Por Carmen Pérez Rodríguez
Un buen tándem. Una bicicleta para dos personas que se sientan una tras otra, provista de pedales para ambas. Dos elementos que se complementan. Y en nuestra ventana de hoy: dos personas que tienen una actividad común, o colaboran en algo. Dos personas que realmente se solidarizan.
“La lástima ha sido no poder nunca trabajar contigo en la misma plataforma porque hubiéramos formado un buen tándem”. Eso le decía una persona a su amigo. Un buen tándem es la oferta que se presenta como la mejor ayuda para los estudiantes de las becas Erasmus. Cuando viajas a un país nuevo, con una lengua diversa y una cultura distinta, te falta sobre todo una cosa: un amigo. Una persona que te apoye, te ayude y guíe por las calles de tu nueva ciudad. El Programa Tándem ofrece un compañero nativo para formarlo.
“Un buen tándem” es lo que tendríamos que formar en el trabajo. Es una satisfacción trabajar así. Se tonifica el ánimo al encontrarse con personas que te ensanchan, que te miran bien. Se prepara todo con gusto y se goza en el trabajo. Es la expresión de S. Pablo: adelantaos unos a otros en respeto.
El trabajo es la gran realidad de la vida. Cuando era estudiante de Filosofía un profesor me mandó hacer un estudio sobre el Trabajo en Carlos Marx. Aun recuerdo el texto del que arranqué. Está en la Ideología alemana, en el capítulo que dedica a Feuerbach. Decía algo así: se puede distinguir a los hombres de los animales por la conciencia, por la religión, por todo lo que se quiera; pero ellos comenzaron a distinguirse de los animales cuando comenzaron a producir sus medios de subsistencia. O sea por su trabajo. Y otro profesor al saberlo, entonces se estudiaba Filosofía de la religión, me mandó analizar este mismo trabajo en la Biblia, arrancando de los primeros capítulos del Génesis. Es sabido que Carlos Marx es de ascendencia judía. Me interesó muchísimo y siempre he sentido la realidad de que el trabajo pertenece a la condición originaria del hombre, que el hombre es a imagen y semejanza de Dios por el trabajo. Por el trabajo el hombre transforma el medio en un mundo. El singular puesto del hombre en el cosmos de Max Scheñer también estuvo en mi horizonte.
Todo esto viene por la importancia del “trabajo” en la vida humana, el trabajo desde que uno nace hasta que muere. Quizá muchos de nosotros estamos pensando en la Carta Encíclica que escribió Juan Pablo II en el año 1981, tercero de su pontificado. La leí con verdadero entusiasmo. Estaba en la línea que quiso descubriera mi profesor de Filosofía de la religión. Con su trabajo, dice el Papa, el hombre ha de procurarse el pan cotidiano, contribuir al continuo progreso de las ciencias y la técnica, y sobre todo a la incesante elevación cultural y moral de la sociedad en la que vive en comunidad con sus hermanos. Y “trabajo” significa todo tipo de acción realizada por el hombre, toda actividad humana. Hecho a imagen y semejanza de Dios en el mundo visible, y puesto en él para que dominase la tierra, el hombre está por ello, desde el principio, llamado al trabajo. Es una de las características que distinguen al hombre del resto de las criaturas. El trabajo lleva en sí un signo particular del hombre y de la humanidad, el signo de la persona activa en medio de una comunidad de personas; este signo determina su característica interior y constituye en cierto sentido su misma naturaleza.
La expresión de S. Pablo expresa de manera gráfica lo que debería ser la actitud en el trabajo, en nuestra vida diaria: adelantos unos a otros en respeto. No sólo honraos unos a otros. Sino adelantaos unos a otros en el respeto. En un tono cotidiano y diario se podía traducir: sabeos tratar como personas. Realmente esto en el trabajo diario, desde en la familia, hasta en la empresa, desde en los ratos de ocio hasta en los duros momentos que se pasan, por ejemplo, en los hospitales, sería de lo más gratificante que hay en la vida. Algunos pueden estar pensando en lo que realmente es “la buena educación” que parece estar ya en otra galaxia. Pero todo va unido en la existencia, lo extraordinario y lo cotidiano, porque todo nace del respeto entre las personas, de nuestro sentido del trabajo y del respeto al trabajo del otro. Nadie se puede poner ante otro poseído de sus ventajas. Se requiere el espacio de libertad, no una cercanía apremiante sino cordial. Reconocer en el otro el bien y hacerle sentir que se le estima. No presentar de mil formas, más o menos solapadas, las ventajas propias. Tener consideración, y por tanto saber dejar atrás lo propio. Quitar veneno a las situaciones difíciles, evitar lo desagradable, lo que hiere. En cada uno de nosotros residen todas las posibilidades para hacerlo.
La persona que sabe lo que realmente es el trabajo en el ser humano, lo vive con humanidad, tienen una conducta que se anticipa a las posibilidades de tensión, de choque, de molestia y ofensa mutua. Su manera de estar, de hacer, de actuar, genera gratitud, buenas sentimientos. En todos los seres humanos está lo que se llama “dignidad”. Las cosas no tienen dignidad, se tratan conforme a sus propiedades, se pueden comprar y vender, regalar y recibir, aprovechar o destruir. Pero la persona siempre requiere respeto. Y el respeto, la educación embellece la vida.
Pues, a formar, “buenos tándem”, en nuestra labor cotidiana.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo