Es cierto que es saludable tener como deber el de cuidarnos, amarnos a nosotros mismos, practicar la autoestima y procurar, no sólo nuestra supervivencia física, sino también nuestro bienestar material y espiritual, estar en paz con nosotros mismos y con los demás.
A la par que todo esto, tan necesario, también es muy (o más) saludable reconocer nuestra limitación e imperfecciones, confrontrarnos con lo que actualmente debiéramos cambiar a positivo y hacerlo, o dar pasos en ese cambio. Porque es más fácil que si somos como somos ahora mismo se debe a la genética y al ambiente que nos ha tocado vivir, y nada más. Es que mis padres, es que mis amigos, es que yo soy… es que, es que,… Justificaciones que no nos permiten crecer, porque ¿quién nos ha dicho que no podemos cambiar nuestros “prontos” (molestia, enfado, burla, ira,…) negativos por otros más amables y atentos a la realidad y al otro que se comunica con nosotros o que, simplemente está a nuestro lado?
Tardamos muy poco en criticar lo que nos parece que está mal o que podría estar mejor, bien sean personas o colectivos de las mismas, e instituciones, pero, ¿somos tan veloces e inteligentes en analizar y criticar lo que en nosotros mismos se puede cambiar? Si cambiamos nuestro corazón podremos cambiar el mundo. De nuestra actitud frente a lo que nos sucede puede derivar vivir bien una circunstancia incómoda, o relacionarnos bien con alguien que nos ha tratado no todo lo amable que pudiera, o no. Lo que ocurre es que no nos lo creemos del todo, nos cuesta aceptarlo. Pero si hacemos la prueba, funciona. Es curioso cómo cambiando de actitud mental por otra más positiva las cosas que suceden, hasta incluso nuestras dolencias y enfermedades, se transforman.
No somos tan distintos de los demás, ni tenemos muchos menos defectos como muchas veces nos creemos. Si digo, por ejemplo que soy gordo, feo y viejo, lo primero puede ser más o menos cierto que puedo corregir, con ejercicio y hábitos saludables; lo segundo en todo caso podría ser disimulable; y lo tercero –aunque, desde luego, depende de cierta actitud mental- viene dado por el implacable paso del tiempo. Lo que quiero decir con esto es que mezclamos lo que nos puede costar un cierto trabajo (p.ej.: sobrepeso) con aquello que debería maquillar mucho si no quiero que se vea que es del todo irresoluble (p.ej.: fealdad), y junto a aquello que puedo vivir como madurez y experiencia o como limitación y dependencia (p.ej.: vejez). Luego vienen los consuelos “baratos” del atractivo de la curva, de la compensación de la belleza con la simpatía, y de la atracción de la madurez. Hay que aprender a distinguir lo característico de cada detalle de nuestra personalidad, lo que realmente podemos cambiar, de lo que suponga un cierto esfuerzo, de aquello que nos constituye y que no podemos por mucho que queramos. Cuidado, porque nos podemos engañar, tanto si creemos que podemos cambiar algo y no podemos, como viceversa. Hay que distinguir entre muros insalvables, puertas corredizas, puertas altas y puertas normales. Es algo tan sencillo como decir que tenemos que distinguir entre limitaciones y posibilidades. Ambas están dentro de nosotros, pero también fuera, porque nos constituye un yo y una circunstancia.
Y respecto ya no sólo de lo físico o mental, sino también de nuestras actitudes y comportamiento, nuestra ética y moralidad, que implicarían muchas más cuestiones, y de las cuales obtendríamos mucha mayor similitud en nosotros mismos con aquello, y aquellos, a los que, tan poco realista e inmisericordemente, criticamos. Sospechamos o tememos acerca de la realidad y de los demás, y así nos justificamos agrediendo impunemente a los demás. Me refiero a una gresión verbal, que es la más frecuente, y que puede sucedernos en medio del trafico rodado, en la calle, en el trabajo, en casa, o en cualquier otra circunstancia, más o menos justificada.
Pero, ¿pretendo realmente justificarme en mi crítica externa o cambiar a mejor yo mismo? ¿creo que cambiando lo de fuera va a cambiar también mi interior por una suerte de magia o automatismo? ¿sólo si cambia lo, y los, demás cambiaré yo? ¿no habría que proceder al revés, primero lavando el ojo y luego ver, mirar? Si quiero optimizar mi vida, habré de confrontarla con lo que realmente vale en la vida, lo que permanece, las referencias y los valores objetivos de la vida. Parto de lo positivo que tengo en mí, lo que merece la pena, lo salvable, para poder ver más claramente lo que he de barrer, limpiar y lavar lo que en mí tengo como tarea, como cuando hago limpieza en casa o me aseo yo mismo, para luego pasar a la ejecución de lo que me he comprometido cambiar, ya con mi interior renovado.
Propongo un ejercicio gradual, bien sencillo, para realizar esta limpieza, que nos puede venir bien cada día, o como mínimo una vez al mes. ¿Cómo he vivido este día (o este período concreto de tiempo)? ¿He estado en paz conmigo mismo y con los demás? ¿Me he cuidado integralmente (en lo físico, en lo anímico, en el cultivo de mi deseo y curiosidad cultural,…)? ¿He procurado positivizar o vivir mejor (y ayudar a otros a hacerlo) las situaciones o circunstancias más desagradables?... Este sería un ejemplo de “examen de conciencia” que podría valernos a todos, creyentes y no creyentes, y lo importante en esto es ser muy realista, práctico y concreto, para salir con unas propuestas personales e intransferibles de cambio, de maduración e integración personal.
Desde el punto de vista creyente tenemos la oración y la lectura de la Palabra de Dios, y como algo totalmente maravilloso la confesión, también llamado sacramento del Perdón, de la Reconciliación. La confesión realmente es sólo una parte del sacramento, que realmente comienza con nuestro arrepentimiento. Si repasamos la parábola del hijo pródigo (Lucas 15, 11-32), -uno de mis pasajes favoritos de los Evangelios, que no me cansaré de leer y meditar- veremos qué maravillosa comparación hace Jesús del Amor de Dios como Padre, pues deja literalmente sin palabras al hijo que viene a pedirle perdón, pues dice en pocas palabras en el versículo 20 algo extraordinario: “Estando él todavía lejos (el hijo pródigo), le vió su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello, y le besó efusivamente”. Todo lo que viene luego es menor, aunque es expresión de la alegría paterna que comunica a toda su casa, es consecuencia de ese amor tan grande, que ve al hijo, que creía perdido y muerto y, ahora, se ha encontrado y está vivo.
Nosotros somos ese hijo perdido muchas veces, y como muerto otras tantas cuando nos alejamos de lo que Dios quiere para nosotros. Pero también somos como aquel hermano mayor, irritado por hacer fiesta de quien se ha perdido, de quien camina fuera de la casa de Dios derrochando lo que Él nos da a todos cada día. Aunque podríamos ser como el padre, también podemos adelantarnos a quien está lejos, conmovernos y correr a abrazar todo lo que de común tenemos con los demás, con quien sea, y expresar nuestro afecto y nuestra familiaridad, con todo respeto y libertad, practicando la misericordia de todo un Dios.
Y esto que hace el padre, con su hijo perdido y casi muerto, lo la podemos realizar con nosotros mismos y con los demás, en primer lugar con una sana autocrítica, llena de compasión, que nos abrirá a un juicio mucho más realista y objetivo de la realidad y de los demás, sin duda. Y es que, desde el Evangelio, todo se ve mucho más claro para vivir mejor.
Porque lo fácil es lo contrario: "yo no he matado a nadie, ni he hecho nada malo a nadie", "la culpa la tienen ellos (o éste o ésta) que son (que es) esto y lo otro". Esto es lo sencillo, que no complica, que no pone en entredicho mi comportamiento ni responsabilidad, que no exige cambio personal ni esfuerzo de ningún tipo. Así, al no ser ni sentirnos solidarios ni responsables unos de otros, no practicando ningún tipo de fraternidad, se puede proceder libremente con una "justa" crítica o juicio, pero verdaderamente inmisericorde, hipócrita, no realista, basada en la parcialidad, en nuestros prejuicios o en los del ambiente que más nos convence o de la mentalidad común,… desconectada del todo (o casi) de nuestra responsabilidad en aquello mismo que decimos que hay que cambiar, poniéndonos en un lugar a salvo de toda posible corrección: “éste (o ellos) han de cambiar en esto y lo otro, y así todo sería mejor, más coherente”. ¿Y nuestra autocrítica en qué lugar y para cuando quedaría? Si no nos revisamos con cierta frecuencia, con misericordia y con propósito de cambio, formaremos mañana parte de las víctimas que hoy, nosotros mismos, nos atrevemos a dilapidar. Y la medida que hoy utilizamos se usará también con nosotros. El que hoy juzguemos, a nosotros mismos y a los demás, desde el amor o desde la hipocresía, marcará nuestro juicio futuro, y, por lo tanto, nuestra salvación o condenación, así de sencillo y claro.
Sábado, 18 de febrero
Pedro Tarquis
Salvador García Bardón
Alejandro Córdoba
Movimiento Rural Cristiano
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Jose Gallardo Alberni
Guillermo Gazanini Espinoza