En cristiano

Una serie de inversiones

20.10.10 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Eso es lo que hacemos muchos en la vida: una serie de inversiones.

Invertir tiene, a grandes rasgos, dos significados distintos. Uno es el de cambiar, sustituyendo por sus contrarios, la posición, el orden el sentido de las cosas. “Has invertido todo, has cambiado el sentido de lo que estamos diciendo”. O invertir en el sentido de colocar un caudal, de emplear el tiempo. Por ejemplo las inversiones en bolsa, o el tiempo invertido en hacer un recorrido. No me refiero a este sentido, me refiero al primer significado, o sea poner al revés, poner boca abajo, poner patas arriba. Pues eso es lo que hacemos muchos con interpretaciones serias y con actitudes importantes en la vida.

En nuestra vida se ponen de manifiesto una serie de inversiones como nos explica muy bien Fabrice Hadjad. Nos lo muestra con ejemplos muy gráficas de los primeros capítulos del Génesis, los referentes a la creación del hombre y de la mujer, la tentación, la caída, los diálogos. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, como dioses, conocedores del bien y del mal. Pero alteramos el sentido y nos queremos sentir dioses ignorando, o incluso cortando nuestra relación con Dios. Como si pudiéramos ser por nosotros mismos sin sentir que somos, existimos, porque Dios es y nos ha creado. En estas escenas se ven la serie de inversiones y mentiras, las formas engañosas de alcanzar lo que queremos. Creer que se puede hacer, alcanzar algo, sin la gracia de Dios.

Nada es malo en sí mismo. No se puede confundir el mal con el ser de las cosas, con el universo salido de las manos del Creador. De manera taxativa y clara el teorema “ninguna cosa pertenece de por sí a la maldad” implica también este corolario “cualquier cosa, salvo Dios y sus santos, puede ser corrompida”.

Por el mal ejercicio de nuestra libertad nos postramos ante cualquier ídolo, nos hacemos dependientes de cualquier cosa. No digamos como invertimos el sentido de la palabra progreso, poder, derecho a la vida, o lo que realmente es la libertad, la verdad, el placer, los instintos, las relaciones humanas. Nada salido de la mano del Creador es malo. Somos nosotros los que invertimos las cosas.

No vivimos conscientes de lo que es “nuestra imagen y semejanza con Dios”. En los salmos, el salmista emplea la palabra sabiduría para designar la virtud propia del que busca a Dios. Dame sabiduría y aprenderé tus mandamientos. Aprender tus mandamientos que no son ajenos a lo que es mi naturaleza, sino la verdad y la justicia de la realización personal y de todo lo creado. Cambiamos de manera trágica lo que realmente es la sabiduría. De la misma manera que hemos invertido lo que significa dejarse tomar por la gracia. Es la Verdad la que viene por bondad a tomarnos a nosotros y no nosotros a apoderarnos y a tergiversar todo. No se trata de agarrar, de apoderarse, se trata de dejarse invadir y llenar del don de Dios, de su gracia. Es ese “tomar” del que habla Abraham: Dios de los cielos y Dios de la tierra, que me “tomó” de mi casa paterna y de mi patria. O lo que oye en la zarza ardiente: Yo os tomaré como pueblo mío y seré vuestro Dios. Se trata de la gracia del Señor, de la Verdad que viene por bondad a tomarnos y no nosotros los que la tomamos por fuerza.
Invertimos, pervertimos las relaciones más grandes y necesarias en la vida: la relación con la naturaleza, con la ley, con el amor, con la bondad, con lo sagrado, o sea con la verdad, con Dios. Eso es el pecado, esa es nuestra esclavitud, esa es nuestra ruina. Pensemos cada uno como deformamos e invertimos nuestras relaciones. ¿Cómo es la relación o inversión que hacemos de la bondad, de la misericordia, de la justicia? Todo está en como vivimos de hecho nuestra imagen y semejanza con Dios, nuestra filiación con el Padre-Dios.

Nuestra verdad, dice Fabrice Hadjad, es la del encuentro y la comunión, no la de la proeza y la independencia. Esta verdad es la base de todo: de la relación del hombre con el hombre, del hombre consigo mismo, del individuo con la sociedad., y sobre todo con Dios, y de Dios con nosotros. Los frutos que logramos por nosotros mismos nunca son mayores que la pequeñez de nuestras manos, mientras que el fruto que Dios da lleva en sí la medida de su inmensidad. Es la diferencia que hay entre tomar un vaso de agua y tomar el mar. Miremos la historia. No se puede salvar al hombre sin la gracia. Y ahora no estemos pensando en las “inversiones” que hacen los “otros”, los no católicos, los ateos, los seguidores de tantas ideologías más o menos perniciosas. No lancemos los balones fuera del campo. Sino en las que hacemos los que nos decimos creyentes, católicos. ¿Cómo deformamos la relación con la Verdad, con la Misericordia, con el Juicio, con Jesucristo, con su Evangelio? ¿Cómo deformamos nuestra vivencia de los sacramentos? Puede ser la 1ª Comunión, o la Confirmación, o el Matrimonio.

Esta es la grandeza del poder de Dios y de la redención: donde sobreabunda el pecado sobreabunda la gracia.. De cada uno de nosotros depende decir lo que se canta en toda la Iglesia en la noche de Pascua: Oh feliz culpa que mereció tal Redentor. No hay situación que no haya sido redimida pero seamos conscientes de nuestra inversiones.


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