Por Carmen Pérez Rodríguez
El joven millonario Guillermo Ketteler buscaba en las diversiones y juergas lo que no acababa de encontrar. Un día que pretendía divertirse en un baile de una manera burda y soez, se sintió como ante la mirada de Dios y en su interior algo le decía que aquello no le correspondía, que no era bueno para el. Le pareció ver el rostro de una religiosa que rezaba por él y le miraba internamente. Le conmovió de tal manera que a partir de esa fecha quedó muy impresionado y no encontraba diversión en ninguna parte.
Vivió un encuentro con Dios, de tal manera que se sintió como Juan y Andrés en la necesidad de seguirle. Ingresó en un seminario y años después fue ordenado sacerdote. Veintidós años después era obispo de Maguncia (Alemania). En uno de sus viajes pastorales visitó un convento de monjas de clausura. Cuando distribuía la comunión, al llegar la última monja sintió una emoción fuerte, de tal manera que hubo de hacer un esfuerzo para mantener la serenidad y concluir la Eucaristía.
Monseñor Guillermo Ketteler, se quedó a desayunar y al acabar pidió a la Abadesa saludar a todas las monjas y bendecirlas antes de marchar. Se reunieron todas y el Obispo las saludando. Pero el prelado en su interior se decía: no es ésta, no es está…. Cuando pasaron todas Monseñor preguntó si no faltaba ninguna. Señor Obispo queda la hermana cocinera. Es muy abnegada en su trabajo y pidió permiso para quedarse. El Obispo dijo que le gustaría saludarlas a todas. La llamaron. Y cuando la vio Monseñor Ketteler dijo en su interior: esta es la que vi aquel día en el baile. Mostrándose muy sereno, pero muy conmovido por su recuerdo le preguntó: Hermana ¿reza mucho Vd por la Iglesia, por la conversión de los pecadores? Oh no Señor Obispo. Tengo poco tiempo. Rezo como todas las demás. Lo que si procuro es ofrecer la primera hora de mi trabajo por el Papa, y al final del día ofrezco todas las oraciones y trabajos para que el Señor conceda a jóvenes valientes vocación sacerdotal y escuchen su llamada con toda generosidad.
El señor Obispo, queriendo dejarle íntegra la fuerza de sus oraciones y ofrecimientos en pura fe, esperanza y auténtico amor generoso a la Iglesia, no le dijo nada a la santa hermana cocinera. Pero le explicó la historia completa a la Madre Abadesa suplicándole el más absoluto secreto hasta que Dios la llamara. Al morir la hermana, todo fue descubierto y publicado en L´Osservatore Romano. Una fiesta en la que se unió el cielo y la tierra. La Hermana descubrió en la plenitud de su vida el por qué quiso el Sr. Obispo aquel día saludarlas a todas y precisamente a ella.
Es muy bueno para todo, que los monjes y las monjas recen mientras nosotros nos afanamos haciendo nuestras cuentas y deberes. Estos hombres y mujeres restablecen con sus oraciones el equilibro de un mundo del que solo se han apartado para abarcarlo mejor. Me ha parecido preciosa la anécdota por el modo de suceder y por las personas que intervinieron, para sentir la fiesta de todos los santos, la fuerza de la común unión de todos los hijos de la Iglesia. Esto es realmente fe y confianza en la oración, vida del Espíritu que se comunica. Tendríamos que saber disfrutar y gozar de la realidad que es la comunión de los santos en la Iglesia de Cristo. Como dice Unamuno: todo verdadero beneficio que hagas a un solo hombre, a todos se lo haces. No quieras influir en eso que llaman la marcha de la cultura, ni en el ambiente social, ni en tu pueblo, ni en tu época, ni mucho menos en el progreso de las ideas que andan solas. Las buenas obras jamás descansan, pasan de unos espíritus a otros, reposando un momento en cada uno de ellos, para restaurarse y recobrar sus fuerzas. Pueden más estas personas esparcidas acá y allá que veinte líneas escritas en la historias de los siglo. O más bien, busca aquello y se te dará esto de añadidura. No quieras influir sobre el ambiente, ni eso que llaman señalar rumbos a la sociedad. Las necesidades de cada uno son las más universales, porque son las de todos.
La fiesta de la bondad, del bien. Una fiesta profundamente humana y llena de sentido.¡Cuántos de nosotros hemos experimentado en nuestra vida la común unión con los que ya gozan de Dios¡ Y también con los que caminamos en la vida con un mismo Espíritu, con una misma fe, con un mismo Señor. Cuando así lo vivimos, a pesar de todos nuestros defectos, y errores, lo gozamos. Todos sentimos ambientes en los que sentimos algo especial, en los que se está bien, en los que se experimenta que somos familia, pueblo de Dios. Es que donde hay dos o tres congregados en su Nombre El está en medio de ellos. Puede ser un encuentro, una peregrinación vivida, una película como La última cima, un Hospital…
Un catequista le preguntó a un niño qué era un santo. Precisamente el niño, estando un día en la Iglesia con su mamá, le preguntó qué eran aquellas figuras que veía en las vidrieras de la Iglesia y que brillaban tanto con la luz del sol. Su mamó le había dicho que eran santos. Y ahora el niño contestó al catequista de manera segura, espontánea y rápida: un santo es un hombre por donde pasa la luz. A levantar nuestra mirada y nuestro ánimo, a eso es a lo que se nos invita en esta fiesta. A sentir lo bueno, lo que es nuestra herencia verdadera, nuestra patria a la que estamos llamados, a sentir esa familia inmensa que nadie puede contar, figurada en las series de 12.000 inscritos en el Libro de la Vida. A sentir la gloria que se expresa en multitud de imágenes en todo el Nuevo Testamento desde el Prólogo hasta el Apocalipsis. Gloria que estalla en gozo, en plenitud, en bienaventuranza.
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La gente no sabe el bien que hacen y la gran labor silenciosa de los monjes.
Me hiciste hace mucho tiempo una recomendación que me ha ayudado mucho y te recuerdo siempre, esperaba poder expresarte mi gratitud: los párrafos más cortos. Con deseos de conocerte.
Muy bueno, Carmen
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo