Por Carmen Pérez Rodríguez
Una sola criatura terrosa, una niña pequeña incluso, puede resultar temible para toda la jauría de espíritus malos, porque recoge en su alma la caridad divina. Es la afirmación de un escritor que algunos de Vds. ya saben que me está ayudando mucho, Fabrice Hadjad. Esta afirmación la hace en su libro La fe de los demonios o el ateismo superado. Puede sonarnos a la fuerza, a la grandiosidad, a la belleza de muchas imágenes del Apocalipsis.
Toda la creación es obra de la bondad de Dios. La bondad de Dios solo es posible pensarla en un respeto que se estremece ante el misterio de la vida, y de manera que todo se vuelva adoración, y no con nuestras miopes y raquíticas medidas. Porque Dios también es bueno donde no comprendemos su bondad. La bondad, a pesar de todo lo que podamos ver, sentir y juzgar en la vida diaria, es realmente lo fuerte y profundo de toda la creación. Algún día abriremos la ventana con este tema. Y repito la afirmación de Fabrice Hadjad: una sola criatura terrosa, una niña pequeña incluso, puede resultar temible para toda la jauría de espíritus malos porque recoge en su alma la caridad divina.
Al pensar en la Virgen del Pilar, en la Pilarica, me ha venido esta afirmación de Fabrice Hadjad y la he visto reflejada en esa pequeña imagen de sólo 38 centímetro que descansa en la columna de jaspe de forma cilíndrica de 1.67 metros de altura y 25 centímetros de diámetro. Ya tuve una conmoción parecida, junto con unos amigos, en julio en el santuario de la Bien Aparecida, la patrona de Cantabria. Es una imagen de reducidísimas dimensiones, posiblemente la menor de cuantas existen en la geografía española. Incluido el pedestal mide 21.6 centímetros. Un templo grandioso como es el de la Virgen de Pilar en Zaragoza para esta pequeña imagen de 38 centímetros. O un paisaje de espectacular belleza que se va descubriendo entre curvas y árboles, en la subida al santuario de la Bien Aparecida.
Sencillamente ¿qué tiene el Pilar, la Bien Aparecida y tantos y tantos santuarios marianos? Pues la caridad divina, la bondad divina, la fuerza del Bien, de la Belleza que a través de los siglos, puede más que todas las jaurías que pueden perseguir con saña lo santo, lo sagrado, lo noble, lo justo, lo verdadero. ¡Cómo no vamos a cantar el Magnificat constantemente en la vida.¡ ¡Cómo no se va a rezar esa oración en todos los santuarios, templos y ermitas dedicados a una sencilla mujer nazarena que dijo Si al plan de redención de Dios¡ Esa oración que muchos rezamos todos los atardeceres, y que ensancha el corazón porque recoge también la caridad, el amor, la bondad, la verdad, la justicia, todo lo divina. Lo de siempre, donde abunda el pecado sobreabunda la gracia. ¡Oh feliz culpa que mereció tal redención¡
Casi siempre me pasa lo mismo al celebrar una fiesta de la Virgen. Una fiesta concreta, sí, una advocación concreta, sí, pero lo que inunda es la realidad de María, la Iglesia naciente. Sabemos que lo que ante el Pilar se siente es la columna que nos transmite la solidez de la Iglesia. En la base la firmeza que da tener confianza en la protección de María. Donde está María se siente la caridad divina, la fuerza de la bondad de Dios.
Es muy reveladora la frase de Fabrice Hadjad: una sola criatura terrosa, una niña pequeña incluso, puede resultar temible para toda la jauría de espíritus malos porque recoge en su alma la caridad divina. En María es evidente porque María es la Iglesia naciente. María es la Madre que nos enseña a los hijos. Como la Madre que en la familia recoge todo lo bueno que después entrega. Esa es la fuerza de la bondad. La bondad es generosa y concede libremente a los demás porque tiene confianza y deja que la vida vuelva a empezar constantemente. La bondad siempre es fuerte y profundad, pero también es silenciosa. No hace ruido, es el pan cotidiano que nutre la vida. Nos haría mucho bien pensar lo que ha hecho esa pequeña imagen del Pilar de Zaragoza en la vida de tantas y tantas personas; llamémoslo caridad divina, o conversión, o encuentro que ha cambiado la vida.
El sí de María le abre el espacio donde plantar su tienda. Nazaret, Belén, Jerusalén se convirtieron en lugares en los que se podían ver, por decirlo así, las huellas del redentor, en las que el misterio de la encarnación de Dios nos toca muy de cerca Y claro luego se han sucedido los templos, los santuarios, las ermitas ¡Qué profundidad y humanidad hay en las tradiciones marianas¡ No es que Dios esté ligado a las piedras, como dice el Papa Benedicto XVI, sino que se compromete con los hombres vivos. Resulta comprensible que los cristianos consideremos santos los lugares en los que el acontecimiento, el encuentro con Dios tiene lugar.
Pues dejémonos tocar por la fiesta del Pilar, solidez, firmeza, confianza, que recoge la caridad divina. Una sola criatura terrosa, una niña pequeña incluso, puede resultar temible para toda la jauría de espíritus malos porque recoge en su alma la caridad divina.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo