En cristiano

Tú necesitas más el silencio que ella la recriminación

29.10.10 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Le comentaba a un amigo una experiencia muy personal en la que me había sentido libre, en la que me había sentido internamente bien, con paz. Decidí no actuar de manera que pudiera herir, ni comentar nada ante lo que había visto sin que la otra persona se diera cuenta de que lo había visto. Sencillamente había tomado una firme decisión interna de no “haberme enterado” de aquello, con todas las consecuencias de lo que esta decisión suponía. Sin engaños, ni matices, sin subterfugios, sin escapatorias, sin excusas artificiosas. Inmediatamente sentí gran anchura, y libertad. Me había sentido bien ante mi misma, que, para mí, en aquellos momentos, fue lo mismo que decir ante Dios. Tú necesitas más el silencio que ella la recriminación me dijo mi amigo. Y me alegré muchísimo de lo que me dijo. Era precisamente eso lo que me había pasado. Le hice escribir su contestación y aquí la tienen de nuevo por si también les sirve: tú necesitas más el silencio que ella la recriminación.

Hablo de una experiencia ante una situación “muy personal”, convencida de lo que dijo Rogers, lo más personal es lo mas univeral. Rogers es el autor de la Psicología centrada en la persona. Su enfoque se aplica a todas las relaciones humanas. Es fundamental percibir, reconocer los sentimientos propios. El hacer pie en uno mismo Ver realmente lo que ocurre en nuestro interior, lo que nos da realmente paz, y anchura, lo que nos permite sentirnos bien con nosotros mismos. Todos necesitamos experimentar lo que es nuestra libertad interior a través de experiencias vividas y esto nos permite descubrir y llegar a lograr nuestro “sí mismo personal” con el término de un psicólogo alemán que leí y trabajé mucho, Lersch, en La estructura de la persona.

Y claro, desde el otro día me he puesto a pensar en ese silencio que yo necesito más que la “otra” persona, sea quien sea, la recriminación. Ante situaciones concretas en nuestra vida, ante relaciones tensas con personas que nos parece nos hacen daño, vemos cosas que nos parecen son la ocasión para aprovechar y recriminar, incluso de la manera más o menos solapada, decir algo. Pero necesitamos más nuestro silencio interior, que ella la recriminación o la contestación que nos estalla. Debo hacer silencio, poniéndome ante mi interiormente y percibiéndome a mi mismo. Si no puedo callar, no lo percibiré nunca. Sólo en un silencio así tiene lugar el auténtico conocimiento.

Y he vuelto a la psicología rica, riquísima, la que de verdad nos hace libres, la psicología del Evangelio: lo que mancha al hombre es lo que sale del interior. Donde está tu tesoro allí está tu corazón. Bienaventurados los mansos, los misericordioso, los limpios de corazón. En nuestro interior está nuestra verdad y autenticidad. Nuestra vida se realiza entre el silencio y la palabra. En el hablar y en el callar La palabra tendría que surgir en nosotros arrancando de la verdad. Todas nuestras decisiones deberían surgir de la reserva interior, del silencio viviente, consciente, vibrante. Silencio en el sentido de volver hacia nosotros mismos. Solo puede guardar silencio quien puede hablar. Solo puedo hablar con pleno sentido si puedo también callar. Si no desbarro. Hablando nos sale nuestro interior, la unidad de nuestro ser. Ser dueño de este silencio fecundo es la riqueza de nuestra humanidad.
No hablo de un silencio tenso, llenos de “bofetadas” contenidas, no dadas. Dicen que las bofetadas acaban haciéndoles más daño a los que se abstienen de darlas que a quienes las reciben. Es evidente que esto no quiere decir que haya que dar “bofetadas” ni con palabras o con hechos. La fuerza del dicho está en esa forzada abstención, en ese reconcomerse. ¿Qué hay en mi interior para llevar todo eso que llevo dentro? ¿Soy veraz ante mi mismo en esta situación? La persona que siempre tiene razón ¿no deja de tenerla en realidad del modo más peligroso? La persona para quien siempre tiene la culpa el otro, condena al otro ¿no pasa de largo ante su propia realidad?

Quien no sabe callar, escuchar su propio interior a la luz de la verdad y de la justicia de Dios, hace con su vida lo mismo que quien solo quisiera respirar para fuera y no para dentro. No tenemos más que imaginárnoslo y ya nos da angustia. Quien nunca calla echa a perder su humanidad. Sólo en este silencio del que también habla S. Agustín: en el interior del hombre está la verdad, tiene lugar nuestro auténtico conocimiento, el enfrentamiento interior, la mirada hacia dentro, la penetración de lo que hay en mi. El trato con las personas consiste en buena parte en que el uno dé al otro algo de sí: una actitud amistosa, ayuda, estar con el. ¿Se puede dar algo cuando ni siquiera se tiene a sí mismo? Quien salta, quien estalla, quien recrimina, no se tiene a sí mismo.

Me quedo con la verdad tan concreta y real en mi vida: tú necesitas más el silencio que ella la recriminación. Ese silencio rico en el que la palabra surge de un sentido que antes se ha pensado, una verdad. Ese silencio que no está lleno de bofetadas, que acaban haciéndoles más daño a los que se abstienen de darlas que a quienes las reciben.


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