Por Carmen Pérez Rodríguez
Los miércoles por la tarde me cruzaba el año pasado con un grupo de seminaristas jóvenes que iban a los Hospitales. Me encantaba. Su juventud y alegría me comunicaba que se han encontrado con Alguien, y con algo que les ha cambiado la vida. Igual que Juan y Andrés en aquel día que se ha convertido en historia cristiana. También este año, sin conocerlos todavía, he visto un grupo de chicos que van de “esa otra manera”, se lo he notado, y me he dirigido a ellos con la mejor de mis sonrisas: ¿verdad que sois seminaristas y vais a algún Hospital? Se os nota,
Punto y a parte. Sí, porque me dieron ganas de decirles el piropo que le dijo una mujer a Jesús: Bienaventurado el vientre que os llevo y los pechos que os amamantaron. Ya se que hubiera sido muy llamativo y sus carcajadas se hubieran oído en su seminario. Y no les digo nada lo que hubiera pensado, si también lo hubiera oído, alguna persona que pasara a nuestro lado. Pero después de la película “La última cima” yo creo que hubiera estado bien. Vamos, que estoy haciendo solo que en positivo, lo que hizo Cicerón en su primera catilinaria: no voy a hablar de esto, ni de aquello…,pero lo he soltado.
Ese grupo de chicos jóvenes van siendo misioneros en su manera de ir por la calle camino del Hospital. Todo esto me llena el corazón al pensar en una fiesta que los católicos celebramos el penúltimo domingo de octubre, el domingo de las misiones, el domingo de la propagación de la fe. Común a todos, universal, eso quiere decir católico. Es una palabra que viene primero del griego, luego la toma el latín y después el español. La inmensa mayoría de las celebraciones de los católicos tiene ese sentido universal. Por ejemplo el Domund. Celebración que muchísimos de nosotros la hemos vivido desde niños: El Domund.
Domund es un acrónimo utilizado dentro de la Iglesia Católica. Una palabra formada por la unión de elementos, como tenemos tantísimas en todos los idiomas. Domingo mundial de las Misiones. Angel Sagarminaga lanzó a la calle, en 1943, el eslogan “DoMund”. En febrero de 1926 se había publicado la célebre encíclica Rerum Ecclesiae del Papa Pio XI en la que afirmaba que la Iglesia no tiene otra razón de ser sino la de hacer partícipes a todos los hombre de la redención salvadora, dilatando por todo el mundo el reino de Cristo. Ese año consagró el mismo Papa a los seis primero Obispos de China. Y precisamente ese mismo año había tenido lugar, el 14 de abril, otro hecho significativo: la institución de la Jornada Misionera de octubre. En los pueblos hispánicos, desde 1943 como decíamos se la llama Domund.
Un día para sentir y vivir lo que significa la acción misionera de la Iglesia y para que cada uno haga lo que a él le corresponde. Siempre la afirmación de Merry del Val: yo no puedo hacer todo el bien del mundo, pero hay un bien que solo yo puedo hacer. Nos lo aplicamos a nuestras posibilidades en este Domund. La santidad es una aventura, incluso la única existente. Quien la haya entendido, ha penetrado en el corazón de la fe católica escribió Bernanos. Es muy gráfico. Penetrar en el corazón de la fe católica es penetrar en lo que a uno le salva y redime. Lo sabemos, la profundidad de la acción evangelizadora es directamente proporcional al compromiso del que la realiza. Las palabras de Jesucristo son clarísimas: por sus frutos los conoceréis, no todo aquel que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial, la sal da sabor y la luz da luz y esto es esencial para la vida de la Iglesia. Lo eficaz es el testimonio. No empleemos subterfugios, ni seamos comos los escribas y fariseos. La vida eterna antes de ser una esperanza par el futuro es una exigencia para el presente.
Y eso nos propone el Domund: una exigencia para el presente. No se propaga, comunica la fe como se divulga una ciencia, ni con métodos ingeniosos, ni con dotes literarias. No se puede engañar durante mucho tiempo. Sólo el lenguaje de la fe engendra fe. Sólo el gesto de la caridad engendra caridad. Cuanto más conscientes seamos de lo que realmente es la fe mayor será su expresión en toda nuestra vida. La fe puede ser nula, sin ni siquiera verse sacudida por la duda, cuando se la vacía de vida, acción, de realidad, cuando se formaliza, cuando es algo externo a la vida cotidiana.
Sin la fe en un Dios personal que nos salva, redime, nos hace hijos y herederos ¿en que, o en quién podemos creer en la vida? Son esas tres preguntas que me hago frecuentemente ¿Cómo presentar el cristianismo? Cómo yo lo viva. ¿Cómo presentar a Jesucristo? Cómo yo lo ame. ¿Cómo hablar de la fe? Según lo que sea para mí. La fe es certeza y resistencia, o a veces rebeldía., como dice mi amiga Blanca. Una y otra frente a Dios nos caracterizan a los hombres. Una y otra son necesarias, porque si la fe es plenitud también es cierto que es victoria. Ya hace tiempo abrimos esa ventana precisamente con este título: la victoria de la fe. La fe nos hace triunfar sobre todas las situaciones, no negándolas, sino confiriéndoles todo su sentido.
La fe, como la vida eterna, es una exigencia para el presente. Como dice Blondel: de Dios no se puede hablar de memoria. No se puede hablar de memoria de nada referente a la fe. Vuelvo a las preguntas. ¿Cómo presentar el cristianismo? Cómo yo lo viva. ¿Cómo presentar a Jesucristo? Cómo yo lo ame. ¿Cómo hablar de la fe? Según lo que sea para mí.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo