicia ante Dios significa la transformación que experimenta todo lo humano, y desde el hombre a todo lo creado.

Y la exigencia de justicia en el Nuevo Testamento queda vinculada con Cristo. Está entendida como relación personal del creyente con el Redentor. Rechaza toda forma abstracta de justicia y se manifiesta como el amor que Dios requiere de nosotros en cada situación determinada. Se establece el amor de Dios como canon para nuestro enjuiciamiento: porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me recibisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me vinisteis a ver, estaba en la cárcel y me visitasteis… En cuando lo hicisteis a uno de mis hermanos más pequeños, a mi me lo hicisteis. Se es justo ante la mirada de Dios Dios, porque El entra en nuestro encuentro con los demás en cada caso y circunstancia concreta.

Muchos cristianos vivimos un sentido de justicia muy debilitada, muy externa y como consecuencia de una pobre, muy pobre moral. No como algo vivo que afecta a toda nuestra manera de ser, como actitud de la vida entera, como disposición de ánimo que adquiere vigencia en todo. Se nos ha dado la vida para que la asumamos con responsabilidad y hagamos con ella lo que es justo. Se nos ha confiado la justicia como algo confiado, como el más precioso don del amor de Dios. La justicia de Dios significa que cumple las promesas dadas por El a los hombres. Y la justicia del hombre significa que nos situemos en la Alianza, que busquemos el reino de Dios, que lo antepongamos a todo, y confiemos en esta orientación.


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