Por Carmen Pérez Rodríguez
Recordar es traer a la memoria algo, hacer presente algo o a alguien lejano, o que ya no está. Y eso no es lo que siente Isabel. Su afirmación es que lo que ella vive con su marido que ha muerto y ya está en la Vida eterna, con Dios y en Dios, no es un recordar es vivir. No se siente “viuda”, se siente casada y bien casada. Vive una profunda unión con su marido que le estimula para lo mejor. Su marido está con Dios y eso la obliga en el bien. La mirada de su marido es una continua llamada al bien, a saber juzgar, a saber reconocer. Muchas, muchas personas tienen una experiencia parecida: Se sienten ante la mirada de la persona querida que está en Dios y con Dios, en la Vida eterna. Eso les mueve a una continua conversión del corazón.
A eso se le llama FE. A eso se le llama saber vivir y enterarse de qué va la vida, esta vida y la Vida eterna. A eso se llama saber lo que es la comunión de los santos, y eso supone haber vivido y seguir viviendo lo que realmente es el matrimonio cristiano. Lo que ella me expresaba es en realidad como ha vivido y vive el designio de Dios sobre el hombre y la mujer: Dios es amor y creó al hombre por amor y lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, los ha llamado en el Matrimonio a una íntima comunión de vida y amor entre ellos, “de manera que ya no son dos, sino una sola carne”.Y esta íntima comunión de vida y amor entre ellos no la recuerda Isabel sino que la vive. Y la vive de manera que siente que no puede hacer el mal, su marido la mira.
¡Cómo se me ensanchaba el corazón oyéndola¡ Todo empezó por su cordialidad en el trato. Por tratarme de esa manera que nos gusta ser tratadas a las personas y que te hace sentir muy, pero que muy bien. Lo que decimos en castellano: se alegra el alma. La atención, el respeto son necesarios dondequiera que se trate de algo humano. Después, ya sola, saboreaba lo que había hablado con Isabel, y sentí la afirmación de Chesterton, y que ya he comentado varias veces porque me dice mucho a cada paso: la vulgaridad es pasar por la excelencia y no verla. No enterarse, no reconocer tanto don de Dios a través de lo más cotidiano y sencillo.
No es recordar es vivir. Esta experiencia de Isabel está preñada de fidelidad, y de gratitud. De fidelidad porque vivir significa que la persona crece. Sólo una forma de vida así, una evolución viva saca a la luz las nuevas facetas. Siempre es el momento de la fidelidad, de que supere y dure más allá del cambio. Y no con fijeza y con una presión ejercida sobre alguien para forzar su voluntad o su conducta. En la fidelidad sobran las amenazas y coerciones, las inhibiciones y represiones. En la medida en que se ejerza esta fidelidad se crece en profundidad y se crea lo que por ejemplo constituye realmente el matrimonio cristiano, como en el caso de lo que ha vivido y vive Isabel, o la vocación sacerdotal o religiosa. Fidelidad significa permanecer a pesar de daños y peligros, resistir y seguir luchando. En una persona fiel se puede confiar, porque hay en ella algo que está más allá del temor y de la debilidad. La fidelidad es la fuerza de la vida. Sabemos que la auténtica fidelidad es la que supera el tiempo fugitivo y tiene en sí algo eternidad.
He dicho que la experiencia de Isabel, que no es recordar es vivir, está preñada también de gratitud. Precisamente, por un despiste mío, una amiga, me manda un correo electrónico en el que me dice que la gratitud es la memoria del corazón. Así, sí, esa memoria el corazón, sí. Porque no es una memoria que solamente recuerda, sino que es vida, genera respuestas llenas de lo mejor. El agradecimiento se muestra como la forma básica de la relación; se da en el ámbito de la conciencia personal, y sólo es posible en el ámbito de la libertad. Realmente la gratitud, comentábamos un día, genera el auténtico rogar y dar, el auténtico recibir y agradecer. El dar y agradecer nos elevan por encima del funcionamiento de la máquina, y del sistema de impulsos.
Esta afirmación de Isabel, que la relación con su marido no es recordar sino vivir supone, como estamos diciendo, toda la fuerza, la riqueza, el dinamismo de la fidelidad y de la gratitud. Y evidentemente esto es el eco de algo divino, Es imposible olvidar otra fidelidad y otra gratitud, la raíz de ambas: la fidelidad y la gratitud a Dios. No es posible pensar en un Dios que no fuera fiel a su obra, a su creación, a su promesa. De Dios viene la fidelidad al mundo. Ni es posible pensar en una auténtica relación con Dios que no esté basada en la fidelidad. Ni es posible concebir una relación con Dios que no sienta la gratuidad y la inmensidad del don. El constante don de Dios para cada uno personalmente forma parte de la conciencia fundamental del hombre. Recibirse constantemente de la mano de Dios, y darle gracias por ello, forma parte de la humanidad y de la actitud del ser humano.
Es verdad que todo se hace vivo y auténtico cuando se experimenta: no es recordar es vivir, porque esto es imposible sin la fidelidad y la gratitud que se tocan y palpan, se viven.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo